Sin verte

Pasión en Sevilla (ABC, diciembre 2010)

Y este atroz mineral que extraje de tu pecho,

Son reliquias tan ciertas como antiguos abrazos.

Camilo José Cela

Para Mari Carmen García Perea


Fotografía de Antonio Sánchez Carrasco

¿Qué me importa a mí que este Domingo de Ramos se deje abrazar por un cielo vespertino hambriento de globos? Que Sevilla se rinda sin tregua a la evidencia azul de la luz. De esa luz que sólo habita en la trampa de los ojos de los sevillanos. Ay qué ver cómo son las cosas… Dios creó la luz el primer día y Sevilla le enmienda la plana, en solemne irreverencia, cada tarde en su semana de Pasión. ¿Pero a mí qué más me da?

¿Qué me importa que Triana se abra en abanico hacia el Altozano, como una mancha de aceite en el tejido de sus calles? ¿Qué una fila de nazarenos blancos marque el espacio donde el tiempo se viste de río? ¿Qué sea un año más Domingo de Ramos como ese bucle de espejos superpuestos de Cortázar? ¿Qué más da? Si la Estrella no está cruzando el puente. Por lo menos para mí. Porque hoy, como en los últimos veinte años, cuando el pregón del humo dulce de los ciriales me anuncie los primeros sonidos de sus bambalinas, yo volveré mi cara y caminaré en dirección contraria al gentío. Nadie reparará en mí. ¿Por qué habrían de hacerlo? ¿O es que alguien piensa que hay sitio en la calle San Jacinto para algo más que para la Virgen? Pero lo hay. Hay sitio para el grave peso de una promesa. La promesa de no verte en la calle.

Decía Núñez de Herrera que un hijo era una cosa muy seria, por lo menos para aquella viejecita que tenía a la Virgen de la Estrella en la cabecera, y bajo el colchón dos pistolas. (¿Se puede ser anarquista?) Pero una madre también es cosa muy seria, y la mía se me iba cuando más falta me hacía, cuando iba a parir a su nieto.

Por eso te prometí que si la dejabas a mi lado, ya nunca más te vería en la calle. Porque dejar de ver esas Manos que tienen el sabor antiguo de los abrazos perdidos. El del dolor que te mira de frente y reconoce el miedo. Manos que otorgan y callan. Manos de Madre… Era el sacrificio mayor que podía ofrecerte. El de las trabajaderas de la pena. Dejar de ver a mi Madre para poder seguir abrazando a mi madre.

Y así voy yo, como aquella pobre viejecita, con el pensamiento bien alto y los ojos en el suelo. Abriéndome paso entre la gente que te busca. ¿Pero a mí qué más me da, si yo ya Te he encontrado?

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12 comentarios en “Sin verte

    • Impresionante, estas son las verdades de la vida, lo que hace a las personas grandes, dale recuerdos míos y felicitala también, es admirable.

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