Ni escuela ni despensa (Por Ignacio Camacho)

Ignacio Camacho

Ignacio Camacho, ABC 8 de diciembre de 2010

SI leer es protestar contra las insuficiencias de la vida, como ha dicho el Nobel Vargas Llosa en la Academia de Estocolmo, los españoles estamos educando a nuestros jóvenes en un peligroso conformismo. Los resultados del informe PISA sobre la educación en la OCDE reflejan de nuevo graves insuficiencias de los escolares españoles en comprensión lectora y en orden intelectual. Las autoridades se alivian por la mejora relativa respecto a hace tres años, pero hemos empeorado desde el comienzo de la década. Cuando se trata de aprendizaje, que es por definición un proceso evolutivo, la estabilidad supone estancamiento y el retroceso es puro y simple fracaso. Al cabo de treinta años de democracia la enseñanza continúa siendo el gran problema nacional y el principal lastre para la competitividad del país, pero la dirigencia pública no es capaz de levantar la mirada por encima de las urgencias de plazo inmediato. Hemos perdido al menos diez años y vamos camino de desperdiciar otros tantos; cuando la recesión acabe habremos acumulado un retraso crítico.
Cada entrega del PISA constituye para España un mazazo en las vértebras del sistema educativo. La última representa, además, una radiografía del desarrollo nacional, que divide la Península en dos mitades como una falla tectónica. En resultados, en inversiones y en rendimiento, el Norte y el Sur configuran dos Españas bipolares cuyas diferencias revelan la ruptura de la cohesión y dibujan el mapa de un problema de igualdad de oportunidades que no ha sabido resolver el régimen autonómico. La descentralización ha perpetuado y hasta ampliado las distancias y ha diluido el carácter de la enseñanza como cuestión de Estado.
De este marasmo sólo se sale con un acuerdo que a día de hoy resulta quimérico en una escena pública fracturada por el sectarismo. Hace decenios que la educación es un arma arrojadiza en la política española, una herramienta reversible según la alternancia partidista. Hemos acumulado baterías completas de leyes, planes y programas incapaces de mejorar la calidad educativa, y hemos dejado las aulas en manos de una gavilla de ideólogos de tres al cuarto obsesionados con la ingeniería social. El pacto de Estado es mero mantra retórico de una clase dirigente enfrascada en la porfía banderiza que no ha dado una sola muestra seria de entender la enseñanza como una prioridad intocable. Medidas de galería como el reparto de ordenadores conviven con índices inaceptables de fracaso escolar, y principios irreprochables de igualitarismo y paz se mezclan con un absoluto abandono del esfuerzo, el mérito o la ejemplaridad. Al final, los chavales no comprenden lo que leen ni saben resolver elementales problemas matemáticos. Siglo y medio después del regeneracionismo de escuela y despensa, la despensa se nos ha quedado vacía y la escuela está llena de una juventud desorientada.
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