Donde nace el mundo

Es justo debajo de tu ventana
donde nace el mundo.
Dentro de las grises piedras solitarias
que acumula el paso de la gente
sordas al estruendo de tu presidio.
Entre las hierbas que desafían la sequía de tus tristezas.
Entre los días que como plagas bíblicas
ponen a prueba tu fuerza.
Ahí,
justo debajo de tu ventana
veo una grieta por donde asoma el nacimiento del mundo.
Yo acudo cada mañana a la puerta de tu prisión
para oirte respirar,
para alimentar tu voluntad,
para asegurarme de que sigues caminando.
Para recordarte que no estás solo en la batalla,
aunque sea tu guerra.
Extiendo estas pequeñas manos con pretensiones de furia
por si el hambre te torció el gesto
y necesitas volar.
Me llegan tus cartas como espadas.
Las pasas por debajo de la puerta.
En ellas me hablas de azules virutas de fe,
que yo atesoro ávida de mejores mundos
y mejores dioses.
Puede que tú no creas que es ahí donde nace el mundo
justo debajo de los barrotes que te atrapan.
Pero si pudieras ver como yo
la hebra de vida que muerde tus palabras,
la mancha de verdad que dejas a tu paso,
para que en el borde de tus ojos
se escondan los renacimientos.
Si pudieras ver el látigo dulce que me cruza la boca
cuando siento que se encienden tus penumbras,
entonces no temerías al frío de los barrotes de tu celda

Y comprenderías que no puede haber otro lugar
más hermoso para que comience la vida
que a los pies de tu prisión.

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