La primera vez

La primera vez que cruzó una palabra con Santiago, pensó que era un joven prepotente. Acababa de incorporarse a la plantilla y había sido contratado para efectuar el cambio del programa informático del departamento de administración donde ella era secretaria del director. Santiago iba de despacho en despacho, explicando a todos como debían manejar el programa. Lo había visto deambular por los pasillos de las oficinas con una lata de refresco en la mano que iba apoyando despreocupandamente encima de cualquier torre de documentos, en cualquier mesa. Y aquella mañana le tocaba a ella.

Lo primero que le molestó de él fue que entrara sin llamar. El ruido de la puerta de su despacho y la entrada de aquel joven en vaqueros, con una camiseta negra y con una barba un poco desaliñada, le había sobresaltado.

-¿Es que no sabes llamar? –gruñó.

-Sí –contestó él divertido.

-Entonces, ¿por qué no llamas a la puerta? Hasta mi hijo pequeño sabe que hay que llamar antes. ¿No te enseñó tu madre a llamar antes de entrar los sitios?

-No, sólo me enseñó a no mezclarme con gente desagradable –contestó Santiago, y cerró la puerta tras de sí.

Ella se quedó de una pieza. Quizás se había pasado de lista. Y al fin y al cabo, aquel no era un despacho privado, sólo era la antesala del despacho del director. Y aquel chico era el informático, o por lo menos eso le habían dicho las compañeras en el cuarto de la fotocopiadora. Se levantó y abrió la puerta para buscarlo. Detrás de la puerta encontró a Santiago con el puño levantado, dispuesto a llamar a la puerta.

-Y ahora ¿qué? ¿Vas a golpearme? –gritó ella.

-Oye ¿Por qué no te relajas un poco? Iba a hacer lo que me habías dicho. Iba a llamar a la puerta. Pero por lo visto contigo no se acierta nunca. ¿Has probado el prozac? Relaja mucho y es para todas las edades.

Ella hizo un gesto de desagrado y no contestó. Simplemente se apartó y dejo que entrara. Pasaron casi toda la mañana juntos en el despacho. Santiago explicándole y ella no atendiendo demasiado. Y por si fuera poco, el teléfono no dejaba de sonar. Llamadas que no podía dejar de atender. Cuando pasaron dos horas y Santiago comprendió que aquello no podía llegar a buen término, le preguntó:

-Oye, si te parece vengo cuando no tengas tanto curro. Puedo esperar a que termines el trabajo y si me dedicas una media hora, te lo explico todo.

Estuvo a punto de decirle que ni pensarlo, pero accedió más por dejadez que por interés. Cuando llegó la hora de marcharse y estaba poniéndose el abrigo, escuchó a su espalda.

-Tenemos una cita ¿No te acuerdas? O es que pensabas escaparte de mí…

Aquello le hizo gracia y comenzó a reír.

-Vaya, no sé por qué estás de tan mal humor siempre. Cuando te ríes estás preciosa.

-Siempre no estoy de mal humor. Sólo a veces… –contestó ella– no me conoces lo suficiente para decir eso.

-Pues a lo mejor es que debo conocerte bien. Si me das una oportunidad…

-Vaya hace un rato era una vieja que tenía que tomar prozac para relajarme y ahora quieres conocerme mejor. Eres muy indeciso –coqueteó ella.

-Creo que lo mejor será que firmemos la paz con unas cervezas en el bar de abajo. Y mañana te explico bien todo lo que no entiendas.

Ella dudó un momento, pero terminó aceptando. No sabía por qué… pero aquel joven le empezaba a gustar. Hacía tiempo que nadie la miraba así. Bueno, la verdad es que Jorge nunca la había mirado así. Las miradas de su marido eran de otro color. De un color más gris, más suave. Santiago, cuando le hablaba, la recorría con la mirada. Desde los ojos hasta los pies. Casi podía notar como sus ojos presionaban por debajo de la ropa. Y eso le hacía sentir bien, muy bien.

Desde el bar, llamó a Jorge para que recogiera a los niños del colegio. No se paró a pensar que excusa le daría. No importaba. Cualquier motivo absurdo era suficiente para su marido que no necesitaba más explicaciones. La llamada la hizo desde la barra, delante de Santiago. Mentía mirando directamente a los ojos de aquel joven que acababa de conocer. Y aquella complicidad en la mentira a su marido, hizo que Santiago se decidiera y la invitara a tomar un café en su casa. Irían en su coche.

Sentada en aquel viejo coche, lleno de papeles y con el cenicero a rebosar, se sentía heroína de su propia historia. Sabía muy bien donde iba. Lo sabía perfectamente, pero no se sentía mal. Ni siquiera un poco culpable. Ella no le estaba siendo infiel a Jorge. Simplemente estaba dejándose deslizar por el hueco que su marido había ayudado a construir. Sólo eso. No había motivos para no sentirse feliz.

Santiago, miraba atento las aceras de aquellas calles, para ver si encontraba una farmacia abierta.

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