Fernando

In memoriam Fernando Carrasco

captura-de-pantalla-2017-03-01-13-38-46Ya sabes que siempre he tenido mi propia medida del tiempo. Una medida a medida, valga la redundancia, que en esta ciudad es ley. Por eso he tardado un año en escribirte. Un año en el que he hablado mucho de ti, con nuestra Libia, con Ángel, con Esperanza, pero mis manos no eran capaces de escribirte ni una línea. Y quiero hacerlo ahora que se acerca la fecha del aniversario de la muerte más absurda que he vivido. Y es que aunque la muerte no es el final, lo sabemos lo creyentes, la despedida, el vivir sin verte, sin escucharte, sin leerte, ay amigo, eso si es un final absurdo. Lento e ingrato. Injusto, muy injusto. Y tú sabes bien, Fernando, que nunca he podido con las injusticias.

He dejado pasar un año para acariciar las letras de este teclado que tantas veces te escribía de lo cotidiano, para escribirte de lo eterno. Un año en el que se ha cumplido la profecía de que el mundo es menos divertido sin ti, menos vital, menos mundo… Sin embargo, he podido comprobar que la ausencia no hace el anonimato, y tu presencia es brutal, diaria, acogedora… Porque, Fernando, paseo por tu ciudad y te me haces presente en cada esquina. En el encuentro de un amigo, en el sonido de una marcha, en el escaparate de una librería, y en el inicio de esta bendita locura nuestra que dura cuarenta días en los que Sevilla se va despertando del letargo del invierno duro sin incienso. Y tú ahí, con tu sonrisa, con tus buenas maneras de hombre noble y respetado, el hombre que esculpía a Dios. Con ese abrazo grande de hermano… Como si nada hubiera pasado. Como si todavía fuéramos esos niños que pedaleaban sin descanso (¿Verdad Tolio, Julio?) por las calles de Valencina. O esos chavales que jugaban a ser actores bajos tus órdenes en aquellos de veranos de teatro. O esos adultos que se pasaron de amigos a editora y autor, rompiendo el mito de que no son compatibles ambos estados. Presente, tan presente que esta pena es una pena sin cuartada, sin permisos.

Cuarenta años de amistad no me caben aquí. Porque no nos cabía a los dos en nuestras conversaciones, en nuestras peleas de hermanos pequeños, en nuestros miedos de adultos canosos… No me cabe la pena en el peor artículo que te he podido escribir en mi vida, a ti, que me escribiste las mejores novelas… Ni pasado un año, Fernando, ni pasado un año…

Manolita Chen

Ay Manolita… Te confieso que yo sí era una niña de las que soñaba escaparse con el circo. Como aquel asustado Chaplin en El circo (1928) que huía de la policía, yo también huía de mis miedos y quería formar parte del show. Pero no del circo de animales enjaulados y payasos tristes. No, no, no… yo quería escaparme con el tuyo, con el que nos mostrabas en el cartel de vivos colores donde mujeres bellísimas sonreían apoyadas sensualmente sobre la leyenda: El circo chino de Manolita Chen. Ése era el circo al que yo quería ir, y al que mi madre me decía que no. Que eso no era un circo, que era otra cosa. ¿Otra cosa? Y tanto que era otra cosa. Era el despertar de la sensualidad en las adolescentes que mirábamos con envidia aquellas piernas infinitas, y con coraje a los chicos que embobados se quedaban delante de la taquilla. Y nosotras, niñas de uniformes a cuadros, con las camisas arremangadas en la primavera sevillana que empezaba a oler a feria, queríamos ser vedettes aunque hubiera que casarse con un chino. Bajar por las escaleras de oro y metacrilato cantando, con un tocado de largas plumas y tacones de vértigo. Escaparnos contigo, Manolita, escaparnos y vivir la aventura del circo.chen3

Pero ahora eres tú la que te has escapado de un mundo que no ha sabido darte ni siquiera un adiós lleno de glamour. Iluminar tu nombre con la fuerza que lo hacía Sevilla en Tablada. Y además no fueron los últimos años buenos tiempos para ti. Hubo hasta quien robó tu nombre y tu fama para convertirlo en algo mediocre, (porque la genialidad no se puede robar, ni siquiera imitar) mientras tu circo languidecía de ciudad en ciudad. Las luces de la pista se iban fundiendo, porque ya nadie se quedaba preso del sueño sicalíptico de tus chicas. Y nos fuimos olvidando poco a poco de ti porque así somos el público, caprichoso y volandero. Por eso, cuando me ha llegado la noticia de tu muerte, he imaginado que el circo recogía su lona y cargaba los camiones en busca de otra ciudad, de otra función, de otro número especial de chicas. Y me he puesto muy triste, porque mi querida Manolita Chen, me he dado cuenta de que la última oportunidad de escaparme con el circo se me iba contigo.

Triclinium

Artículo publicado el 29 de diciembre de 2016 en Andalucía Información (Viva Sevilla)

Cubierta_Triclinium_26,7mm_031016.inddEn estos días de comidas excesivas, y programas donde el arte de la gastronomía se reduce a la parafernalia ridícula de un concurso, me encuentro con la gratísima noticia de que a mi querida Almudena Villegas (una de las profesionales más reconocidas dentro del panorama gastronómico internacional), Edouard Cointreau, presidente de Gourmand World Cookbook Awards y Cordon Bleu, le ha comunicado la concesión del premio a su novela “Triclinium, Apicio el precio de la ambición en Roma”, de este modo competirá con el resto de los ganadores de otros países por el título a la mejor obra de gastronomía del mundo. Del mundo, sí señor. Ahí es nada. Una vez más se demuestra que en este país sabemos hacer las cosas bien, y en esta tierra andaluza, las hacemos mejor aún.

Almudena que lleva años demostrando ser un referente en el mundo gastronómico mundial, estaba enamorada desde el inicio de su carrera de Apicio. Un personaje real al que dedicó su tesis, y parte de su obra posterior. Pero en este año que cerramos, hizo algo más. Decidió contar la vida de este apasionante personaje a través de una novela. Y claro, no podía ser de otra forma, quien sabe bien de la alquimia de los sabores, no podría desconocer la forma de cocinar palabras para convertir esta obra en una verdadera delicia.

Obviamente ustedes saben que escribo esto para recomendarles su lectura. Pero hay más. No la devoren sin saborearla. Léanla sorbo a sorbo. Recorran las líneas sobre las que bailan los pequeños pies de Apicata, o del pequeño Estrabón. Escuchen el estruendo de las botas sobre el mármol, o el susurro de las sedas sobre el cuerpo de Claudia Prócula. Y sobre todo, abran su corazón al desconocido Apicio. Entiendan sus ambiciones y sus miedos. Amante de la mesa refinada y consejero del emperador Tiberio, al que se le atraganta la vida cuando su yerno, Sejano, avasalla su apacible mundo. Una novela delicada y cruel. Sibarita y descarnada. Hermosa por lo que cuenta y cómo lo cuenta… En resumen, realmente merecedora del premio Gourmand World Cookbook Awards. Crucemos los dedos y dejemos que se cumpla nuestro deseo.

Feliz año nuevo a todos.

Sillas vacías

Artículo publicado el 22 de diciembre de 2016 en Andalucía Información (Viva Sevilla)

(Para Libia, por darme una gran lección de fuerza)

2013-09-12 07.35.49Aunque las ausencias no tienen nada que ver con las hojas del almanaque, no podemos negar que en estas fiestas tan familiares algunas de estas ausencias escuezan más que nunca. El discurrir de los años es como una estación de tren con las pantallas de salidas y llegadas siempre en movimiento. Despedimos y recibimos a las personas que van configurando el paisaje de nuestra vida asumiendo que es irremediable, y endureciendo nuestro corazón con la absurda idea de que dolerá menos. Y a veces es así…, no le digo que no.

Y en estas fechas, en las que (a pesar de que muchos se empeñen en obviarlo) celebramos el nacimiento de Jesús rodeados de las personas que queremos, es cuando más duelen esas sillas vacías. Sin embargo no debemos caer en la tristeza vana e inútil de la nostalgia. Estoy convencida de que cada una de las personas que ocupaban esa silla, vacía ahora, desea profundamente que celebremos felices la gran suerte que tuvimos de tenerlas en nuestras vidas. Recuerdo sí, tristeza nunca. Dice Sabina en una canción que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Y a nosotros sí nos sucedió. Nosotros sí tuvimos esas sillas ocupadas por personas maravillosas que llenaron nuestras vidas de amor. Y eso es motivo de celebración, de felicidad, y en el caso de los que somos creyentes, de esperanza por reunirnos de nuevo con ellos. No caigamos en la tentación egocéntrica de monopolizar el dolor de la ausencia para enturbiar la sonrisa de los nuestros. Seamos valientes y sobre todo útiles y ocupemos esas sillas con la presencia de aquellos que más lo necesitan. Y no hablo de poner un pobre en su mesa. Hablo de los que necesitan de nuestra atención, y no están más lejos de unos metros de nosotros. Aquellos a los que a veces tenemos olvidados, o relegados a un momento en el que nos venga bien ir a verlos. Ocupemos las sillas con la alegría de su presencia.

Leí una vez a Enrique Múgica que la añoranza es el camino previo a convertirse en estatua de sal. Por eso, repito, recuerdo sí, pero sin tristeza, con la dulzura de saberse privilegiados por haberlos tenido en nuestra vida. No seamos como la mujer de Lot, sigamos caminando con la fuerza de nuestros recuerdos.

Feliz Navidad a todos.

Mujer y Corán

Artículo publicado en el Viva Sevilla el 1 de diciembre de 2016


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Me imagino que usted se ha horrorizado, tanto como yo, al ver el vídeo que navega de pantalla en pantalla en el que una estilista enseña a una mujer a maquillarse para disimular los moratones de una agresión. Se habrá dado cuenta que he omitido la religión, raza, o procedencia de la mujer. Es muy sencillo, porque las agresiones no tienen adjetivos ni géneros. Son agresiones y punto. Pero obviamente si lo emite la televisión marroquí se nos vienen muchas cosas a la cabeza. Demasiadas, y por desgracia pocas buenas.
En un mundo que a veces está dividido por el meridiano del papel de la mujer en la sociedad, es necesaria la información para saber a qué nos enfrentamos. Por eso les recomiendo la lectura de “La soberanía de la mujer en el Corán” que acaba de publicar Carmen-Nur Del Río Pereda donde se enfrenta a cuestiones tan peliagudas como si es el Corán un libro machista, o cuál es el lugar real que ocupa la mujer en el mismo. La autora analiza minuciosamente aleyas y fragmentos muy polémicos que existen dentro de las sagradas escrituras en relación a la mujer. Y pone de manifiesto cómo se ha tergiversado, e incluso falseado con el deleznable propósito de relegar a la mujer musulmana a la mínima expresión de ser humano. A las pruebas, como el vídeo del que hablamos, me remito.
Carmen-Nur demuestra, ciñéndose fielmente al texto coránico original, que lejos de enfrentarnos a un libro misógino, nos encontramos que toma a la mujer como elemento básico y al varón como un ser humano que vive en función de ella, para nuestra sorpresa.
Libro valiente, escrito por una mujer valiente. Y necesario. Decía Óscar Wilde que de lo que no se habla, no existe. Y para erradicar no sólo las imágenes del maquillaje que camufla los efectos de la agresión, sino las agresiones en sí, necesitamos hablar mucho sobre ello. Que sólo la información variada y contrastada es la que nos hace dilucidar nuestra opinión. Hablar a nuestros hijos, a nuestros jóvenes, para que comprendan que no existe ningún motivo (y muchísimo menos una justificación) que provoque que se levante una mano contra otro ser humano. Mujer, hombre, musulmán o cristiano… Lo mismo da. La violencia no tiene ni velo ni color, y desde luego no se le puede maquillar.

Más información del libro.

Hoy no es viernes…

Hoy no es viernes, Señor. Aunque los ojos se nos perfilen en los charcos de la plaza de San Lorenzo, hoy no es viernes. La Plaza es un abanico de pasos, pero nIMG_0269o es viernes, aunque este jueves juega a serlo y se viste del camino corto que sabe herirnos en la memoria montesina. Hoy las puertas se abrirán sin que la caricia sutil de las plumas de mis cirineos macarenos haya perfilado el aldabón de la basílica. Y ese bendito Talón reposará sobre el suelo tibio de una Sevilla que te espera. Porque… ¿qué otra cosa sabe hacer mejor esta ciudad que no sea esperar? Esperar en Triana o en las Huertas de Macario, esperar a que la llaga negra de cinco nazarenos de ruán cruce el atrio amarmolado para pedir la venia. Esperar que el dolor enjuto de tu rostro se haga noche en nuestro pecho cada Madrugada. Esperar que la nieve de los naranjos marque el momento justo de esta bendita espera. Esperar… esperarte…, en ese gesto heredado (que no aprendido) de buscarte. Buscarte entre la muchedumbre que se agolpará para verte a luz del día. Como si la tarde no supiera que la tiniebla de los cirios no van a mudarte el color. Pero no es viernes, Señor, no lo es. Y escocerá como limón agrio la soledad de ese pasillo que sabe tanto de besos en los nudos de tu talón.

Dolerán las ausencias de los que se fueron aunque estén más que nunca. Pero no es viernes, no lo es, no lo es… y el consuelo de tus manos sujetando nuestra cruz se sentirá cansado del peso de tantas miradas, y nos parecerá que vivimos una cuaresma otoñal sin remilgos. Y los vencejos sobrevolarán nuestra osadía y se preguntarán por qué el Señor cruza el umbral hoy que no es viernes. Pero nos encogeremos de hombros y ebrios de gozo nos prenderemos del terciopelo austero de tu túnica. Ay sevillanos, no os durmáis que la luna de Parasceve se equivocó y anda enfurruñada buscando su noche. Se mira en los espejos de este noviembre extraño. Miradla cómo acuna a esta noche sin estrellas recogiéndose el manto mientras susurra (porque como decía Machado, se canta lo que se pierde): El Señor está en la calle y no es viernes…

Palabras para ti

Me siento en el suelo y echo sobre el regazo mis palabras.

Caen desnudas, desordenadas. Las barajo como naipes adormecidos y ellas me enseñan sus dientes, sonriendo sarcásticas, burlándose de mi torpeza. Escojo suavemente una de ellas. “Mar, paseo, verano, sentimiento…” Palabras fáciles, reinas en el mundo de las palabras. Cualquiera puede servir, pienso. Y la extiendo en la palma de mi mano. Ella me mira interrogante, un poco enojada, exigiendo saber qué espero de ella. Intento explicarle que necesito su ayuda, que quiero que cada una de sus letras bailen para ti, que con las sinuosas oes y las severas erres hagan la magia que conocen, que se estiren y se encojan sin miedo a los diptongos. Y así, entre danzas y fonemas, puedan explicarte lo que yo no soy capaz.

Captura de pantalla 2016-07-03 20.24.30Contarte que el cielo violeta de tus besos me desconcierta tanto que me quedo muy quieta para que el tiempo no me vea y me arrastre en su arena. Quizás sea porque siempre quise lo que supe para salvarme del peligro de saber lo que quería. Quizás porque no reconozco el mar que se desbroza en mi boca cuando me besas.

Que nada sabía yo de besos hasta que tu lengua curiosa atravesó el océano helado de mi boca y fue conquistando estas islas que siempre fueron para ti. Y yo no lo sabía.

Las cuidaba, una a una, quitando las malas hierbas, deshollinando los volcanes, ordenando las arenas, grano a grano… dejando que el musgo verde dibujara la espera en las rocas.

Yo no sabía que mi cuerpo era náufrago de tus manos.

Vivía en la espera de lo incierto y lo desconocido. Transitando una vida previsible a pesar de los fuegos artificiales. Buscando la oscuridad en la espuma absurda de los aplausos para sobrevivir de mí misma embutida en este cuerpo hecho de conchas rotas. Pero no podía imaginar que cada minúscula esquirla estaba esperándote a ti.

Que cuando bajo el agua severa de la ducha el jabón dibujaba pequeños senderos en mi vientre, estaba marcando el camino para tu boca.

Que mis ojos atrapados entre páginas y poemas, estaban cumpliendo la dulce condena de la oscuridad que sería tu ausencia.

Pero yo no lo sabía.

Que nada fue nada antes de ti. Que todo era el todo de otros, el todo por el que luchaban, y que invisible a mis ojos aprendí a simular que también luchaba por él, sin saber que nada tendría sentido, que el mundo no sería real, hasta que no lo escuchara de tus labios.

Y así caminé, con la tenue inocencia del que no sabe de causas ni azares. Con mi felicidad a medida. Cómoda, cotidiana. Con mi dolor que no es dolor, porque es costumbre. Con la duda que es certeza porque no hay curiosidad. Sin imaginar que estabas ahí. Justo ahí. Donde nadie estuvo porque nada había. Donde el espacio era paralelo a mis sueños. Y tú no sabías nada. Y yo no sabía nada.

Un Dios bromista y generoso se reía de nosotros sin maldad y llenaba de pequeñas piedras nuestros caminos para demostrarnos que descalzos éramos más fuertes.

Y vivíamos, porque todo tiene su momento y su lugar. Y aún no era el nuestro.

Ahora miro mi mano, la palabra duerme aburrida de mis pensamientos.

En mi regazo, sus hermanas se van deshojando. Y yo sigo aquí, con mi papel en blanco, las palabras desordenadas, caprichosas, volubles, fáciles, obvias, “caricia, fuerza, valor, camino…” Y no me obedecen. Años de arquitectura con palabras, rodeadas de ellas, pastoreándolas entre mis manos y mis ojos, sirviéndolas envueltas en papel o en voz tenue y traviesa. Palabras como banderas, palabras como alimento, palabras como sables que cortaban amarras.

Y ahora díscolas, rebeldes y frívolas, no obedecen mi deseo de contarte lo que siento.