Los versos de la prisionera

(Sin L.J.F.)

No son los sonidos de las cadenas los que no me dejan dormir.

Es el azul de ese océano

que al otro lado del muro oigo como golpea.

Ese azul que me llama,

y salpica la pared de mi celda.

Yo le pido que cese en el intento

de robar miradas a mis ojos

de robar palabras a mis manos.

Yo no soy poeta.

¿Quién te dijo que lo era?

¿Fueron esos niños que abrieron los cajones

de mi armario y hallaron los libros amarillentos?

No los oigas,

no saben que no soy poeta.

Ellos arrancan hojas de mis libros

y las pasan por debajo de mi puerta.

Entre risas y golpes veo aparecer los versos.

Asomándose, pidiendo permiso para entrar.

Pero yo los devoro, para que nadie lo sepa.

Por eso, cesa océano de rugir,

deja ya de golpear el muro de mi celda.

Además en mi ciudad no hay mar,

sólo un río triste y perdido…

Guarda tu azul para otra prisionera.

¿Qué luz se pierde entre mis manos

que nada encuentro si no es ella?

Y me lleva a cada rincón de esta celda

a buscar la verdad de mis quebrantos

Bailando no encuentro el consuelo

pero me ayudo a contar los pasos,

y me llena el corazón de notas

que se parecen al latido que pierdo.

Prisionera de mi propia celda.

Soy yo quien guarda la llave de esta cárcel.

Soy yo quien ciega las ventanas.

Quien se interpone entre la luz y mis manos.

Quien me niega el pan y la sal.

Soy yo.

Y sin embargo, sigo caminando en círculos.

Orientándome en la oscuridad,

obcecada en encontrar la salida

que yo misma me negué en la entrada.

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