Besar con la mirada

Quizás no mentía el poeta cuando decía que el alma que puede hablar con los ojos, también puede besar con la mirada. Yo siento a través de sus ojos negros, como el beso cirineo de esa mujer puede aligerar el peso de mi cruz. Pero ¿quién se atreve a hablar de cruces ni de penitencias, cuando lo que mi cuerpo desea es caer tres veces en el Via Crucis de sus manos, y sólo puedo contemplarla desde la soledad de esta túnica blanca? Esperar hora tras hora, minuto a minuto, a que el día se vista de gozo y el incienso embriague mi hombría para que el paso se me aminore por el parque, justo cuando el sol juguetea con las ramas que estrenan destellos sensuales en el Domingo más amado. La fila de penitentes como blancas llagas de dolor, donde sus cruces se tatúan y se confunden con los troncos altivos de los árboles. Madera que el hombre con su pecado ha convertido en cruz y que hoy viste el aire de penitencia partiendo en dos la luz que me ciega.

Pero yo sólo quiero salir de allí, llegar hasta el rincón donde siempre está ella. Y para calmar esta ansiedad voy acariciando las cuentas del rosario, una a una, febrilmente, tocando la locura con la punta de mis dedos, queriendo borrar la huella de mi pecado, en cada Ave María, en cada Misterio. Pero nada apacigua esta tormenta que empieza a formarse en mis manos, a pesar de que rezo sintiendo Tu mirada clavarse en mi hombro, con más fuerza que el peso de esta cruz de madera, a la que esa mujer me hace olvidar.

Madre, yo sigo pidiéndoTe que llenes mi alma de Paz, de esa Paz Blanca que desprende tu palio y que, a pesar de mis ansias, no puedo encontrarla. No quiere venir a posarse en mi pecho, para calmar este dolor de pecado, esta maraña de hambres. Y ya sólo siento como se clavan en mi frente las espinas de esta invisible corona, cuando la recuerdo buscar impaciente entre los antifaces de los penitentes los ojos de aquél (al que yo maldigo y que Dios me perdone) que me roba lo que no es mío, porque yo sé que no es mío, Madre, yo lo sé, que no ha de ser mío, pero que, a fuerza de adorarlo, siento que ya está mezclado en mi sangre, imposible de perderlo.

Y ya la veo, veo su pelo rubio, sus ojos negros, su sonrisa fácil. Un año más, sigue estando ahí como le pedí arrodillado a tu Hijo, que proclamando mi sagrada Victoria me lo ha concedido de nuevo. Entre hombres nos entendemos, me dije como disculpa, sacudiendo de mis sandalias la arena hipócrita de la mentira. Y nunca sabré si atendió mi súplica o quiso ponerme a prueba.

Aunque ya me da igual, ya mi voluntad no tiene otro destino que buscar el camino más corto hasta sus ojos. La veo y el remordimiento me sabe demasiado dulce. Busco en el roce del antifaz sobre mis labios el castigo hiriente de la ortiga, para que así todo sea un espejismo, un hermoso y tentador espejismo. Y que ese castigo me devuelva la cordura, y apague este fuego endemoniado. Pero sólo encuentro, por no buscar el sacrificio blanco de mi cruz, el anhelo de que, a través de este lienzo áspero del antifaz, sea su boca la que me busque, su mirada la que me bese. Y aunque la culpa me cierra los ojos, ella sigue estando ahí. Siempre va a estar ahí, entre mi deseo y su indiferencia. Ausente a esta guerra que me ha estallado en el pecho, y que sólo Tú, Madre, bajo la infinita bondad de la mirada del Amor, puedes parar con tu Paz.

(Pasión en Sevilla, ABC, nº 28)

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