Sin remordimientos

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Y como no le pidió que fuera la dueña de sus instantes ella volvió a rezar lo que rezaba cada noche: “por favor, ven a salvarme de ti”. Mientras, desabrochaba uno a uno los botones de su cordura, para que cuando desenredara los garabatos de sus silencios, él, a cambio, pudiera llamarle sin pudor, único amor eterno de este mes.
Y así empezar a olvidarla sin remordimientos, mientras ella no entiende por qué enamorarse es no sentirse nunca a salvo.

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