El mejor vecino de mi barrio (por Juanjo Borrero)

Gracias Juanjo por este regalo en Domingo de Ramos
Juan José Borrero (Abc de Sevilla)

Abc Día 17/04/2011

El mejor vecino de mi barrio va a morir. Lo bajaron anoche sus hermanos de la atalaya desde la que mira pasar la vida mientras añora el mar. Le han cruzado las manos en las que guarda el imán que atrae el metal de las almas para que nadie se quede sin decir su último adiós. Lo bajaron para la despedida antes de partir hacia la madrugada. Antes de dejar la casa, la plaza y todas las calles en la penumbra, en la paz inquieta e insegura de su ausencia, que es la nada.

El mejor vecino de mi barrio va a partir. Vamos a hacer una fiesta para su despedida. Aquí somos así. Él fue pescador, llegó para echar redes y abrió en el barrio esa consulta de médico especialista, amigo, sacerdote, psiquiatra, fontanero de cariños atascados, juez de paz y prestamista sin más interés que esa visita para saber de él cada mañana. A veces un ramo rojo de claveles y siempre un beso. Por escuchar se ganó el respeto de las madres, la admiración de los niños, la confianza de los jóvenes, y la lealtad de estos hombres del barrio que en secreto lloran hoy su partida, porque es otro anuncio más del tiempo que se nos agota y el que dejaron de contar los que se fueron. Mujeres y hombres de negro volverán hoy al barrio preparados para velar su cuerpo, con la disciplina que cada viernes les hizo venir desde muy lejos a compartir con él sus confidencias.

El mejor vecino de mi barrio va a morir según las escrituras. Apenas le dan cuatro días de estar en casa. Han llamado a su madre y viene presta. La han visto salir muy de mañana, sonriendo a las lágrimas que reflejan el verdor de la esperanza. Va a morir como ha vivido todo este tiempo, derramando la generosidad de su mirada irresistible, caminando descalzo entre las almas. Y sin embargo no estamos tristes en su presencia, en este momento de estar frente a frente, de mirarle a los ojos para clavarnos la espina del amor en este instante del último adiós que es otro más en nuestra vida. No estamos tristes. Sólo los de este barrio pueden saber el misterio de este alborozo matinal ante la muerte inminente de su mejor vecino. ¿Por qué corren los niños en la plaza? ¿por qué no se recata esta impúdica luz de primavera ante la agonía inminente del que espera en su casa la llamada del Padre? ¿dónde el gris de respeto para el duelo? ¿dónde las lágrimas ante la soledad que se avecina? ¿por qué estrenamos este brillo en los ojos que no pueden ver más allá de la nostalgia?

Esta luz de domingo es la de aquel ángel que nos trajo de la mano a conocerlo una mañana como ésta a San Lorenzo con pantalones cortos, aquella mañana de Domingo en la que se clavaron sobre el mármol las rodillas desnudas y entendimos el evangelio por el camino más corto. El Dios de los sagrarios vive. Aquí, en Sevilla, tenemos la certeza de sabernos sus vecinos. Este Dios de barrio, tan cercano, va a morir en cuatro días para renovarnos la alegría de saberlo eternamente con nosotros.

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