Palabras para ti

Me siento en el suelo y echo sobre el regazo mis palabras.

Caen desnudas, desordenadas. Las barajo como naipes adormecidos y ellas me enseñan sus dientes, sonriendo sarcásticas, burlándose de mi torpeza. Escojo suavemente una de ellas. “Mar, paseo, verano, sentimiento…” Palabras fáciles, reinas en el mundo de las palabras. Cualquiera puede servir, pienso. Y la extiendo en la palma de mi mano. Ella me mira interrogante, un poco enojada, exigiendo saber qué espero de ella. Intento explicarle que necesito su ayuda, que quiero que cada una de sus letras bailen para ti, que con las sinuosas oes y las severas erres hagan la magia que conocen, que se estiren y se encojan sin miedo a los diptongos. Y así, entre danzas y fonemas, puedan explicarte lo que yo no soy capaz.

Captura de pantalla 2016-07-03 20.24.30Contarte que el cielo violeta de tus besos me desconcierta tanto que me quedo muy quieta para que el tiempo no me vea y me arrastre en su arena. Quizás sea porque siempre quise lo que supe para salvarme del peligro de saber lo que quería. Quizás porque no reconozco el mar que se desbroza en mi boca cuando me besas.

Que nada sabía yo de besos hasta que tu lengua curiosa atravesó el océano helado de mi boca y fue conquistando estas islas que siempre fueron para ti. Y yo no lo sabía.

Las cuidaba, una a una, quitando las malas hierbas, deshollinando los volcanes, ordenando las arenas, grano a grano… dejando que el musgo verde dibujara la espera en las rocas.

Yo no sabía que mi cuerpo era náufrago de tus manos.

Vivía en la espera de lo incierto y lo desconocido. Transitando una vida previsible a pesar de los fuegos artificiales. Buscando la oscuridad en la espuma absurda de los aplausos para sobrevivir de mí misma embutida en este cuerpo hecho de conchas rotas. Pero no podía imaginar que cada minúscula esquirla estaba esperándote a ti.

Que cuando bajo el agua severa de la ducha el jabón dibujaba pequeños senderos en mi vientre, estaba marcando el camino para tu boca.

Que mis ojos atrapados entre páginas y poemas, estaban cumpliendo la dulce condena de la oscuridad que sería tu ausencia.

Pero yo no lo sabía.

Que nada fue nada antes de ti. Que todo era el todo de otros, el todo por el que luchaban, y que invisible a mis ojos aprendí a simular que también luchaba por él, sin saber que nada tendría sentido, que el mundo no sería real, hasta que no lo escuchara de tus labios.

Y así caminé, con la tenue inocencia del que no sabe de causas ni azares. Con mi felicidad a medida. Cómoda, cotidiana. Con mi dolor que no es dolor, porque es costumbre. Con la duda que es certeza porque no hay curiosidad. Sin imaginar que estabas ahí. Justo ahí. Donde nadie estuvo porque nada había. Donde el espacio era paralelo a mis sueños. Y tú no sabías nada. Y yo no sabía nada.

Un Dios bromista y generoso se reía de nosotros sin maldad y llenaba de pequeñas piedras nuestros caminos para demostrarnos que descalzos éramos más fuertes.

Y vivíamos, porque todo tiene su momento y su lugar. Y aún no era el nuestro.

Ahora miro mi mano, la palabra duerme aburrida de mis pensamientos.

En mi regazo, sus hermanas se van deshojando. Y yo sigo aquí, con mi papel en blanco, las palabras desordenadas, caprichosas, volubles, fáciles, obvias, “caricia, fuerza, valor, camino…” Y no me obedecen. Años de arquitectura con palabras, rodeadas de ellas, pastoreándolas entre mis manos y mis ojos, sirviéndolas envueltas en papel o en voz tenue y traviesa. Palabras como banderas, palabras como alimento, palabras como sables que cortaban amarras.

Y ahora díscolas, rebeldes y frívolas, no obedecen mi deseo de contarte lo que siento.

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Fred

Para Julián, Mercedes, MªJesús, Nacho, J. Luis, Félix, Sandra, María y Rafa.

1957: American actor, dancer and singer, Fred Astaire (1899 - 1987) performs the Ritz Roll And Rock number from 'Silk Stockings', directed by Rouben Mamoulian for MGM. (Photo by MPI/Getty Images)

1957: American actor, dancer and singer, Fred Astaire (1899 – 1987) performs the Ritz Roll And Rock number from ‘Silk Stockings’, directed by Rouben Mamoulian for MGM. (Photo by MPI/Getty Images)

Heaven, I’m in heaven… And my heart beats so that I can hardly speak… (El Cielo, estoy en el Cielo… Y mi corazón late y casi no puedo hablar…) susurra al oído Fred a su compañera de baile, que le mira embelesada entre las plumas blancas y la seda etérea de su traje. La música se va colando entre las habitaciones que, a pesar de ser en blanco y negro, transmiten una calidez que convierte el cartón piedra del decorado en la realidad más deseada. Un sombrero de copa duerme en una silla. Corre el año 1935, el año en el que la compañía Parker Brothers lanzaba su juego Monopoly, cuya imagen más reconocible es el sombrero de copa, casualidades o causalidades, elija usted mismo. Heaven, I´m in heaven… Año 1935, estamos en el cielo de los bienes raíces, después de haber pasado por el infierno del crack del 29. Millones de americanos quieren olvidarlo y llenan las butacas para ver a Fred y a Ginger unir sus mejillas (Cheek to Cheek) y levitar sobre el suelo brillante del salón.

Frederick Austerlitz o, como usted y yo lo conocemos, Fred Astaire, del que ayer se cumplieron 27 años de su muerte, llenó las tardes de mis sábados de música y botines de claqué. De sombreros de copa y de martinis en copas que desafiaban la ley de la gravedad. De escotes imposibles, boas de plumas y cigarrillos en boquillas tan largas como las piernas de las mujeres fatales que los fumaban. Fred Astaire sonreía y la música se deslizaba por la pantalla del Vanguard con la misma elegancia que tomaba de la mano de su pareja para bailar. Y yo quería ser la dueña de aquella mano, que no era otra que la mano de Wendy unida a Peter Pan. No crezcamos, Peter. No dejemos de bailar, Fred. No nos despertemos del sueño hollywoodiense de nuestras pasiones, que en ellos se vive mejor. “No sabe actuar. Ligeramente calvo. También baila…” decía aquel informe de la RKO Pictures. Ése es el ojo clínico de los seleccionadores a veces… Pero Fred bailaba, vamos que si bailaba… Quizás por eso cuando vio que la orquesta dejaba de sonar dijo que no quería dejar este mundo sin saber quién era su sucesor, “gracias Michael” (Jackson). Heaven… I´m in heaven… Fred y Michael. El mundo no sabe bailar sin vosotros.

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El tesoro prohibido

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La calle de Pepe

Artículo publicado el jueves 14 de abril, jueves de Feria, en Andalucía Información

Captura de pantalla 2016-04-13 a las 11.36.05Ay Pepe, ¿una calle? Tú te mereces medio Monopoly con las 20.000 de la casilla de salida, por lo menos. Y estoy segura de que te recorrerías cada una de ellas explicando a todos lo necesario que es donar nuestros órganos.

Tuve la fortuna, gran fortuna, de conocer al doctor Pérez Bernal, hace muchos años. Más de los que él sabe. Hacía servidora sus pinitos radiofónicos en la desaparecida emisora San Pablo de la calle Sierpes, y una tarde me senté a esperar en la pecera de control a que comenzara mi programa. Un compañero entrevistaba a un señor sobre las donaciones de órganos a propósito de la, tan acertada, carta de Amigo Vallejo “No te lleves al Cielo lo que necesitamos aquí”. Y había tanta pasión, tanta verdad, tanta bondad en las palabras de aquel médico, que al terminar, aprovechando los minutos de la publicidad, le abordé para preguntarle qué tenía que hacer para ser donante.

Después la vida cruzó nuestros caminos de las formas más variopintas hasta convertirnos en amigos. Desde pregonar juntos a nuestra querida hermandad de la Sed (donde me ganaste por goleada, no me canso de recordártelo cada vez que nos vemos), hasta como adversarios en las candidaturas del Ateneo. Esas candidaturas en las que una cae sin saber cómo y terminas entre risas dándote cuenta de que tienes más amigos que adversarios.

Pepe y su tenacidad, Pepe y sus cirios, Pepe y su incombustibles días de 30 horas, donde salva vida tras vida, sin contabilizarlas, sin apuntárselas en el carnet de baile que todos tenemos en el alma. Pepe demostrando que la bondad es la forma más natural de la inteligencia. Pepe y su eterna sonrisa que te abraza y ya no te suelta para el resto de tu vida.

Sabes que me alegra muchísimo saber que tu nombre señalará una calle, aunque ya te dije que era poco, amigo, muy poco. Y si pasan los años, y la gente no recuerde quién era aquel doctor Pérez Bernal (a qué si no todo lo que se publica para explicar quién era quién en el callejero de Sevilla), te aseguro que en cada generación, en cada pequeño trozo de nosotros que viva en el cuerpo de otro, estarás tú, Pepe. Siempre, con tu bata blanca y tu bondad como armas para vencer a la muerte. Y eso no hay Catastro ni mala memoria histórica que lo borre. Bendito seas.

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Cosas importantes

Articulo publicado en el Viva Sevilla, jueves 7 de abril de 2016

Captura de pantalla 2016-04-06 00.37.32Ay qué pereza, de verdad… qué pereza más mala me entra cuando me pongo delante de la pantalla del ordenador dispuesta a escribirles a ustedes sobre “cosas importantes”. Y no es por escribir, que una empezó con siete años, y todavía no ha parado, ni ganas de parar que tengo. Es por la propia definición de lo que para usted y para mí son las “cosas importantes”. Porque verán, lo suyo sería que escribiera del intermitente pacto de gobierno, que más que un pacto, es bailar la lambada con el pijama puesto. O del terror del terrorismo, sin que me preocupe la redundancia, porque denunciar el terror nunca es reiterativo, sea del color que sea, que motivos nunca tiene. O de lo poco progresista que queda eso de echarle la culpa a los católicos hasta de la muerte de Manolete, y es que la patada al católico como deporte de una falsa izquierda que con cuatro arengas aprendidas se despacha tan feliz con su manual del perfecto conocedor de la verdad excluyente, es taaaan aburrido.

Pereza, sí, pereza. Porque todo esto me lleva a pensar en modo individualista. A pensar en mi propia verdad, en mi propio espacio de confort de donde cada vez tengo menos ganas de salir, de las únicas cosas que me pueden preocupar a mí. El bienestar de los que amo, que por ende es el mío propio. Y eso en vez de convertirme en un ser generoso, me convierte en un ser egoísta y excluyente. Cada vez me da más rechazo conocer lo que ocurre fuera de mi espacio vital, mi país, mi ciudad, e incluso a veces mi pequeño despacho desde donde tecleo estas “cosas no importantes”. Mi mente se mueve a veces simplemente a golpes de cercanías. Es lo más paradójico que está consiguiendo este mundo globalizado. Que seamos cada vez más individuales y estemos menos unidos. Más conectados, más informados, más y más rápidos, pero cada vez más solos.

Henry James (anoten en su lista de libros imprescindibles su novela “Pandora”, en una deliciosa edición de la editorial Impedimenta) decía que había tres cosas importantes en la vida: ser amable, ser amable y ser amable. Pues bien, si hacemos caso a la RAE, cuando nos define amable como digno de ser amado, a lo mejor encontramos la respuesta a este galimatías de lo que son y no son las cosas importantes para usted y para mí.

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Simpática

2015-12-06 17.34.33Como servidora le da conversación a una escoba, se encuentra a veces en situaciones que le hacen reflexionar y darse de boca con las verdades más poderosas.
Hace unos días, aparcando el coche para hacer una gestión, un negrito (si, le llamo negrito porque hombre de color es un eufemismo absurdo, todos somos de colores) me dijo que era muy simpática. Aquello me hizo gracia y le pregunté que porqué. Me respondió que porque sonreía mucho y que eso era lo que él buscaba. Una chica simpática que sonriera mucho.
A simple vista podemos pensar que es una visión simplista y si nos ponemos tiquismiquis, sumisa e impersonal de una mujer. Pero como yo no soy sospechosa de nada, bueno de alguna cosa sí, pero de mujer sumisa les aseguro que no, puedo declarar sin complejos que me parece una aspiración magnífica para ser feliz. Compartir la vida con alguien simpático y que sonría mucho. En esas dos condiciones se encierra una forma de ver la vida muy practica.
Pienso como decía Jacinto Benavente, que nada prende tan pronto de unas almas en otras, como esta simpatía de la risa. Y como decía, Churchill, que hay que ser optimista porque no es útil ser otra cosa. Por eso la búsqueda de mi amigo aparcacoches me parece de una inteligencia manifiesta.
A pesar de que en este mundo que caminamos, si no te muestras atormentado, preocupado y con un ramalazo de mosqueo, parece que no eres una persona comprometida con tu sociedad. Aquí te pones a hablar en un grupo de ser feliz, de ser optimista, de sonreír y como poco te dan Lorazepán para que duermas y no sueñes. Se te acusa de poco comprometido y tienes el pasaporte al palacio de los tontos, sin pestañear.
Pero si te despiertas por la mañana bramando y dando patadas a las esquinas, es que eres una tipa preocupada y consecuente.
Hace unos días pude escuchar algunas historias sobre la labor que hacen nuestros misioneros en los lugares donde la vida no vale un grano de arroz. En las fotografías se les veía, descalzos, demacrados, sin nada. Bueno rectifico, sin nada no, con mucho más que algunos de nosotros. Con una sonrisa llena de luz. Hay que ser muy inteligente para sonreír allí.
Por eso, me quito el sombrero ante la petición de mi amigo, una mujer simpática y que sonría mucho para caminar por un mundo que sí que nos empeñamos en hacerlo negro.

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Julia y Alicia

Captura de pantalla 2016-04-04 a las 21.43.48La palabra es siempre como una puerta que encontramos abierta invitándonos a pasar. En los libros las palabras son puertas que se han convertido en casas, y las casas, se han convertido en hogares, y los hogares, se han convertido en cálidas ciudades, y las ciudades se han convertido en corazones que a su vez tienen las puertas abiertas.

A Julia y a Alicia, dos pequeñas de poco más de un año, que nos acompañaron hace unos días a un grupo a recorrer Sevilla de la mano de Ocnos de Luis Cernuda, se le han abierto las palabras, es decir, las puertas de par en par. Y por ellas se les han colado las mejores historias. Las más sentidas y las más arrebatadoras. Porque cuando un lector se encuentra en ese estado “divino” no hay que esforzarse para sambullirse en la magia. Porque salen con tanta fuerza que van derribando a su paso todas las dudas. Así, queda envuelto este tifón lingüístico en un halo de felicidad que gotea por las esquinas de todas y cada una de las páginas. Llenando las manos del lector y contagiándolo afortunadamente para él.

Y sus madres, Mercedes y Begoña, así lo entendieron. Por eso trajeron a sus hijas a escuchar a Cernuda. Porque algo queda, siempre. Tengas la edad que tengas. Dos niñas que han nacido y gateado rodeadas de libros. No se me ocurre mejor atrezzo. Libros como pequeñas luciérnagas en dormitorios de niñas llenas de felicidad.

Decía el filósofo francés Michel Eyquem de la Montaigne que “La palabra es la mitad de quien la pronuncia, y la mitad de quien la escucha”. Por lo tanto el libro, podría ser una mitad de Luis Cernuda y la otra mitad de los que leíamos los textos. Pero en este caso, quizás no se cumpla esta máxima. Yo me atrevería a decir que este libro es en exclusiva de Alicia y de Julia. De esos ojos vivos que fueron capaces de sonreir a cada fragmento que desmenuzábamos.

¿De quién son los libros? ¿De aquellos que nos empeñamos en sacarlos a la luz a golpe de palabras? ¿O de aquellos otros que realmente le dan sentido a su existencia, ya sea leyéndolos o inspirándolos?

No lo sé muy bien…

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