La economía fingida de José Manuel Cansino

El pasado 15 de noviembre se presentó el libro LA ECONOMÍA FINGIDA del profesor Cansino en el salón de actos de la Fundación Cruzcampo. Servidora que está más que acostumbrada a escuchar a los autores hablar de sus obras, y tiene los oidos viciados por horas de ponencias y discursos, confieso que tuve que hacer un esfuerzo para no ponerme de pie y gritar: ¡Qué se lleven a este hombre ahora mismo al FMI y nos saque del marrón en el que estamos! Sentido común, honradez y valentía. 

He pedido al profesor Cansino con el que (para mi suerte) me une una buena amistad, que me permita reproducir aquí sus palabras. No tienen despedicio. Juzguen ustedes mismos.

Gracias José Manuel.

Sevilla 15 de noviembre de 2011

De izquierda a derecha: Santiago Talaya, José Manuel Cansino, Julio Cuesta y Rocío Yñíguez (foto de Javier Compás)

Muchas gracias, Sr. Cuesta por acoger la presentación de este libro en la casa de la Fundación Cruzcampo en la que se prestigian las obras que en ella se dan a conocer.

Muchas gracias, Santiago por tus palabras y muchas gracias también porque en tu doble condición de comunicador y economista, contribuyes a llevar a los medios de comunicación desde los lugares comunes y tópicos de la economía mal entendida, al debate riguroso sobre la actualidad económica, sus retos y oportunidades.

Además, Onda Cero tiene mucho que ver con este libro y contaré por qué.

Hay quien dice con retranca que lo mejor de este libro y de este acto está al principio y al final.

Al final porque, si nos portamos bien, igual nos dan una cervecita, y al principio por lo acertado del título del libro.

Como cuento en el prólogo, el título me lo regaló Eusebio León desde una tertulia de Onda Cero en la que participaba.

Lo consideré tan acertado que le puse un sms diciéndole que, a partir de ese momento, utilizaría el término citando oportunamente la fuente.

Y muchas gracias, Rocío por estirar un día, el de hoy, especialmente agotador por haber inaugurado esta mañana las jornadas de investigación de la Facultad de Economía de la Universidad de Sevilla.

Fíjense Vds la capacidad que tiene esta ilustre Vicedecana, que acaba de hacer algo que no se había hecho en los 40 años de historia de la Facultad, como es poner en común las investigaciones que realizan parte de sus profesores.

Rocío es un ejemplo de dinamización de la actividad investigadora del profesorado que compartimos espacio en ese edificio blanco de la Avda Ramón y Cajal que, según la leyenda urbana, fue diseñado para albergar una cárcel pero que, realmente, si algo mantiene preso entre sus paredes es la ilusión de muchos de los que allí estamos en hacer de la Economía, algo muy diferente de una impostura, ni en lo científico ni en su posterior aplicación al análisis económico o a la dirección de las empresas.

Este libro que se presenta en la mitad de noviembre, lleva en la calle casi ocho meses. En fin, así son las cosas, pero la incipiente calor que ya hacía por el mes feriado, la asfixiante canícula que se extendió después y la caló que todavía nos resiste a cambiar el ropero, nos han traído hasta noviembre, hasta los previos del 20 de Noviembre que, probablemente muchos de los más jóvenes no lo sepan, pero para los más, es la fecha del asesinato, hace 75 años de José Antonio, del único José Antonio que en España, no necesita apellido.

Lo que sí necesitaba el editor de Paréntesis era contar entre sus libros, uno que explicase las razones de la crisis económica que ya se padecía cuando me hizo el encargo hace año y medio.

Me gustaría que escribieses un libro que explique la crisis y en el que des tu opinión sobre cómo salir de ella sin que caigas en el tecnicismo ni en la ordinariez.

Y es que, hace años que de economía se oye hablar o con un lenguaje arcano sólo entendible para los muy iniciados o con la sofisticación con la que se habla en el mercado o en la barra de un bar. O habla el técnico que no entienden no los propios, o habla el enteradillo con un razonamiento que tiene la profundidad de un cubo de agua o la complejidad de una manga de chaleco.

Por eso me pidió el editor que escribiese con el mismo pulso con el que lo hago, cuando el tiempo me lo permite, desde las páginas de Diario de Sevilla, ABC o Diario Ya que, con inmerecida generosidad acogen mis artículos sin que jamás ningún editor me haya censurado una sola coma.

Y es de agradecer enormemente esta libertad en el debate de ideas y de análisis en una ciudad que todavía se avergüenza de haber pasado por el episodio ignominioso de censura con el que una concejal quiso amordazar las palabras de Agustín de Foxá en aquel justo y merecido homenaje que le tributaron las Asociaciones Culturales ADEMÁN y Fernando III.

Muchas gracias también a quienes habéis venido a acompañarme esta tarde.

Acompañarme a mí, que como tantos otros, soy uno de tantos que vino hace años a asomarse a la tapia que custodiaba Sevilla a ver si encontraba un sitio y un futuro. Un futuro que venía a conquistar cuando me bajaba del autobús de Rafael Díaz en la antigua Estación de Cádiz y Sevilla me parecía una realidad hostil en la que sólo se venía a estudiar y a los que éramos de pueblo, como yo, de un magnífico pueblo que se llama Paradas, se nos tildaba de catetos. Luego fui comprobando que catetos hay en todas partes y no pocos en la ciudad.

Y gracias especialmente a mi esposa, porque revisó el manuscrito, lo corrigió, me hizo los comentarios oportunos y, naturalmente, lo mejoró.

Y es que llevaba razón el escritor y agitador cultural, Javier Compás aquí presente, cuando utilizando la mordacidad que le es propia afirmó que, al matrimonio de José Manuel y Rocío le pasa lo que al de Barack Obama, ahí quien verdaderamente vale, es ella.

“En los cuatro años siguientes al jueves 24 de octubre de 1929 –el famoso jueves negro de Wall Street-, unos 9000 bancos, el tercio de todos los bancos norteamericanos, entraron en bancarrota. Con cada quiebra, muchos individuos indivíduos y compañías perdían un dinero que de otro modo habrían gastado, y unos créditos que de otro modo habrían recibido. Y los bancos supervivientes se preparaban para el día en que acudiesen sus impositores. Entonces, el 6 de marzo de 1933, todos los bancos de los Estados Unidos cerraron sus puertas. Salvo lo poco que se tenía a mano, el dinero dejó de circular”.

Esto que acabo de leer fue escrito por el economista J.K. Galbraith hace treinta y cuatro años como parte de su conocida obra “La era de la incertidumbre” (p. 164). El economista estadounidense de origen canadiense, se lamentaba de que 2500 años después de que el historiador Heródoto dejara constancia de la existencia del dinero en Asia Menor, aún había mucho que aprender en lo tocante al manejo del dinero. Treinta y cuatro años más tarde, parece que aún sabemos menos.

La utilidad del dinero, del papel moneda como lo conocemos hoy día, está basada en la convicción, en la confianza general de que su valor facial, lo que cada billete o cada moneda dice que vale, verdaderamente lo vale.

Pero si reparan un momento en la minúscula literatura impresa en cada billete, comprobarán que hace muchos años que desapareció aquella leyenda de decía “El Gobernador del banco de España pagará al poseedor de este billete, la cantidad de 1000, 500 o 100 pesetas”. Esa leyenda no ha sido sustituida por ninguna otra similar en la que el presidente del BCE se comprometa a darnos tantos euros como dice valer el billete que aún tenemos en la cartera entre almanaques, estampitas y tickets de compra.

Lo de los almanaques en las carteras es otro signo de economía fingida. Recuerdo una anécdota que me contó Manolo Carrión cuando en mitad de la Vega de Carmona se encontró con Florencio Pastor y uno de ellos tuvo que echar mano de la cartera para buscar algo. Al verla tan abultada, le dijo, amigo, la cosa está bien de dineros, a lo que le contestó, no te equivoques. De lo que está llena es de almanaques.

En definitiva, el valor del dinero, su aceptación como medio general de pagos, como unidad de cuenta y como depósito de valor, está basado en la confianza.

Sobre esa confianza se ha desarrollado el sistema financiero mundial que ha permitido a las economías pasar de una economía de trueque a una economía de mercado y ha permitido la expansión de la industria financiera que pone en contacto a los ahorradores con los que necesitan pedir prestado.

En rigor, el sistema financiero ha permitido que las sociedades desalojen la usura de las prácticas mercantiles y comerciales.

Probablemente muchos de Vds. Habrán leído “La catedral del mar” de Ildefonso Falcones. Consulten Vds la página 381 y encontrarán que el tipo de interés habitual que los cambistas cobraban a los mercaderes era del 25 por ciento. Un tipo de interés que se ocultaba en el tipo de cambio de las monedas porque la práctica de la usura estaba prohibida. Es más, lo estaba cobrar cualquier interés por un préstamo.

Esto no quita que al ser humano siempre le parezcan abusivos los intereses que les cobra el banco. Porque en el fondo, nos molesta enormemente, tener que pedir prestado dinero y pagar por ello. Especialmente nos repugna que ganen dinero a nuestra costa aquellos a quienes les sobra, incluso que lo ganen cuando además de llevar a la quiebra al banco, reciben bonus millonarios por su ruinosa gestión.

En definitiva, tenemos hoy una economía mundializada (que no es lo mismo que globalizada porque hay innumerables países al margen de ella), una economía mundializada cuyo crecimiento ha sido posible por la aplicación de las nuevas tecnologías no sólo a la producción y al comercio, sino también a las transacciones financieras.

Pero no olvidemos que las transacciones financieras, el uso del dinero como medio general de pagos, está basado en la confianza; en que todos confiemos en que nuestros billetes valen lo que dicen valer.

Precisamente por ello, cada vez que se ha producido una crisis de confianza, los gobernantes han intentado arbitrar las medidas para evitar que en el futuro se reprodujeran.

La industria financiera tiene una particularidad respecto del resto de las industrias y es la siguiente. Cuando alguna empresa de cualquier industria, quiebra, sus competidoras normalmente se alegran e intentan apropiarse de la cartera de clientes que queda huérfana. En cambio, cuando es un banco el que quiebra, el resto se echa a temblar ante el riesgo de contagio.

Ese temor es el que ahora se ha popularizado como riesgo sistémico y está asociado a las quiebras de las grandes corporaciones bancarias. En este punto, probablemente a todos se nos haya venido a la cabeza la caída de Lehman Brothers en septiembre de 2008. Pero es un error pensar que este fue el momento del estallido de la burbuja financiera.

El estallido hay que situarlo el 7 de agosto de 2007 cuando el banco francés BNP Paribas congeló tres de sus fondos de inversión.

En ese momento confluyeron como una maléfica alineación de malos augurios tres hechos que se habían ido gestando años antes.

1.- A nivel académico, desde los años 80 del siglo XX, se había impuesto la teoría de los mercados eficientes y la Hipótesis de las Expectativas Racionales en los mercados financieros. Dos teorías que se acabaron imponiendo entre los expertos. Ambas avalaban la desregulación de los mercados financieros.

Los economistas estaban convencidos de que había desaparecido la amenaza de riesgo sistémico y que por ello nada ocurriría si se permitían las fusiones entre la banca comercial y la banca de inversión, cosa prohibida desde la aprobación de la Ley Glass-Steagall impulsada por el presidente Roosevelt tras el crack de 1929.

Justo fue lo que se hizo para permitir la compra del Travellers group por parte del Citibank dando lugar a la gran corporación llamada desde entonces Citigroup, el banco más grande del mundo.

Lo que vino entonces fue la explosión del mercado de derivados a lomos de lo que ahora conocemos como el modelo de originar para distribuir que en el libro tiene explicado. En este mercado, cuyo volumen de negocio diario era elefantiásico, se comercializaron los activos tóxicos basados en las hipotecas subprimes y cuya naturaleza no entendían ni los empleados de banca que los vendían ni los ahorradores que ponían su dinero en ellos.

2.- La abundancia de liquidez en tres escenarios mundiales estratégicos.

2.1.- La cantidad de dinero acumulada en China y países emergentes fruto de sus balanzas comerciales superavitarias.

2.2.- La cantidad de dinero inyectada en EE.UU. por la FED tras el estallido de las empresas tecnológicas en 2000 y tras los atentados de las torres gemelas y el Pentágono el 11 de septiembre de 2001.

2.3.- La cantidad de dinero puesta en circulación por el BCE y el Banco de Japón para tratar de activar una economía que llevaba más de una década estancada.

3.- La burbuja inmobiliaria.

Cuando la burbuja inmobiliaria estalla, el mercado de papel en EE.UU. se secó.

La crisis que soportamos es una crisis de confianza sobre un sistema –el financiero- que se basa en la confianza, en la de creer que nuestros billetes valen lo que dicen y ese sistema es el que soporta la economía.

Si Vds. Me lo permiten ocurriría algo similar a lo que pasa cuando los controladores aéreos se ponen en huelga. Todos los vuelos se cancelan.

En el mundo que conocemos puede entrar cualquier industria en crisis y, probablemente, no habrá colapso económico.

Cuando en España entraron en crisis las industrias siderúrgica, metalúrgica, la textil o los astilleros, hubieron revueltas y luego paro aliviado con subsidios (por cierto, más caros que el subsidio agrario en Andalucía), pero no hubo colapso económico. Tampoco lo ha habido en ningún país cuando ha caído algún sector industrial. Sin embargo, cuando es el sistema financiero el que entra en crisis, toda la economía puede colapsar.

Ese colapso se ha producido porque la desregulación financiera y la no regulación del mercado de derivados ha traído consecuencias fatales para una economía cuya actividad productiva era el resultado de una riqueza fingida, una opulencia ficticia que traían los mercados inundados de crédito.

Sin embargo, no todas las economías se han visto golpeadas con la misma intensidad.

Dejando a un lado los países que hicieron trampas en sus cuentas, de los que se ocupa oportunamente el libro, la economía española ha visto el rostro más duro de cualquier crisis económica. Hoy, cinco millones de compatriotas quieren trabajar y no pueden.

Es hora de sacar lecciones de lo ocurrido y poner las bases de un sistema productivo sólido que sea capaz de soportar futuras embestidas de crisis venideras. Particularmente creo que esas bases deben asentarse sobre tres ejes estratégicos.

I.- El primero es la defensa del trabajo digno, la defensa del PAN.

Sólo tendremos empleo de calidad cuando tengamos formación de calidad.

Los mejores empleos, los más decisivos en cualquier organización industrial son los que mejor resisten las crisis porque también son los menos prescindibles.

Ningún sistema productivo con una excelente formación intelectual y profesional no conoce tasas de desempleo tan dramáticas como la española.

Además, los empleos ocupados por personas bien formadas, son los mejor remunerados.

Para alcanzar este reto, que ya lograron muchos países europeos, hay que conseguir que el sistema educativo deje de ser un escenario para la pugna política.

Hay que lograr también que nuestra juventud profese una honrada ambición en lo personal y en lo profesional.

La sociedad española no puede financiar con sus impuestos el pago de carreras universitarias a personas que luego ocupan de por vida un puesto de trabajo para el que bastaban estudios mucho más modestos.

Esto que técnicamente se denomina subempleo, alimenta la ficción de decir que tenemos una población universitaria extraordinariamente numerosa, callando después que un porcentaje considerable de esos estudiantes, jamás trabajará en aquello para lo que estudió.

II.- El segundo eje estratégico para abandonar de una vez la economía fingida para lograr una economía sólida que permita el digno desarrollo personal y profesional de quienes integramos la sociedad, es la JUSTICIA.

Una sociedad justa en sus leyes y en su aplicación, relega la corrupción al último lugar del menosprecio e impide el abuso de poder político en una sociedad que más que ocupada, vive asfixiada por el poder político.

Un poder político que desarrolla sofisticadas maneras de ingeniería social, que se arroga para sí el papel de formador de conciencias, es el mismo poder político que aún sigue dividiendo en sus libros de texto a la sociedad en clases económicas inexistentes, a las que enfrenta de manera irreconciliable en las mentes de las generaciones futuras con divisiones dicotómicas burdas entre capitalistas y explotados, entre empresarios sanguinarios y trabajadores explotados.

Una simple mirada hacia los paraísos fiscales donde alojan sus fortunas muchos de los padres intelectuales de este discurso frentista, basta para impugnar tal manipulación.

Si la sociedad, los ciudadanos seguimos percibiendo que la corrupción y el sectarismo impera en los poderes del Estado, que nos e espere nunca ni acabar con el fraude fiscal ni con la economía sumergida, cuya magnitud queda bien retratada en el libro.

Defraudar a Hacienda o participar de la economía sumergida son mecanismos de compensación social que el contribuyente ejercita cuando se siente víctima de abusos fiscales, de concursos públicos que siempre ganan los amigos del poder en lugar de quienes presentan la mejor oferta, de un maltrato como usuario de servicios públicos o cuando contempla estupefacto cómo un cambio de gobierno en un ayuntamiento, diputación o región española, descubre que las facturas pendientes de pago duplican o triplican la deuda reconocida y todo ello ocurre con la más absoluta y grosera impunidad de quien es desalojado del poder. Y eso si los ciudadanos tenemos la suerte de que los recién llegados lo cuentan porque, a veces, ni siquiera nos enteramos.

Sin moral pública es difícil pedir al contribuyente, moral privada.

III.- El tercer y último eje estratégico para salir de esta en la que nos encontramos es el reforzamiento de la Nación.

Una sociedad democrática tiene derecho a revisar periódicamente su modelo de Estado y el nuestro es extraordinariamente caro.

Hemos replicado diecisiete veces el estado nacional a escala regional.

Con frecuencia nos encontramos con estructuras administrativas triplicadas; defensor del pueblo español, defensor de pueblo andaluz, defensor del ciudadano en el Ayuntamiento de Sevilla … Todo sale del mismos bolsillo; del bolsillo del contribuyente.

La Nación es la que nos iguala a todos en derechos; con ella desaparecen los privilegios de clase o de territorio y en ella, junto con la familia, se encierra lo que aún queda de solidaridad.

A lomos de esta Nación hemos superado enfrentamientos fraticidas, legado a la cultura universal contribuciones magníficas, inventos que contribuyeron decisivamente al progreso tecnológico y humano. Hoy compartimos con millones de semejantes una de nuestras lenguas y, en lo más reciente, hemos levantado entre todos, un sistema de protección social y sanitario que debemos preservar para nuestros hijos.

Desde esta Nación, debemos proyectarnos aún más al exterior.

La crisis que soportamos no es una crisis global. Países como China, Brasil, Rusia, India, Sudáfrica, Argentina o Perú, están creciendo a un fuerte ritmo. Ahí está parte del camino de la recuperación.

Pero poco éxito tendremos si de una sociedad a la que se ha adormecido en el igualitarismo que diseñan quienes luego envían a sus hijos a colegios exclusivos con el dinero de nuestros impuestos, poco éxito tendremos, digo, si esta sociedad luego espera que surjan emprendedores para abrir mercados en el extranjero si el sistema educativo no reconoce el esfuerzo y el mérito como valor central del mismo.

Somos una gran Nación, capaz de sobreponerse a reveses históricos, que cuenta con sectores productivos competitivos y muchos otros que habrán de ganar competitividad si quiere sobrevivir, contamos con una juventud que tendrá que ganarse la prosperidad, probablemente trabajando lejos de su casa, como muchos españoles lo hicieron en otros momentos, pero esta juventud lo hará con la misma dignidad y redaños con la que sacan sus estudios.

Hay que desalojar la sensación de abatimiento pero debemos hacerlo sin sucumbir a los cantos de sirena de quienes nos adormecieron con préstamos abundantes sin contarnos que luego había que pagarlos. Que no había almuerzos gratis.

Construyamos una economía sólida y justa, y dejemos que la Economía Fingida sea sólo el título de este libro.

Muchas gracias.

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One thought on “La economía fingida de José Manuel Cansino

  1. Anónimo

    No se me borra del recuerdo el silencio impresionante de la sala ante las palabras del profesor y las caras de asombro de los miembros de la mesa. La solución está en la vuelta a los valores del respeto al trabajo, a la justicia y a la nación.

    Euleón

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