Mientras mi guitarra llora

Para Jesús, mientras llega la tortilla.

No sé por qué siempre llevo esta canción conmigo. Desde que hace más  treinta y cinco años la escuchara por primera vez y ese solo agudo y desafiante de la guitarra de Harrison se empeñara en demostrarme que era absolutamente cierto eso de que las guitarras lloraran.

Las guitarras lloran, pero eso no es difícil. Hay tantos motivos para que las pobres lo hagan. Lo difícil es consolarlas, acariciarlas como Harrison, como años después con la misma canción lo hiciera Clapton, para que termináramos convencidos de que se puede aliviar el peso profundo del llanto a base de sabias caricias. Decía Séneca que no hay mayor causa de llanto que no poder llorar. Yo esta noche le voy a enmendar la plana al cordobés, y afirmo que no hay mayor causa de llanto que no saber dejar de hacerlo.

 


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