La cena de las gaviotas (Juan José Borrero)

Artículo maravilloso de Juan José Borrero publicado en ABC (gracias Juanjo)
Día 21/08/2010 – 23.46h
Juan José Borrero

Las gaviotas no deben comer de la mano humana. No es natural, pero está ocurriendo. Los domingos por la tarde la playa recuerda una escena de los pájaros de Hitchcock. Con la puntualidad de los miembros de una junta de accionistas dispuestos a repartir dividendos, las gaviotas quedan como adelantadas de los basureros para celebrar el día del club. Todo incluido. Entonces puedes comprobar que tu presencia ya nos les inquieta como hace años, que las gaviotas han asociado en su instinto que eres el gran reponedor, un colega. Las gaviotas, sin ministra de Sanidad que le recomiende pautas alimenticias, han optado por la comida basura. Y comen de la mano de los hombres, renegando de su vuelo vertical picado hacia el mar tras localizar la presa. Los peces vivos son más huidizos que el trozo de sandía abandonado por el dominguero. Los plásticos que quedan entre los desechos orgánicos y que a veces rompen el estómago y estrangulan a las menos precavidas son el mal menor que hay que pagar por este nuevo estado del bienestar que ha cambiado la vida de las gaviotas cuyos nuevos mares son los vertederos. Que trabajen otras persiguiendo peces entre las olas.

Pero hay más consecuencias para la especie. Las plumas ya no son tan blancas y la pereza hace mella en la destreza de vuelo de las que fueron expertas planeadoras.
La cura de desintoxicación de urgencias periodísticas que son las vacaciones, que como en las clínicas de Marbella restringen la lectura de noticias de la ciudad hoy lejana como si fueran dulces para asegurar un efecto terapéutico, me ha permitido mirar a los pájaros sin pensar en concejales, observar a las gaviotas sin recordar el logotipo de los zoidianos a los que Sanz advierte del riesgo de celebrar victorias antes de la batalla. Sólo naturaleza. La naturaleza que nos explica tantas cosas cuando nos paramos un momento ante su grandeza con la humildad de plantearnos de dónde venimos y adónde vamos.
Pero mirando gaviotas hambrientas sobre la arena, gaviotas gordas remisas a levantar el vuelo y absortas en el atracón de las sobras del poder del hombre, no he podido olvidar los malos augurios del otoño que nos aguarda detrás de la puesta del sol evasivo del verano. Y he pensado en qué le pasará a las gaviotas acostumbradas a comer el pan de la poderosa mano cuando éste se acabe; cuando escaseen los presupuestos que han llenado los vertederos de la política del amiguismo, del enchufismo; qué será de las que se acostumbraron a comer plácidamente de las subvenciones y de las que dejaron en la orilla del olvido lo sacrificado que es traer peces al nido, o las que olvidaron qué es pescar. Y he pensado en las gaviotas jóvenes a las que no han enseñado a volar y a caer en picado sobre las olas, cuando haya que volver al mar a ganar la libertad.
He leído que han aumentado considerablemente las denuncias por ataque de gaviotas a humanos en las zonas urbanas en los últimos años. La naturaleza dicen que es sabia…
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