2580 escalones de Manuel Alejandro López

Gracias Ale, por esta delicia de texto, por la generosidad de permitir que dé lustre a estos zapatos con arena.

Tiberio Poncela tenía una manía: llevar el recuento de todos los escalones que había subido y bajado en su vida. No era una cuestión de broma, suponía para él una función vital más, igual que respiraba, dormía, comía, defecaba, copulaba y tosía, del mismo modo necesitaba contar escalones. La muerte no era más que el descanso definitivo de sus cuádriceps y gemelos mientras que la vida, la suya, se reducía al resultado obtenido de la resta entre escalones ascendidos y escalones descendidos. Cuanta mayor fuera la diferencia a favor de los subidos, más rica sería su vida. Le aterraba sin embargo que ese saldo final se presentara en negativo, con números rojos, eso sería una mala inversión. Porque Tiberio tenía una cosmogonía irrefutable –para él, claro-: descender era siempre malo y ascender equivalía a mejorar. Creía que cualquier lugar o situación a la que se llegaba tras bajar escalones era irremediablemente una tragedia, un retroceso, un restando en su particular operación existencial. Por el contrario asociaba lo bueno y fructífero con la subida de peldaños, incluso argumentaba concienzudamente que el esfuerzo y el dolor de piernas al subirlos constituían el sacrificio necesario para alcanzarlo. Ofrendas en ángulo recto. Subir, vivir; bajar, morir. Cuatro palabras bastaban a Tiberio para encerrar la vida.

            Anotaba en cuadernos todo lo que hacía y los escalones implicados en cada acción. Estas anotaciones resultaban innecesarias ya que recordaba a la perfección las situaciones con su número correspondiente de peldaños, ya fueran en positivo –ascenso- o en negativo –descenso-, así como el montante global acumulado tanto de uno como de otro signo. Tiberio se tenía como un hombre precavido y, aunque no le hicieran falta, no estaba dispuesto a que un alzhéimer prematuro o una amnesia tras un accidente le chafaran su recuento vital. Además había ideado un sistema de alta sofisticación, con normas y mecanismos que aseguraban su perfecto funcionamiento y eliminaba posibles errores que distorsionaran el balance final. Por ejemplo, cualquiera podría pensar que la mayoría de las veces el saldo tras una acción cotidiana siempre sería cero: si subes veinticuatro escalones para ver a una chica (acción vital positiva), y la cita acaba en pelea y ruptura de relación, lógicamente debes volver a descender esos veinticuatro escalones para alejarte de allí (acción vital negativa), con lo que el resultado de esta operación sería cero, ni buena ni mala. Pero Tiberio adjudicaba el signo de suma o resta en función del resultado final de la acción, es decir, si la cita salía bien, más veinticuatro escalones, y si la cosa acababa en naufragio sentimental, menos veinticuatro escalones. Estaba orgulloso porque había creado un sistema no solo cuantitativo sino cualitativo, basado en números y resultados vitales, que recontaba en definitiva escalones morales, como él los llamaba. Sus peldaños construían escaleras hacia el ideal del superhombre, era un Nietszche con piernas de ciclista escalador, o en versión judeocristiana, Tiberio era un nuevo mesías que anunciaba un evangelio, el evangelio según los escalones. No crean que pensaba estas cosas divertido y con cierto orgullo por ser peculiar, al contrario, sufría por esta especie de misión y revelación, se tomaba su visión de la existencia como algo muy serio, trascendental, metafísico, metaescalónico. Su manía era como las cinchas donde agarrar los pies de su ser en los meneos violentos de la tabla de windsurf de la existencia.

Aquel mediodía tenía una cita trascendental de negocios, porque no creamos que Tiberio se dedicaba exclusivamente a recontar escalones. Tenía una pequeña empresa propia de mantenimiento eléctrico que hasta ese momento le daba para vivir razonablemente bien. Por azares de la vida –según él, por ascensos de peldaños- fue recomendado por un cliente habitual a un amigo quien a su vez habló maravillas de él a un conocido. Esta cadena, no se sabe cómo, o mejor dicho, esta escalera, llegó hasta un directivo de una compañía que compaginaba este cargo con el de presidente de una fundación dedicada a las bellas artes. Su fundación iba a abrir espacios expositivos en varias ciudades del país y necesitaban una empresa que se dedicara al montaje eléctrico de todas esas salas. Trabajo para más de dos años y una remuneración acorde con la caja B de aquella fundación, tapadera que servía para que aquel directivo blanqueara enormes sumas de dinero. Y quien blanquea suele ser espléndido con los que le rodean. Eso pensaba Tiberio cuando llegó a los pies del rascacielos de la compañía. Tuvo que mirar tanto hacia arriba que por un momento creyó llegar a dar la vuelta hacia atrás. Preguntó al conserje por el despacho del Señor Pédicis y no pudo reprimir una amplia sonrisa cuando le indicó que estaba en la planta número ochenta y seis del edificio. Rápidamente lo convirtió en escalones con un signo más delante y lo tradujo a un éxito profesional seguro, ascender era triunfar. Trajeado y con su maletín de negocios, se apresuró decididamente hacia las escaleras de emergencia. Contó los escalones entre la planta baja a la primera: dos tramos de treinta escalones cada uno, es decir, sesenta escalones por planta. Con fruición y sin necesidad casi de pensar hizo la multiplicación: sesenta escalones por ochenta y seis son un total de dos mil quinientos ochenta escalones. Se frotó las manos al pensar que tendría tras la reunión casi tres mil escalones positivos a su favor. Así que sin pensarlo más comenzó a subir con paciencia y pausadamente los dos mil quinientos ochenta peldaños que le llevarían al mayor éxito de toda su vida. Era previsor, por eso había llegado al rascacielos con más de media hora de adelanto para poder degustar aquel banquete de escalones. Mientras ascendía se convencía de que su teoría de la vida era irrebatible, no tenía ninguna duda ya de que subir siempre equivalía a triunfar. Aquellos escalones que ahora pisaba con decisión le llevarían hacia una vida mejor y con más sentido.

Un sonido como a odre reventado y el collage en el suelo de las vísceras fue el último acto de Tiberio en esta vida. Algunos peatones comprobaron horrorizados que sus ropas estaban salpicadas por la sangre de aquella mancha de huesos y piel que antes de la brutal colisión había sido un hombre. Aquel puzzle humano desordenado era Tiberio tras una caída al vacío desde más de ciento setenta metros. Fue lanzado al vacío por dos sicarios que fueron sorprendidos mientras ahogaban con una bolsa de plástico al mecenas Pédicis. La mafia no llevaba bien que un directivo espabilado quisiera engañarla. Tiberio tuvo la mala suerte de llegar justo en el momento de convertirse en un testigo incómodo. Lástima que yaciera sobre el asfalto con la mandíbula destrozada por el impacto y no pudiera dar una explicación razonable sobre el error final de su teoría de los escalones. Porque fue asesinado con un saldo positivo a favor de su vida de dos mil quinientos ochenta escalones. No tuvo en cuenta que se puede descender hasta el abismo de la nada sin pisar ni un solo escalón, de golpe.

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2 comentarios en “2580 escalones de Manuel Alejandro López

  1. Acabo de llegar del canalleo del relente y me encuentro de bruces con un relato tan impactante como el propio deambular de la vida. Un beso, Rosa mía.

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