El dueño del agua

Mi querida Amalia.

Te escribo estas líneas, para que sepas lo feliz que me harás con tu visita. Ya está todo preparado. La habitación con las ventanas orientadas al Sur (nuestro Sur), y las cortinas amarillas, como a ti te gustan. También puse el óleo de  Marcos, aquél del columpio y el árbol, que tantos recuerdos decías que te traía de nuestros veranos.

He comprado vino verde portugués para acompañarnos en las charlas nocturnas, que estoy segura que retomaremos. ¡Cuántas cosas guardadas en los cajones del alma esperando a salir y flotar en el ambiente de la habitación! Casi un año que no nos vemos, y como el tiempo sigue transcurriendo, llenando sus minutos de acontecimientos… tendremos mucho de que hablar. Tú, yo, el vino, y el bullir de la conversación. Bueno y él…

Te preguntarás quien es él. No, Amalia, no. No ha vuelto Marcos de su viaje. Mi marido sigue en Argentina desde hace tres meses, completando su ensayo. El otro es…el dueño del agua.

Ocurrió hace un mes. Me levanté de la cama y me dirigí al baño para tomar una ducha. Ya sabes como adoro que el agua resbale por mi cuerpo buscando los rincones más apartados para pasear lentamente. El agua y el jabón en actitud calidoscópica. (Recordarás de nuestros años en la universidad, compartiendo piso, que siempre me resultó un placer  ducharme muy temprano, me ayudaba a despejarme.) Pero, aquel día, lo que en realidad buscaba era liberarme de las angustias de la noche. De la viscosidad de los sueños. Un mundo húmedo y caliente se me presentaba en los escasos centímetros cuadrados de la bañera. Un universo de agua templada, de olores suaves e íntimos, de semioscuridad. Un universo que se me escapaba por el desagüe lentamente. Y la humedad  fluyendo…

Yo, mantenía el rostro levantado, contra la fuerza del agua que me golpeaba con sus minúsculos tentáculos. (Todavía hoy, Amalia, que nos invade un mundo de procesadores informáticos y autopistas de la red, el milagro de abrir un grifo y encontrar agua, me sigue pareciendo mágico. Algo así cómo cuando Moisés golpeó la roca y de ella brotó un manantial.)

De repente advertí que el agua se volvía más densa y podía notarla como una película aceitosa que se me iba ciñendo al cuerpo. Vi como una luz traspasaba las cortinas del baño, (ya sabes, aquellas con caballitos de mar dorados, que tanto detesto, pero que nunca me decido a sustituir por haber sido un regalo de mamá) Una silueta se iba perfilando a través del vinilo de las cortinas. Respiré hondo y las descorrí bruscamente. No es que esperara encontrarme con un monstruo, ni con un violador, ni siquiera con una pequeña inundación doméstica, querida Amalia. Lo que ocurre es que yo no sabía que existía un dueño del agua.  Y menos que viniera decidido a instalarse en mi casa.

No era alto. Su cuerpo desnudo era de un blanco azulado. Como sin vida. Pero no había nada de inanimado en él. Al contrario, sus ojos, sus labios, irradiaban  savia con desesperación. No tenía un asomo de vello en su pequeño cuerpo. Ni siquiera en el pubis ni en las axilas. Sólo la cabeza se adornaba con cabello blanco, casi marfilado. Muy corto. Sus ojos grandes, eran descaradamente negros. Y en su frente nacía un pequeño y blanquísimo  cuerno. Aunque lo más atractivo estaba en su espalda. Desde el omóplato hasta unos treinta centímetros abajo, tenía unos apéndices, revestidos de plumón que se movían constantemente y al hacerlo producían un ruido suave, como el roce del papel de seda. Su olor era toda una provocación a la caricia y a su alrededor nacía una aureola verdosa. Como podrás imaginar le pregunté que es lo que hacía en mi baño. Y sonriendo me contestó: “Estoy aquí, por que soy el dueño del agua”.

En ese momento no entendí muy bien a que se refería con aquello de que era  “el dueño del agua”, pero por pudor no le pregunté. Me limité a pedirle educadamente que me pasara el albornoz.

Ya sabes Amalia, que siempre me ha parecido provinciano y de mal gusto exteriorizar la sorpresa. Ese desliz sólo te proporciona desventaja frente a los demás. Si nada puede sorprenderte, nadie puede vencerte. Ni siquiera el “dueño del agua”.

Salí del baño y me dispuse a vestirme. Desde el baño se oía el rumor breve de las diminutas alas, inundando con su presencia toda la estancia. El enfado, me iba subiendo hasta  el rostro. Notaba como se enrojecían mis mejillas y mis manos temblaron un poco al abrocharme los corchetes del sujetador. Aún así, procuré que no notara mi nerviosismo. No me gusta que invadan mi casa. (Y ¡Por Dios! querida no lo tomes como una insinuación para declinar tu visita, ya sabes la ilusión que me hace) Pero es que mi intimidad se vuelve vulnerable. En estos pensamientos estaba cuando, en mi espalda sentí una humedad tibia, que desde la nuca hasta mis nalgas se dejaba caer con la cadencia que sólo las gotas de agua saben hacerlo. Sí, Amalia, sé que es de mal gusto dejase seducir por un extraño, pero sólo podrías entenderlo, si tú también permitieras que tu piel seca se dejara humedecer por él. Cada terminación nerviosa trasladando la información al cerebro de que, la epidermis baja de temperatura a causa de la humedad, y éste, que a su vez les contesta, que se dejen llevar, y que se sumerjan en ese océano orgásmico.  El agua brotando de sus manos, de sus ojos, de su pensamiento…y yo cada vez más empapada, con los cabellos pegados a los hombros y con el reloj de mi aniversario, pidiendo socorro. Y él cada vez más líquido, enredándose en el encaje de mi combinación, borrando la sonrisa de carmín que me había dibujado.

Y como comprenderás Amalia, ahora sólo vivo empapándome en sus besos de agua. Temiendo en cada llamada de teléfono que sea la voz de Marcos anunciando su regreso, y empiece la sequía. Que de su viaje me traiga un inmenso desierto. Y por primera vez, siento que tengo un cuerpo, porque lo veo a través del cristal dúctil de su humedad. Y las olas que mis suspiros producen, delimitan mis curvas. Esas que Marcos nunca descubrió, y que el dueño del agua ha sacado a la superficie, de este mar dulce, que ha construido en mi cuarto de baño.

Por eso Amalia, me hace feliz tu visita. Por que mi felicidad se proyectará en ti, agrandándose como el reflejo en un lago.

Con amor.

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