La natamorfosis de Manuel Alejandro López López

Un lujo para este blog, con ustedes: Manuel Alejandro López López

(Gracias, gracias)

Estaba tumbado sobre su espalda hojaldrosa y crujiente, y en forma de un Bob Esponja relleno de fina nata, y al intentar levantar un poco lo que sería su cabeza se dio cuenta de que su cuello había desaparecido quedando integrado todo en aquel rectángulo irregular. El cobertor estaba pegajoso y lleno de migas. Sus muchas planchas de hojaldre, a modo de costillas que daban sostén a su cuerpo-pastel, temblaban a cada intento de movimiento, le vibraban apetitosas ante sus ojos formados por dos pepitas de almendra.

¿Qué me ha ocurrido?, se preguntó. No era un sueño, era la materialización de algo que habitaba su subconsciente desde pequeño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes tan conocidas. Le extrañó que no se hubieran convertido también en paredes de cartón con los famosos dibujos en azul que caracterizaban a la pastelería. Era aún temprano, así que se sentía bien, como recién hecho, y este pensamiento le recordó el eslogan de los Donuts, sintiéndose aliviado por no haberse convertido en uno de ellos. Doy gracias por haber sido siempre más de pastelería artesana que de la industrial, se dijo a sí mismo. Se sobresaltó de repente al caer en la cuenta de que el sol comenzaría a entrar en breve por su ventana y le daría de pleno en menos de media hora. Me voy a poner agrio, pensó aterrorizado, tengo que llegar como sea al salón y poner el aire acondicionado al máximo.

¿Qué pasaría si durmiese un poco más y olvidase todas las chifladuras? ¿Y si llamase a mi hermano para que me ayudara? No, a mi hermano no, que se come los paquetes de Filipinos de dos en dos. Tendría que ser él quien llegara al salón para refrigerarse y evitar que su nata se agriara. Pero esto era algo absolutamente imposible, porque en su estado actual no podía ponerse de lado para bajarse de la cama. Podía lanzarse con mucha fuerza hacia el suelo, pero desechó esa opción ante la terrible visión de su cuerpo espachurrado y los pegotes de nata pegados en las paredes. Sería la escena de una naticidio, imaginó divertido. Bueno, déjate de tonterías que el sol avanza por la mesita de noche. Lo intentó cien veces, no lo conseguía y desesperado lamentó no haberse convertido por lo menos en un pez de nata de La Campana, algo más me hubiera podido mover. Mira que mi madre me ponía delante de los peces de nata y me decía que si quería uno, y yo que no, que prefería la milhojas, pues toma milhojas. O un petisú de Ochoa, que por lo menos aguantan mejor el calor, pero no, el niño solo quería milhojas.

Debo actuar como lo haría una milhojas experimentada. Como pudo, movió una de las planchas de hojaldre para desplazarse hacia su derecha y se dejó resbalar hacia el suelo. En el movimiento se llevó pegada una de las medallas que colgaban del cabecero de su cama. De nuevo sonrió para sus adentros al pensar que era la primera hermana milhojas de su Hermandad. Bueno, al lío que como me embobe, me fermento. Hasta ese momento no había intentado comprobar si tenía boca y, lo más importante, capacidad de hablar. Boca no tenía pero sí una grieta en el hojaldre que hacía las veces de esta. Intentó decir socorro pero lo único que consiguió fue lanzar un borbotón de nata por aquella grieta. Yo, en vez de hablar en plata, hablo en nata. Sin embargo, su mudez había agudizado su ingenio, así que se le ocurrió una idea brillante: mover como pudo las zapatillas de andar por casa que estaban pegadas a la cama. Ese ruido alertaba todas las mañanas a Chocolate, su insoportable perro, que en cuanto lo oía se presentaba en su cuarto para que lo sacara a la calle. Escuchó por el pasillo el galope de Chocolate, vio abrirse la puerta y entrar al perro dando brincos. El can de repente se paró sorprendido, ¿y su amo? Miró a su alrededor y comenzó a oler la inmensa milhojas yacente mientras se relamía. Comenzó a lamer la nata que rebosaba por los laterales, y Alejandro quiso advertirle que se quedaría ciego con tanta azúcar. Era absurdo. Sin embargo su plan se había cumplido: Chocolate comenzó a tirar de la milhojas para llevarla hasta su cestita, que se encontraba en el salón.

Lo arrastró por el pasillo. Cómo estaré dejando el suelo de pegajoso, se lamentó. Chocolate lo depositó al lado de su cesta, donde se echó para contemplar desde ahí su trofeo pastelero. Debo actuar rápido, antes de que el perro empiece a comerme. Vio el mando del aire acondicionado sobre una mesita baja situada en el centro del salón y pensó que, en cuanto se recuperara de su milhojitis y volviera a su ser original, hablaría con el maestro pastelero de La Campana para que inventara una nueva milhojas con extremidades de hojaldre. Tengo una responsabilidad con mi raza y con las milhojas que vengan después, dijo para sí en tono solemne. El perro se parecía cada vez más al de Pavlov, salivaba abundantemente ante la inminencia del festín. Tengo poco tiempo, el estrés y el incipiente calor le hicieron sudar azúcar líquida. De pronto tuvo una idea, expulsar por aquella grieta un pegote de nata en dirección a la mesita para que Chocolate se lanzara a cogerlo y en su movimiento tirara al suelo el mando del aire. Esto es estrategia y no la de Napoleón. Vamos allá. Cogió impulso y expulsó un primer pegote, con tanta fuerza que quedó pegado en el tapiz de ciervos que su madre tenía colgado sobre el sofá. Modera tu fuerza, se dijo. Segundo pegote, este más cerca del objetivo pero el dichoso perro se estaba rascando una pata y no lo vio. Al tercer intento triunfó y Chocolate en su afán por cogerlo al vuelo tiró el mando, con tan buena fortuna que le dio con una de sus patas y lo acercó hasta la milhojas. ¿Ahora cómo pulso el botón? Volvió a utilizar la misma técnica, pegote que te crió sobre el mando y Chocolate que al lamerlo enciende el aire acondicionado. Primer objetivo logrado, por ahora no me pondré agrio. Segundo objetivo, evitar que mi perro me devore como desayuno. Ahora que pensaba en el desayuno sintió una terrible hambre, de repente, casi incontrolable. Chocolate daba vueltas a su alrededor aplazando el placer del festín. En su movimiento el dichoso perro pisó de nuevo el mando y cambio el modo a calefacción. Mierda de perro, ahora sí que voy a ponerme agrio, se me va a cortar la nata. El calor subía, comenzó a notar cómo su materia natosa poco a poco fermentaba, cómo las planchas de hojaldre se iban juntando por la pérdida de masa pastelera. Hambre, calor, ansiedad, pánico, soy una milhojas al límite, desesperada. Mis opciones son, o ser engullido por mi propio perro, o acabar en medio de un charco de nata líquida cortada y se recogido por la fregona de mi madre. Quiero un final digno, tengo derecho como milhojas a acabar mis días con dignidad, estoy decidido a ser el Gandhi de los pasteles, el Ché de la repostería, que todas las generaciones de milhojas, petisús, tocinos de cielo, san marcos, selvas negras, piononos y plum cakes, me recuerden como un héroe; que los pestiños y las torrijas lloren gotas de miel por mí, que las tortas de Gaviño pongan trozos de almendras negras por mi memoria. Quiero descansar en el Arlington pastelero, junto a los barquitos Loly, los camaradas caídos en las guerras de Nova Roma, La Española y Los Estepeños. Ser un referente para la libertad de los compañeros sometidos al yugo industrial en Bollylandia, Dulciora, Nutrexpa y Martínez. En definitiva, ser recordado como una milhojas que luchó orgullosa de serlo hasta el final. Dicho esto, decidió suicidarse y comenzó a auto comerse ante la atónita mirada de Chocolate.

Alejandro despertó sobresaltado y con el corazón a punto de estallarle en el pecho. Empapado en sudor se incorporó en su cama. Se dirigió rápidamente hacia el espejo de su cuarto y comprobó que tenía brazos, piernas, cuello y cabeza, tenía cuerpo humano. Es la última vez que me doy un atracón de milhojas de La Campana, lo juro. Chocolate entró en su cuarto moviendo el rabo. Todo volvía a la normalidad. Desde la cocina escuchó el grito de su madre que lo llamaba para desayunar. Mientras se dirigía hacia la cocina, su madre le dijo: Aligérate, Ale, que hoy tienes para desayunar algo que te encanta. Entró con un hambre atroz, se sentó a la mesa donde ya humeaba su taza de café con leche, y su madre le puso por delante un plato con la milhojas que sobró del día anterior. Alejandro se puso de pie en señal de homenaje y, emocionado, comenzó a llorar…

http://laolivettimellada.tumblr.com/

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