La Epifanía en Sus Ojos

Pasión en Sevilla, ABC 6 de enero de 2011


Entre los caramelos y serpentinas que aún le pintan limpias sonrisas de niños a esta ciudad, yo, cada tarde del seis de enero, busco el camino más corto que soslaya al olvido y que siempre me lleva a la Plaza de San Lorenzo. Allí, me esperan (siempre me esperan, porque la Esperanza está en todo como bien dijo otro niño, aquel de la Puerta de la Carne que nunca suelta mi mano) los ojos de un recién nacido que tienen el Poder de la mirada de un Hombre sentenciado a muerte.

Las palomas que sobre mí, rubrican el cielo de esta tarde plomiza de enero, me hablan de comitivas llegadas de países lejanos, de incienso, oro y mirra en las manos de Reyes arrodillados oferentes. De estrellas indicando el camino. Y entro en la basílica buscando al Dios que quiso hacerse carne de madera oscura. Al Padre al que las mujeres que esquivamos nuestras soledades en el pasillo, donde el tiempo se desdice de sí mismo y te ofrece el consuelo en forma de Talón, llamamos Hijo. En esa pirueta de roles invertidos que sólo se entiende cuando el abrazo es plegaria de madre. Entro buscando al Judío al que alguien quiso dibujar con jirones el mejor elogio a la Locura, reconociendo con su furia al Hijo de Dios en su Bendita Madera, porque ya lo decía Chesterton que el loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo, todo, menos la razón.

Y allí está, El que siempre acompaña mis noches insomnes desde la foto de mi escritorio, donde lucho con un manojo de palabras para decir, al final, siempre lo mismo. Que el mundo renace en sus ojos de hambre, que es su mirada la que borra los pliegues de las dudas, las desolaciones del rencor, el tiempo de las mentiras, la oscuridad de las luces del engaño.

La basílica se me hace vientre acogedor de la Madre de ese Niño que hace unos días llenaba los balcones de mi ciudad. El que La Niña bonita de San Gil con sólo quince años parió entre dolores, porque un Ángel se lo había anunciado y así quiso El que fuera. Ese juanramoniano Niño Dios con mi cruz a cuesta, que levanta su rostro ceniciento de niño yuntero y cruza su mirada con la mía para concederme, un año más, que pueda ver la Epifanía en sus Ojos.

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