Oliva (divertimiento literario por no darle bocaos a las esquinas)

Jorge pisó el acelerador cuando vio que el semáforo se ponía en ámbar. A su lado Oliva lo recriminó con una mirada y prosiguió la conversación al teléfono móvil.

-Isabel, por favor, no seas insensible. Pues claro que creo que la tía Mar es la única familia que nos queda. Y tú deberías creer lo mismo. Todo pasó hace tantos años que es ridículo que ahora te niegues a venir.

-Dile que estamos a tiempo de recogerla de su casa, aún no nos hemos desviado hacia la autopista –interrumpió Jorge.

-¿Le has oído? Podemos estar ahí en unos veinte minutos.-

Oliva abrochaba y desabrochaba el botón de la camisa nerviosamente. Una manía que desde pequeña tenía. Y mientras más nerviosa estaba, más rápido lo hacía. Al otro lado del teléfono su hermana se negaba a acompañarle al mal trago de hacerse cargo del cuerpo de su tía.

Isabel, por favor… –la voz de Oliva se quebró en la súplica– bueno, está bien haz lo que quieras –y colgó.

-¿Qué te ha dicho? –le preguntó Jorge.

-Que no me promete nada. Que quizás vaya o que quizás no vaya. O sea, nada. Dice que le parece una hipocresía aparecer en el hospital como si nada hubiera ocurrido. Como si hubiéramos tenido una relación cordial con la tía invariablemente -contestó mientras guardaba el teléfono en el bolso– Es la historia de mi vida. Siempre suplicándole a Isabel y ella lanzándome evasivas. Siempre estoy sola para estas situaciones.

-Bueno, cariño, no te disgustes. Además no estás sola. Estoy yo ¿no?

-Claro Jorge, lo siento.

Oliva miró a su marido con una sonrisa triste. Allí estaba al volante, tan ausente de toda esta historia como de todas. Sus gafas un poco caídas sobre la nariz y el pelo un poco alborotado por atrás. Recordó cómo le había atraído aquel aspecto de genio despistado en la facultad.

Jorge cursaba cuarto de Sicología y ella estaba a punto de abandonar el segundo curso y ponerse a trabajar en unas oficinas. Ya había abandonado anteriormente la carrera de Derecho. Era una época de búsquedas constantes. Nada le satisfacía, sentía como se le escapaban las riendas de su vida. Su madre le recriminaba su falta de interés. Y se pasaba el día presionándole para que dejara de estudiar y se pusiera a trabajar. A ella no le gustaba la universidad, pero tenía miedo a los cambios y todo aquello le superaba.

Y en medio de aquel caos, apareció Jorge. Con sus ideales, sus ilusiones un poco infantiles, y Oliva se dejó llevar. Era fácil, sólo había que dejar de hacer presión sobre el suelo, y la vida le llevaría al lugar exacto de su salvación. La historia se repetía. Ella también buscaba respuesta, alguien que tomara las decisiones por ella y lo encontró. Pero se equivocó.

Cuando Jorge le ofreció todas las respuestas que buscaba, Oliva se cansó. Y después de unos años ya no tenía nada que pedirle, y mucho que ofrecer. Pero no a Jorge. A Santiago. Un compañero de trabajo, más joven que ella y que a pesar de tener una novia con la que estaba a punto de casarse, la recibía en su apartamento todos los miércoles al mediodía, desde hacía casi un año. Ella acudía escudada por la excusa de unas clases de pilates. No importaba, Jorge hubiera creído cualquier cosa. Tampoco le importaba a ella, si le creyera o no.

En el ascensor, a las cuatro y media, a medio vestir y con el cuerpo aún caliente y húmedo de Santiago, Oliva no se sentía culpable. Sólo sentía desamparo y soledad. Y unas ganas terribles de que siempre fuera miércoles al mediodía.

-¿Estás bien? –Jorge le devolvió a la realidad.

Oliva contestó con un gesto. Se arrepentía de haber accedido a que le acompañara. Todo lo relativo a la tía Mar le ponía triste, y Jorge no sabía encajar sus tristezas. Nunca comprendió aquellos accesos de melancolía que de vez en cuando le inundaban. Por eso, ella terminó mintiéndole diciéndole que eran jaquecas, así se ahorraba las molestas explicaciones. Y él se limitaba a traerle un vaso de agua con limón y dejarla sola.

Por un momento sintió lástima de su marido y le acarició la nuca. Fue una caricia leve, casi imperceptible. Jorge le devolvió la caricia con un pequeño pellizco en la cara. Pero a pesar de aquel gesto de tranquilidad, Oliva sentía la misma frustración de siempre. Y recordó que al igual que su madre, siempre le tocaba desenvolver todos los entuertos. Puede que aquello fuera la maldición de las primogénitas de su familia. Y por ese pensamiento tan bíblico, sus labios esbozaron una irónica sonrisa. Miró a Jorge y volvió a desear haber ido sola al hospital.

Jorge, al verla sonreír, ajeno a los pensamientos de Oliva, se sintió bien por haber sido capaz de tranquilizar a su mujer.

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