Vísperas de lo Eterno (por Rogelio Fajardo)

(Esto va por mi padre y dedicado a mis hermanas, Rosa y Esperanza G. Perea y al equipo de Jirones de Azul)

Es Jueves Santo por la mañana y un armao macareno ha tenido una noche inquieta, una noche de sentimientos desbordados. Esa noche no pudo dormir y soñar al mismo tiempo y como era una noche para soñar con lo que se avecinaba, tuvo los ojos muy abiertos. Por eso, a ratos, de madrugada, el armao se levantaba para ver ese pequeño “altar de insignias” que había colocado en el salón de su casa. Era un altar con las armas romanas que iban a dar escolta y honores al Hijo de la Esperanza Macarena: la coraza, con diez correas adornadas con cabezas de león; el machete o espada; la lanza o “pilum”, cuya punta brillará como una estrella en la Madrugá; la rodela que reflejará los rayos de la Luna y, por último, el casco, coronado con un penacho de siete plumas blancas de avestruz.

Frente a las armas, colgada de una percha, está la “nagüeta” de terciopelo granate. Túnica que está coronada por una gola que es una filigrana de encajes. La gola, lleva ceñida una cinta de color rojo que indicaba el lugar que ocupaba el armao en la formación: la Gandinga.

Junto a ese altar estaban dispuestas dos fotografías: la de la Esperanza Macarena y la del Señor de la Sentencia. ¿Qué más podía faltar?

El armao, durante las horas de vigilia meditaba, -agradecido por la bendición de poder vestir lo que sus ojos estaban viendo-, sobre la gran trascendencia que tiene esa ropa. Pensaba en las palabras que dijo un día su amigo Manolo Ruíz: este uniforme no es disfraz, también es túnica penitencial y llevarla puesta es un privilegio del que muy pocos pueden disfrutar.

En sus pensamientos renacieron los años aquellos en los que por sus mejillas corrían lágrimas de pena cuando escuchaba la radio, lejos de Sevilla y sirviendo a su país, un Viernes Santo por la mañana, mientras se retransmitía la entrada de su Hermandad en la Basílica. El armao, por vez primera, se veía entre cien corazones que laten en verde y macareno y descubrió la cara de ese niño que se hizo guardia civil y que iba a cumplir el sueño de escoltar a su Cristo de la Sentencia como soldado romano de la más noble legión hispalense.

Todo estaba dispuesto y el momento de revestirse parecía que no iba a llegar nunca…

Es Jueves Santo por la mañana y con el alba recién nacida el armao se prepara para vestirse de centurión. Esa mañana va a dar solemne escolta, en la Basílica, a sus amados Titulares.

De las manos de su esposa fue recibiendo, con ternura y amor, una a una las prendas que iba a ponerse: primero, la nagüeta; luego, las sandalias romanas que llevarían al armao, con paso lento y racheado, tras las huellas de Jesús Sentenciado. Más tarde, la coraza y cuando el casco ha coronado de grandeza macarena su cabeza, le fueron entregadas sus armas: el machete para que fuera prendido del costado izquierdo y la lanza y la rodela que desfilarán al son de tambores y cornetas macarenas.

Y ese día, Dios bendijo a Sevilla con un sol radiante.

Los trece guardias pretorianos están dispuestos en el atrio de la Basílica para empezar, a las nueve en punto, la ansiada guardia ante el Señor de la Sentencia y su Bendita Madre de la Esperanza Macarena.

Trece macarenos, trece centuriones, trece corazones en carne viva que, tras rendir honores y pleitesía a sus Titulares, vieron abrirse las puertas de una Basílica que, a esa hora, estaba ceñida por una fila infinita de cofrades, fieles y devotos ansiosos por rezar y asombrarse ante los pasos de la Madre de Dios y su Bendito Hijo.

En el sorteo de los puestos de guardia, al armao le correspondió hacer la primera junto al Señor Sentenciado y, durante ese turno, desde el corazón del armao surgen oraciones de agradecimiento. Por eso, la primera oración que brotó de sus labios fue por el alma de su padre.

El armao sabe que el lugar que ocupa viene de una fe y, tras esa fe, una devoción y que su devoción macarena emana de una fuente, y que esa fuente de la que bebió tal amor, es su padre. Él recordaba cómo su padre, una mañana de Viernes Santo, le tenía cogido de la mano cuando, siendo muy niño y junto a su hermano, veían el paso del Señor de la Sentencia en la Resolana. Tras el Cristo, desfilaba la Centuria con su paso lento y racheado tan característico. Cuando pasó el Capitán con su escolta, formaba con ellos un chiquillo vestido de romano: era el Cornetín.

Ante tal visión el niño, en aquél momento, le contó a su padre la emoción que le transmitía ver la marcialidad de la Centuria y le preguntó qué es lo que había que hacer para formar parte de esa cohorte, al igual que el Cornetín. El padre, apretando suavemente su mano, le dijo con ternura a su hijo: -mira, hijo, ser armao es muy difícil, pero si tú quieres serlo, no pierdas nunca la Esperanza…

A partir de aquél momento, ese consejo el niño lo asumió y se le quedó grabado en el corazón. Por eso, supo esperar y disfrutar durante los nueve largos años que, como aspirante, tardó en ingresar en la Legión Macarena.

Y desde el lugar que el armao ocupaba en la guardia escoltando a Cristo Sentenciado, le dijo a su padre con el alma llena de amor y agradecimiento:

-Papá, me educaste y me aconsejaste con amor y, con mamá, me enseñaste a dar los mejores pasos que llevaran mi vida por los caminos de la fe. Papá, no te puedo ver. No te puedo ver pero te siento. Siento tu mirada, tu orgullo y tu alegría y sé que estás en el Cielo con nuestro Cristo de la Sentencia:

Y tú que estás con Él

Dile que tu consejo no ha “sío derrotao”

Que aún siendo largo el camino

Tu hijo ya está a su “lao”

Que por fin lo está escoltando

¡vestío de Armao!

A las dos y media de la tarde culminó la guardia en la Basílica. Tras vivir emociones contenidas, el Piquete de Escolta se retiró para descansar porque luego, a media tarde, tenía que estar formado, con toda la Centuria, para realizar el clásico desfile por las calles de Sevilla.

Pero el armao que esto cuenta deja para otro momento la narración de aquellas vivencias, llenas de jirones de amor, que ocurrieron aquél día, porque ahora se marcha para cruzar el Arco y entrar en la Basílica para postrarse ante la que nos otorga el don de un rostro al que hay que decirle lo mismo que le dijo el Teniente de los Armaos, Fernando Vaz, en su romance dedicado a la que es la verdadera Madre de Dios, la Esperanza Macarena:

“Vienes llenándolo todo

con tu carita risueña,

que teje encajes de Gloria

por calles y por plazuelas,

al ver el don de tu rostro,

anuncio de una promesa,

que da sentido a la vida

y graba en todo su huella,

en rezos y en oraciones,

en lágrimas y en saetas,

en dulces amaneceres

y en esquinas y en revueltas,

que ahora gritan tu nombre,

sintiéndose macarenas,

como el viento que te escolta,

como el palio que te sueña,

como el aire que te mece,

como el pueblo que te espera,

como el sol que se sonroja

al quedar en evidencia,

ante el rostro que lo humilla

y ante el rostro que lo ciega…”

 

Por supuesto, tras estar con la que une Cielo y Tierra, el armao va a tener un poquito de canalleo macareno, regado con “Agua de Pilatos”, con sus hermanos de la Centuria en la calle Parras…

 

(Rosa, el próximo “altar”, en tu casa. Un beso y muchas gracias, hermana.)

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20 thoughts on “Vísperas de lo Eterno (por Rogelio Fajardo)

  1. Fernando Vaz

    Querido Roge, Esa sabe muy bien lo que hace. Por eso te trajo de su mano desde un montón de kilómetros hasta donde se cuecen las papas. Un honor poder cruzarme contigo cada mañana de Viernes Santo entre el cansancio de las filas y poder disfrutar de la guasa romana y del macarenismo tan puro que allí tenemos la suerte de respirar. Hasta cuando el de las manos amarrás quiera. Cleopatra, como le sigas dando sitio a estos romanos se hacen con tu blog. Ten cuidado querida. Mil besos

    • Rogelio

      Gracias, Teniente. El honor y el privilegio es mío porque de macarenos como tú, se aprende a servir mejor en nuestra Hermandad para dar mayor gloria a nuestros Titulares y más honor a nuestra Centuria.
      Y cuando el de las manos atás quiera que dejemos de salir de armaos, nos pondremos nuestra túnica y en el tramo que nos corresponda y seremos centuriones con nuestro cirio. Ya lo dijo Rosa: en la Centuria, nadie deserta.
      ¡Viva la Centuria Macarena!

  2. Miguel

    Se te ponen los vellos de punta.
    “Ser armao es muy difícil, pero si tú quieres serlo, no pierdas nunca la Esperanza…”
    Tremendo.

    • Rogelio

      Miguel, la Esperanza, Ella, es el camino que te lleva a todas partes y a lograr lo que desees. Junto con Él, con el de las Manos Amarrás, forman las vías, Cardo y Decumano Máximo, -bendita cruz-, que nos permiten andar por la vida sin que nos perdamos. Un fuerte abrazo y muchas gracias.

  3. Loli P.

    Querido Rogelio,
    enhorabuena por este texto tan bello y por compartir la experiencia de ser armao de la Centuria con nosotros.
    Un abrazo de una hermana macarena.

  4. Corazón macareno

    Peazo de articulo, lleno de sentimiento, un abrazo Rogelio, que no me pude despedir, la noche que vi la luz en los ojos de la Esperanza. Gracias a ti y por supuesto a Rosa.

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