Alfonso dales caña (Paco Robles)

Abc 7 de septiembre de 2010

Le llamaban el Canijo como a Terence Hill le llamaban Trinidad en el cine de verano Santa Catalina, con sus entradas de general y de preferente, con sus jazmines abiertos al cielo estrellado y la selecta nevería de su ambigú. Le llamaban el Canijo cuando Sevilla era… lo que sigue siendo hoy: una ciudad provinciana que buscaba de forma indolente y un tanto desganada alguna salida para su postración. Luego vendrían los barandas de la Expo que por aquí pasaron según la trilogía verbal de Julio César al sevillano modo: llegué, vi y trinqué. Entonces ya no era el Canijo, sino el Guerra. Los suyos lo llamaban por el nombre de pila cuando le pedían más leña: «Alfonso, dales caña…» Algo muy sevillano, por cierto, eso de pedir que den caña los demás mientras uno se protege tras el burladero del silencio.

El Guerra ha reaparecido en Rodiezmo, una plaza de tercera tirando a «porvarea». A falta de Zapatero, bueno es que haya un banderillero retirado para clavar un par en los costillares y a toro pasado, que ya se sabe que los mítines son como los chicotás de diseño: se aplaude todo lo que se haga o todo lo que se diga. Esta reaparición del Guerra, con su humor facilón y grosero, con el pañolito rojo al cuello como si fuera a los sanfermines, nos ha devuelto la imagen que proyecta la ciudad de Sevilla sobre la política española: cero como cero. La misma ciudad de Felipe González y del propio Guerra en sus buenos tiempos de libre oyente, la Sevilla de Clavero Arévalo y su ejemplar dimisión por motivos políticos y no penales, la de Arenas y Pimentel en los Gobiernos de Aznar, la de Rojas Marcos brillando con luz verde y blanca en el Congreso, ¿dónde está?

La decadencia de Sevilla se nota en todo. La ciudad sufre una falta de peso político que la convierte en una plaza cómoda para colocar a los candidatos que riman con el aparato. Ni siquiera tiene fuerza como capital de Andalucía en el organigrama de la Junta. Por eso aparecemos en los informativos nacionales de televisión para ejercer el papel de graciosos, de tipos simpáticos que se quejan del calor que hace, de señoras con bata aunque no sea de cola y abanico para refrescarse en verano, de cocheros de caballos y aficionados del Betis o del Sevilla en la peña que huele a cerveza y flamenquín. O del Guerra haciendo de animador en el mitin de Rodiezmo al que no quiso ni pudo acudir Zapatero por motivos más que obvios. No hace falta ser muy cruel con uno mismo -algo que también es muy propio de ciertos hispalenses- para darse cuenta de que el arquetipo del sevillano que se proyecta en el resto de España no tiene nada que ver con Bécquer ni con Velázquez, con Cernuda ni con los Machado. No. La imagen es la del Guerra haciéndose el gracioso en un mitin minero, como si él hubiera cogido una pala que no sea la del pescado. Y si no, ahí están Falete y el Risitas para tomarle el relevo.

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