Derrapar y chocar

Publicado en Viva Sevilla, La Gatera 7 de noviembre de 2011

Empezando esta silenciosa campaña electoral, donde el mundo se ha partido en dos, los que la hacen y a los que nos afectará sus decisiones, llego a la conclusión de que no hay nada más útil en este siglo XXI que saber derrapar y chocar con la pared, como dice la canción de Fito, para poder sobrevivir. Y digo sobrevivir, porque vivir ya nos viene de serie, y lo menos que debemos hacer es intentar mejorar esta prestación que los dioses nos regalan por el mismo precio. Oferta divina, dos por uno, fíjese.

Y no lo tenemos fácil, desde luego que no. No es fácil atravesar este desierto sin fe. A pesar de los apuros económicos que nos ahogan, agonizar de desilusión es más doloroso y más difícil de solucionar. La ilusión es un alimento caro y necesario que durante la juventud despreciamos por abundante y en la madurez buscamos desesperadamente. Puede que sea por la inevitable presbicia, pero cada vez nos cuesta más reconocerla entre tantas voces. Y es que la ilusión, como cualquier objeto de deseo, tiende a defenderse de la mejor manera posible. Normalmente, por el método del mimetismo. De esta manera se camufla y toma la forma del sueño que estabas esperando, viste  los mismos colores y hasta parece que huele igual. Pero corremos el peligro de que apenas podamos percibir detrás de esas siglas, de la cara de ese candidato, de su discurso, el leve borde de la máscara que le delata en su mentira. Otras veces la ilusión se diluye en el paisaje, en un arrebato de cripsis, para que no sientas la tentación de alargar la mano y atraparla. Caminas a su lado y ni siquiera la puedes ver. Toma la forma de esa ventana por la que jamás te asomas, o de ese árbol que crece anónimo en tu acera.

Pero lo más desolador es cuando tropezamos con una ilusión que toma forma de algo peligroso, de algo inconveniente, de algo que nos va a obligar a pensar, a decidir por uno mismo. Y nosotros, mamíferos cobardes, a pesar de reconocer detrás de su aspecto fiero la ilusión que necesitábamos para alimentarnos, para darle vida a esta sociedad que se va muriendo poco a poco, damos media vuelta y salimos huyendo, ajenos a que ya hemos aprendido a derrapar y a chocar con la pared sin apenas hacernos daño.

Rosa G. Perea

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