Pregón de Navidad 2011 de Julio Cuesta

Aunque reconozco el enorme cariño que le tengo al autor de estas maravillosas palabras, mi condición de editora me hace separar el afecto de la mirada crítica. Por eso, cuando Julio me contó por encima como había enfocado su pregón, me entusiasmé y me prometí que no me lo perdería por nada en el mundo. Y anoche, 12 de diciembre, tarde como suelo llegar siempre, me senté en el salón de actos de la Fundación Cajasol a escucharlo. Pero Julio me había mentido, ay los amigos, era mucho mejor de lo que me había contado. Coincidimos Gregorio Serrano y yo en que esto no es un pregón, es mucho más, es una meditación, un ensayo sociológico, una brecha en nuestras conciencias…

Julio, mi querido Julio, esto es lo que necesitamos escuchar. Gracias por dejarte robar para este blog.

En un alarde de generosidad, y de cierto amor por el riesgo, la Asociación de Belenistas de Sevilla ha tenido a bien en invitarme a exaltar la Navidad, a pregonar la Navidad, precisamente en la ciudad de los pregones, en la que cada sevillano guarda su propio pregón íntimamente, como forma sincera, sin duda, de exaltar, de echar hacia afuera, o sencillamente de ventilar los sentimientos, muchas veces indescriptibles, que en su alma produce la vida en esta ciudad nuestra de los sentidos.
Todos tenemos nuestro canto íntimo de la Navidad, ese que nos emociona en silencio cuando afloran los sentimientos, cuando se reviven en el corazón los recuerdos de los que nos precedieron y cuando ensanchan nuestra alma la ilusión y la esperanza de volver a revivir las mismas emociones y el mismo estremecimiento con los que, a lo largo de nuestra vida, las nuevas familias que se forman, los hijos que nacen y los nuevos amigos, llegan ampliando casi hasta la eternidad del recuerdo nuestra cadena de emociones, de cariño y de humanidad.
Cumple la Asociación de Belenistas de Sevilla con una importante labor de realce a la celebración del Nacimiento de Jesús, difundiendo las bondades de nuestras mejores tradiciones navideñas. Es encomiable el papel que desempeña la Asociación ante el asalto de los nuevos tiempos que intentan, apoyados fundamentalmente en el comercio y en la vistosidad de sus símbolos, homogeneizar, igualar las costumbres navideñas, convirtiéndolas en globales y elevándolas por encima del propio hecho cristiano para convertirlas en una especie de denominador común, no de la noche más larga, sino de la Navidad precisamente, tanto desde la fe como desde la incredulidad.
No saben, sin embargo, que Dios hecho hombre vino a manifestarse en el más preciso de los múltiples símbolos del tiempo, en el día del año en el que se sale de la noche más larga, el solsticio, siendo la noche precisamente la alegoría más rotunda y el significado más trascendente de la noche de los tiempos, de los tiempos remotos e imprecisos en los que el ser humano vagó, perdido y desorientado, sin saber siquiera quién era, ni adónde iba o a qué debía su propia existencia.
Es, por tanto, digno del mayor elogio que un grupo de sevillanos dediquen tantos esfuerzos para realzar los símbolos, el significado y los modos de hacer presente en nuestros días el hecho del Nacimiento de Jesús de Nazaret, de Jesucristo, es decir, el comienzo de la gran campaña de dignidad, redención y salvación para el ser humano que empieza en Nazaret, y salta como gran proclamación en Belén de Judá, en el humilde y sencillo portal de Belén, en una conjunción de coros de ángeles, reyes y pastores, que durante veinte siglos ya son emblema y protagonistas del mensaje y de la proclamación de la dignidad y la grandeza del ser humano, y de la redención de la humanidad desde la noche perdida e imprecisa de los tiempos. Y no hay más remedio que acordar con don José Ortega y Gasset, el filósofo español, cuando escribía que “Si Dios se ha hecho hombre, ser hombre es la cosa más grande que se pueda ser”. Esta es la clave de la Navidad. Ay, pero el hombre no lo sabía!
Encomiable es, pues, vuestra labor, queridos amigos del Belén, y quiero públicamente reconocéroslo, y agradecer y aplaudir vuestro trabajo y vuestro testimonio. Muchísimas gracias.

Pero heme aquí, comprometido con ustedes, para ser yo el que haga con mis palabras lo que vosotros hacéis con vuestro testimonio y con vuestra dedicación a representar el misterio de Belén, y lo que Luis Álvarez Duarte ha hecho con su precioso cuadro, cartel que anuncia del modo más entrañable y sevillano la Navidad que todos queremos vivir: la de la contemplación y la del recuerdo.
Comprenderán ustedes, amigos míos, que compartir la exaltación navideña con Luis, el gran imaginero/pintor/padre y médico de cabecera de nuestras mejores devociones, que se halla entre los grandes nombres de nuestra Semana Santa, es un alto honor y mayor orgullo. Lo hago, mediante mi querido amigo Juan José Morillas, presidente de la Asociación, a quien agradezco de corazón sus cariñosas palabras, fruto, sin duda, del mismo afecto que yo mismo le profeso, sobre todo para compartir reflexiones y sentimientos sobre la Navidad, las Pascuas, un tiempo del año que es a la vez íntimo y exultante, piadoso y festivo, reflexivo y generoso, espiritual y mundano, en definitiva. Un tiempo del año en el que, por esas mismas características y actitudes, nos permite, nos obliga a ser lo que somos, más humanos, más partícipes de una sola familia, la familia de la humanidad entera.
Es por ello que, en estas fechas que corren, todos nos manifestamos colectiva y personalmente con fórmulas expresivas, como en ninguna otra época del año. Desde el exorno de nuestras calles y tiendas, de nuestros hogares, del Belén, del árbol de Navidad, de las luces de colores, de lo natural y lo artificial, a la vivencia familiar, al sabor y olor de nuestras cocinas, de nuestras mesas y a la expresividad de nuestras felicitaciones, todo es especial y únicamente emotivo y expresivo de unos sentimientos que afloran en los corazones de todos los hombres de buena voluntad donde quiera que estén. En definitiva, un tiempo del año, el único, en el que ser humano se siente parte de una sola familia.
El fondo de todo, sin duda, con fe o sin ella, es que comienza el tiempo del año que para el mundo de cultura cristiana marca el fin de un año de peregrinación por la vida y el comienzo de una nueva andadura para todo el año. Es tiempo, pues, de intimidad, de nostalgia, de análisis y de solidaridad, por una parte, y de alegría y esperanza, por otra.
Y nada me gustaría más, en saliendo de este trance en el que me he visto sorpresivamente comprometido, que haber logrado hacer coincidir mis sentimientos con los de todos ustedes que me acompañan y que tan amablemente se exponen a un pregonero ocasional, nada experimentado, que nunca pensó verse en estas lides.
Mas si de algo me precio, es por haber dedicado muchos años de mi vida a difundir y a compartir, y, cuando me he sido posible, vender a buen precio las grandezas de nuestra ciudad, sus oportunidades, sus grandes acontecimientos, convencido de que tenemos un regalo de Dios en la suerte de haber nacido o vivido en una ciudad con tanto atractivo natural y espiritual, humano y material, en cuya confluencia está la joya sentimental que todos llevamos en nuestro pecho: Sevilla.
La Navidad en Sevilla, sí, es un sentimiento pero sobre todo no le falta razón.

Al fin, el Hombre tiene Derechos

Pudo haber sido en Nueva York una Nochebuena, como dice la canción tan conocida y que todos podríamos tararear, pero fue casualmente en Paris, un día muy próximo a la Nochebuena, tal día como anteayer. Hace 63 años.
Tres años antes, en 1945, en la ciudad de San Francisco, en California, en los inicios de una nueva era de relaciones entre los pueblos, tras la guerra más cruel, más dramática, más dañina y más inhumana que hubiera sufrido la Humanidad, se constituyen las Naciones Unidas. Era ya en un segundo intento de conciliar a los pueblos consigo mismos, puesto que fracasó el primer asalto con la Sociedad de Naciones en 1917.
El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas, aprobó y proclamó la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. En este acto histórico, de gran trascendencia para la Humanidad, la Asamblea pidió a todos los países miembros que publicaran el texto de la Declaración y dispusieran que fuera distribuido, expuesto y comentado en las escuelas y otros establecimientos de enseñanza sin distinción de países y territorios.
En su Preámbulo, la Declaración, considera que “la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana.
Que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad, y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias.”
Considera también esencial promover el desarrollo de relaciones amistosas entre las naciones; y que los pueblos de las Naciones Unidas han reafirmado en la Carta su fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana.
La Declaración Universal de Derechos Humanos fue el primer reconocimiento internacional, lo más internacional que podía ser en esos momentos, de que todos los seres humanos tienen derechos y libertades fundamentales.
Existen más de 360 versiones de la Declaración en igual número de idiomas –algo como el 10% de las más de 3000 traducciones y versiones de la Biblia y de los Evangelios– para ayudar a que todas las personas en todo el mundo conozcan sus derechos humanos, es decir su dignidad como seres hechos a imagen y semejanza de Dios. E insisto en la expresión de Ortega: “Si Dios se ha hecho hombre, ser hombre es la cosa más grande que se puede ser”.
Permítanme que insista: Hace sólo 63 años que la Humanidad, el conjunto de los países y de los pueblos, casi nada más constituirse como tal en las Naciones Unidas, da un primer paso hacia el reconocimiento de la dignidad del ser humano, como poseedor de valores inviolables, amparados por la justicia, la libertad, la igualdad, y por tanto la solidaridad, la paz y la amistad entre las personas y los pueblos.
Cierto que la Humanidad traía desde su origen esa asignatura pendiente, y había habido otros intentos de redención del ser humano mediante el reconocimiento de su dignidad. Entre otros intentos, la Revolución Francesa, a fines del siglo XVIII, vino a proclamar Libertad, Igualdad y Fraternidad para el pueblo en un loable intento de redimir al ser humano de la opresión, la opresión de sí mismo.
El credo marxista, en su manifiesto, también representa, con grandes inspiraciones cristianas, un intento de liberación del ser humano de la opresión de su propio sistema, es decir, de sí mismo. Y en mucho el marxismo se amparó en el cristianismo.

Todo comenzó en Nazaret

Pero, señoras y señores, todo esto, al fin, la Proclamación de los Derechos del Hombre, comenzó aquella tarde en Nazaret. Todo fue entre un Ángel y una muchacha, de solo 14 años. El Ángel era Gabriel. La muchacha se llamaba María, y los dos estaban desconcertados. María porque no acababa de comprender lo que estaba ocurriendo. El Ángel porque comprendía muy bien que estaban forzando, abriendo, los quicios de la puerta de la Historia, entre ellos dos, cuyas consecuencias no se atrevería a imaginar.
“No temas, María. Has hallado gracia delante de Dios, vas a concebir en tu seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.”(Lc. 1)
Y nueve meses más tarde, en el capítulo inevitable, el Ángel, el mensajero, el enviado, anuncia,
“a los pastores que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el Ángel del Señor, la gloria del Señor los envolvió en su luz y se llenaron de temor. El Ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.” (Lc. 2)
Y, de pronto, se juntó con el Ángel una multitud del ejército celestial que alababa a Dios diciendo:
«Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace.»
Una multitud de ángeles que glorificaban a Dios, que les hacía conocer que el hombre merece la paz, como fruto irrenunciable de su dignidad. Viene Dios a través del Niño de Belén, su Hijo, a redimir de la miseria de su propia desconsideración, de la opresión de sus propios errores y de su propio desconocimiento, de la falta de libertad, a la criatura humana, al creado a imagen y semejanza de Él mismo, de Dios. No pudo ser sino el Hijo de Dios, Dios hecho hombre, el que viniera a descubrirle la grandeza de su estirpe, de su origen, y, en consecuencia, la oportunidad y la obligación de su propia salvación, que no es otra que estar a la altura de su grandeza como Hijo, como criatura del Altísimo.
Esta Asamblea de Ángeles, de pastores, de reyes, revoloteando en Belén, junto al portal, el cobertizo o la cueva, se produce veinte siglos antes de la Asamblea de las Naciones Unidas que hemos relatado. Pero los tiempos de la Historia son los que son, tiempos de Dios.
Ha merecido la pena, la pena de veinte siglos en los que el ser humano, desposeído por los poderes terrenales de cualquier valor, ha estado a merced nada más ni nada menos que calara el Evangelio, un Evangelio cabezón e insistente, con el plan de dignidad y salvación del ser humano que viene nuestro Niño de Belén a anunciar con su nacimiento, con su vida, con su muerte y con su resurrección.
Ante esto, ¿puede el cristiano avergonzarse de algo, refugiarse en el respeto humano de su fe, de sus creencias en ese programa de dignidad y salvación que representa la llegada de Jesús? ¿Y que su credo es anquilosado, ñoño y beato?
¿Habrá hoy algo más políticamente correcto que ser defensor y paladín de los derechos humanos?
¿Puede ser, pues, incorrecto, que el cristiano haga ver su fe y su compromiso con la grandeza del ser humano, de la vida humana, de la fraternidad y solidaridad entre los pueblos?
¿Son estos solo valores, como ahora se dice, laicos, exclusivos de una sociedad civil convenientemente zarandeada al son de la política?
La Navidad, la conmemoración del Nacimiento de Jesús, viene pues a hacer patente tal compromiso, a recordar que corren los tiempos y que el mensaje permanece intactamente válido. Esa es la herencia espiritual que el cristiano ha mantenido erre que erre, contra todas las adversidades de veinte siglos de la más difícil historia, en defensa de que el hombre desde su propia condición humana, física, y hasta su grandeza espiritual vienen a ser salvados por quien únicamente es superior a él, por el Señor de los Pueblos, por Dios.
En esta celebración global, de crédulos e incrédulos, con luces de colores en los rincones más íntimos y espirituales, o en los lugares más frívolos o sórdidos de la Tierra; con Belenes, con abetos nevados hasta en el desierto, o con Reyes Magos adorando a Dios o con Santa Claus y Papa Noel bajando por las chimeneas o encaramados por los balcones; en el consumo desorbitado y en la austeridad de los conventos o los lugares más humildes, está en gran parte el mensaje de Belén. Christmas, la palabra inglesa, que denomina universalmente a la Navidad, significa precisamente “la Misa de Cristo”.

La Calenda de Navidad

Además, durante siglos, la comunidad cristiana, hasta perseguida y martirizada, muy consciente de la importancia histórica del hecho de que Dios se haga hombre para hacer patente con su vida el programa de salvación, ha venido proclamando, de manera solemne e insistente cada año, como una Declaración Universal, en la Calenda de Navidad, la buena noticia, el pregón constante de la Navidad.
Los datos cronológicos que figuran en la Calenda de Navidad asumen aquellos de la tradición judía y los del cristianismo primitivo. En los que se enmarca de forma resumida la historia de la Salvación: la Creación, el Diluvio, la Alianza con Abraham, la liberación por Moisés del pueblo elegido, la llamada de David, un humilde pastor, a la realeza de la que estará también investido el Mesías, su descendiente ya anunciado por el profeta Daniel. La Calenda de Navidad también menciona las principales fechas de la tradición civil romana: el cómputo de las Olimpiadas, la fundación de Roma y el reinado de Augusto, dado que Jesucristo, como Hombre, iba a ser súbdito del Imperio de Roma, el que iba a contribuir con la cultura clásica a la construcción de la civilización cristiana gracias a su conjunción con el Evangelio.
Este documento, pregón, además, está compuesto de una forma que nos da una visión de la Historia que culmina en Jesucristo como su centro y razón.
Y así se expresa en la edición de 1956 del Martirologio Romano:
“Habían pasado miles y miles de años desde que, al principio, Dios creó el cielo y la tierra.
Miles y miles de años, desde el momento en que
Dios quiso que apareciera en la tierra el hombre,
hecho a su imagen y semejanza, para que dominara las maravillas del mundo y, al contemplar la grandeza de la creación, alabara en todo momento al Creador.
Miles y miles de años, durante los cuales los pensamientos del hombre, inclinados siempre al mal, llenaron el mundo de pecado hasta tal punto que Dios decidió purificarlo,
con las aguas torrenciales del diluvio.
Hacía unos 2.000 años que Abraham, el padre de nuestra fe, obediente a la voz de Dios, se dirigió hacia una tierra desconocida para dar origen al pueblo elegido.
Hacía unos 1.250 años que Moisés hizo pasar a pie por el Mar Rojo a los hijos de Abraham, para que aquel pueblo, liberado de la esclavitud del Faraón, fuera imagen de la familia de los bautizados.
Hacía unos 1.000 años que David, un sencillo pastor que guardaba los rebaños de su padre Jesé, fue ungido por el profeta Samuel, como el gran rey de Israel.
Hacía unos 700 años que Israel, que había reincidido continuamente en las infidelidades de sus padres y por no hacer caso de los mensajeros que Dios le enviaba,
fue deportado por los caldeos a Babilonia; fue entonces, en medio de los sufrimientos del destierro, cuando aprendió a esperar un Salvador que lo librara de su esclavitud y a desear aquel Mesías que los profetas le habían anunciado y que había de instaurar un nuevo orden de paz y de justicia, de amor y de libertad.
Finalmente, durante la olimpiada 94, el año 752 de la fundación de Roma, el año 14 del reinado del emperador Augusto, cuando en el mundo entero reinaba una Paz universal, en Belén de Judá, pueblo humilde de Israel, ocupado entonces por los romanos, en un pesebre, porque no tenía sitio en la posada, de María virgen, esposa de José, de la casa y familia de David, nació Jesús, Dios eterno, Hijo del Eterno Padre, y hombre verdadero, llamado Mesías y Cristo, que es el Salvador que los hombres esperaban.
El es la Palabra que ilumina a todo hombre, por él fueron creadas al principio todas las cosas; él, que es el camino, la verdad y la vida, ha acampado, pues, entre nosotros”.

Belén

Belén, el portal de Belén, es el punto de partida de la salvación.
Precisamente por su trascendencia, es muy difícil explicar, y peor, comprender bien lo que significa Belén. Ante la historia de Dios que se hace niño en una cueva, en un portal, los que no tienen fe dicen que es una bella fábula, una preciosa leyenda. Pero, lo que es aun más serio, los creyentes también lo vivimos como si lo fuera. Por una parte, unos lo viven con incredulidad, y los otros, con toneladas de azúcar, decorados y colorines.
Lo es dentro de la gran ironía que representa: sencillo, pobre, frío, sólo, abandonado. Belén es la gran ironía de Dios: Que el mensaje, el programa de salvación de la humanidad—lo más grande que pudo jamás ocurrirle—suceda en medio del abandono, el desplazamiento, la soledad, la miseria de una cueva, es algo que, con la razón, no podría esperarse de Dios. Si Dios se ha manifestado en toda su grandeza en toda la Creación—hoy sabemos, por ejemplo, que puede haber otro planeta con agua, muy parecido a la Tierra, a 600 años luz de nosotros–, ¿cómo en su hermanamiento con el ser humano, a través de Jesús, se presenta de la manera tan pobre, mísera y abandonada como el nacimiento con todos los riesgos en una cueva de Belén?
En Belén mismo está la respuesta:
Ya, a pesar de las dificultades propias del embarazo, hasta había que ir a Belén, símbolo en sí mismo de la aventura vital de la humanidad.
Belén es el salto de Dios para acercarse a los hombres por el camino de sencillez. La propia basílica de Belén con la única puerta que da acceso al templo es todo un símbolo. Durante las Cruzadas era frecuente que soldados irrumpieran en el templo con sus caballos acometiendo a los fieles. Se tapió la gran puerta para impedirlo y quedó como única puerta un portillo de algo más de un metro de altura. Hoy hay que entrar por esa puerta, agachándose, empequeñeciéndose, aniñándose.
Todos, su Madre María su padre José, esperarían lo que estaba profetizado: El Mesías vendría rodeado de majestad. Tal vez un día vendrían los sacerdotes, celestemente iluminados, en la más solemne de las procesiones, para llevar a María al templo… Tal vez los ángeles vendrían cubriendo los cielos de luminosos anuncios con la majestad de Dios… Pero nada ocurría.
Todo era igual: aumentaba el peso del niño en el seno de María, las vecinas verían cada vez con más naturalidad a su vecina embarazada. Y seguro que María y José ya tendrían dispuesto todo para la llegada del Niño a la casa humilde de Nazaret. No había ninguna señal que indicara lo contrario.
Mas un día, ocurrió lo inesperado: De Roma llega la orden por la cual el emperador ordenaba un censo que obligaba a José a viajar hasta Belén, o quizás, fuera José solo a buscar trabajo, que en Nazaret estaba mal la cosa, y que Belén, más cercana a Jerusalén, la capital, podría ofrecer nuevas oportunidades. Y allá va la familia. Que María, en sus circunstancias, bien podía haberse negado, pero no. Formaron una unidad de sacrificio, de esfuerzo y de responsabilidad para arrostrar y afrontar las dificultades. ¿Cuáles no serían las muestras de apoyo y de ternura que José tendría con María durante un camino tan largo y un embarazo tan avanzado? ¿Cómo sería la comprensión de María, y su confianza en el ánimo que le inspiraba José?
Todos los que han pasado por ese trance, aun en circunstancias normales, saben de las dosis de ternura, de confianza y de apoyo que necesita una madre, y cómo ahí ya se construye la base emocional de la familia.
El camino de María y José hasta Belén es también una preciosa alegoría de la familia. Una bella estampa, ciertamente, que encierra, como todo lo bello y lo trascendente, y la familia lo es, el esfuerzo, la resignación y la altura de miras—Dios en el horizonte–, que supera todas las dificultades, que mueve montañas, y que convierte las vicisitudes en estímulos y en bálsamo de paz.
Tras más de 150 kms. llegaron a Belén, no encontraron posada o no quisieron dársela…
“Y se cumplieron los días de su parto, y dio a luz a su hijo primogénito y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre,” (Lc. 2)
María y José se mirarían y no comprenderían nada. ¿Era este niño el que había anunciado el Ángel y al que su pueblo había esperado durante siglos? No lo entendían. Lo adoraban, pero no lo entendían. ¿Era aquel niño el enviado para salvar al mundo? Dios todopoderoso, el niño desvalido e incapaz. El Mesías era la palabra, el niño ni hablaba. El Mesías era el camino, el niño ni andaba.
Su no saber hablar era la prueba de que se había hecho totalmente hombre, de que había aceptado toda la humanidad, tan pobre, tan débil y tan frágil, como es. El cielo se abrió y nos mostró que Dios no era tan solemne como se imaginaban. Dios era el colmo del amor.
Aquella noche comenzó el reinado de la sin razón, el imperio de la locura. Ya no era la grandeza, la riqueza, la ostentación, el dinero, la moneda divina, la medida de Dios. La pequeñez del niño, la pequeñez de Dios, venía a hacer grande al hombre. Venía, como ya hemos mencionado, con la dignidad y la salvación para el ser humano basadas en el amor, en su amor por la humanidad, por la sencillez, por la normalidad. La mejor manera de hacer una llamada a la buena voluntad del hombre, en cuya mano estaba su propia redención.
Ya ha nacido Dios a los hombres. Los pastores, maravillados, fueron corriendo a dar la noticia. Regresaron a Belén y contaban a la gente lo que habían visto y todos “se maravillaban”, como cuenta San Lucas. Pocos se enterarían; al fin, los pastores no contaban con tan buena fama como para ser creídos. Y Belén volvió a la rutina. Cuando Jesús comience su vida pública nadie se acordará de hechos extraordinarios ocurridos durante su nacimiento, hasta el punto que nadie le recordará por haber nacido en Belén, y le llamarán el “nazareno. Otra vez, la humildad, la ironía de Belén.

La mañana de Reyes

Es mañana de Reyes. O mañana de Navidad. Ya se han levantado los niños, con sus piececitos descalzos, saltando por los pasillos, en la algarabía de siempre, como lo hicimos nosotros, como lo hicieron nuestros mayores. Se vuelve a repetir el rito de la sorpresa, de la alegría, de la generosidad. Han confluido esta mañana de Reyes, o de Navidad, la ilusión del que recibe, y la aún mayor ilusión del que da. En el regalo, en la sorpresa, en la ilusión va gran parte del mensaje que nos sigue dejando la Navidad. El regalo, el juguete, es una prueba física, en prenda de un mayor regalo espiritual. El regalo es todo un símbolo de lo que mueve al que da y del bien para que el que lo recibe. Una metáfora de la propia Navidad, una metáfora de Belén, con unos Reyes y unos pastores arrodillados, con lo mejor que tenían para rendir tributo al que recibe.
Veámonos a nosotros mismos ayer. En la ilusión de aquellos años, de aquellas noches de Reyes, en la fantasía de un mundo tan ajeno pero que se nos hacía aquella noche tan real, tan de verdad. Aquella noche en la que las sombras de la lámpara en nuestras paredes eran la coronas de Melchor, y nuestras cortinas eran el vuelo de la capas de Gaspar y Baltasar, y la breve brisa de la calle, que movía la bombilla que en el centro la iluminaba era la señal cierta de que ya estaban allí las carrozas y los camellos, y los pajes y los Reyes.
Eran ilusiones, sueños, que se cumplían, y se hacían realidad; y otras había, como en la vida misma, que no podían ser, que tenían que permanecer en el cofre de nuestros sueños. Porque, es verdad, los Reyes no podían con tantos regalos. Exactamente como ocurrió con aquel Walkie-Talkie de una sencilla guita, que siempre esperé y nunca tuve, porque se quedó en el desvencijado escaparate de Navarrito en la esquina de mi calle.
Veámonos a nosotros mismos hoy. La ilusión, la imaginación para complacer al destinatario de nuestra generosidad, pensando en el otro, en fomentar su ilusión, y evitar el desencanto. Todo en un acto de fraternidad, de entrega, de dinero y de tiempo, de cariño, de amor, de encontrar el regalo, el juguete que no se vaya a agotar, el que vaya a causar más ilusión, el que dure más. Y todavía, la esperanza de ser correspondido, sorprendido, halagado, querido… al fin.
¿No hay en estos regalos de Navidad una bella metáfora de Belén? ¿No hay en la algarabía de estos días, del coro de campanilleros, del engalane de nuestras calles y de nuestros hogares, de nuestras cocinas y de nuestras mesas, de todos, movidos por la misma alegría, una bella alegoría del coro de los ángeles?
¿No estamos en cierta manera promoviendo la alegría y la realidad del mensaje de Belén?
¡No sintamos vergüenza de celebrar la Navidad!

Orgullo de la Navidad

Es tiempo, pues, de alegría. El cristiano, el cristiano de Sevilla, con esa alegría, aunque inconsciente, manifiesta su compromiso y su adhesión a lo que la Natividad del Señor significa hoy más que nunca.
Cuando la Humanidad se muestra más fraterna, más solidaria, más consciente de la necesidad, de la miseria, de la falta de justicia, de la violencia y de un trato digno para el ser humano, el cristiano, el belenista, en Navidad, está reafirmándose en su fe, en su convencimiento de que el mensaje de Jesucristo, el mensaje de Belén, el designio y la aspiración de dignidad del ser humano que nos trajo el Niño Jesús, viene calando, lentamente, sí, pero seguramente en la conciencia de los pueblos.
La Navidad, en su alegría y en su recogimiento, en su externalidad luminosa y en su exuberancia, pero también en la austeridad y en la llamada hacia el más débil, hacia la desigualdad, la violencia y la injusticia, es ya una llamada universal a los valores que proclama el mensaje de Belén.
Y es sorprendente: los signos y los estímulos externos que recibimos en estos días pascuales, que se acercan, son ya una llamada de atención a vivir la satisfacción de creer y compartir el mensaje de Jesucristo. Quiero decir que el cristiano debe encontrar en esos estímulos un reforzamiento de su fe y de su compromiso para que cada día el mensaje de Belén sea más ampliamente conocido, y cumplido. Entonces, podremos seguir admirando la alegría de las calles, las cabalgatas de los Reyes Magos, el bullicio de los niños saltando de ilusión en medio de una lluvia de dulces y de colores, incluso los regalos tendrán todo su sentido. Nuestro corazón estará limpio al habernos detenido ante la grandeza de la Navidad.
Y ¿por qué no? Tener el orgullo de pertenecer al pueblo de los elegidos, de los afortunados, al pueblo del Dios humilde y chiquito de Belén que conocen, viven y defienden su mensaje de amor, como lo ha hecho el pueblo cristiano en sus veinte siglos de caminar.
Vosotros mismos, los belenistas, en la recreación del misterio de Belén que hacéis en vuestros hogares, y llenáis tantos lugares de Sevilla con el mimo, con la imaginación, con la minuciosidad de vuestras composiciones, sois ya una parte del pueblo elegido que contempla y se detiene ante la sencillez de la Navidad. Sois parte de la Asamblea, cómplices del coro de los ángeles, que proclama la dignidad de lo sencillo, la grandeza de la humildad y el compromiso de Dios con los hombres.
Sois, pues, afortunados, porque tanto Jesús como su Madre, os tienen como pastores a su lado, y estoy seguro que os devuelven el abrazo, el cariño y la ternura con los que vosotros mismos los abrazáis en vuestras manos.
Gracias, Señor de Belén, por haberme permitido aproximarme a contar tus misterios.
¡Felices Pascuas¡

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