Y en la selva había una puerta

Y en la selva había una puerta entreabierta, por donde se podía adivina una luz tenue. Una luz de ésas de las que dudas que lleguen a iluminar camino alguno. De ésas a las que la timidez les dibuja un velo de opacidad y desaprenden los besos. Yo empujé decidida la puerta con esa decisión que exhibimos los locos que contamos caracolas como abrazos. Y allí estaba él. Rugiendo. Recordándome que uno nunca se desenamora de un océano.

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14 thoughts on “Y en la selva había una puerta

  1. Anónimo

    De locura nada, Rosa… eso es una lucidez extrema, lucidez de espuma y salitre… los locos son los demás, los que no saben abrir esa puerta y se quedan para siempre en la selva…

  2. Ale

    Quien moja en él sus pies sella un pacto de sal para siempre… su olor y su sabor se te meten en la sangre y ya eres suyo para siempre… por eso es imposible desenamorarse de él y cuando estás lejos sientes latirlo dentro, como si fueras una gota suya que busca su inmensidad…

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