Halloween versus Don Juan

Artículo publicado en 5 de noviembre de 2012 en Viva Sevilla, La Gatera

Una vez pasado el no-puente de los Difuntos les invito a reflexionar sobre esta dualidad extraña que tenemos los sevillanos. Dualidad sobre la que se ha escrito muchísimo porque es más vieja que la ciudad. Aquí se es o del Betis o del Sevilla, de un lado del río o del otro, de Arenas o de Bourrelier, y así hasta el infinito y más allá que decía Buzz Lightyear en Toy Story. Pero ambas mitades convivían sin excluirse una a la otra. Ésa era la magia. Y digo era, porque veo que ya no lo es. Me explico: Sevilla es una ciudad donde se han ido incorporando nuevas costumbres que al paso de un par de décadas quedaban nombradas como tradiciones de toda la vida. Nuestra idiosincrasia es tan fuerte que no necesitamos que la defienda nadie porque se defiende ella solita. Somos en ese aspecto incontaminables. Eso, unido al bendito punto novelero que tenemos, hacía las delicias de todo el que viniera a la ciudad porque se sentía como si estuviera en su casa.

Pero a cuenta de la dichosa fiesta de Halloween he leído las afirmaciones más extrañas que puede imaginar. Una campaña absurda en contra de algo que es absolutamente minoritario y que no deja de ser una fiesta de disfraces para niños, y un motivo para tomarse dos copas y echar un rato de risas, para los adultos. No es nada más. Celebrar Halloween no te incapacita para celebrar otras fiestas de tu ciudad. No seamos extremistas, por favor. ¿Halloween versus Don Juan? No, ambos.

No creo que peligre nada porque unos niños se paseen con una calabaza de plástico por las casas pidiendo caramelos. (A mí casa llegó una niña vestida de flamenca zombi, y me pareció divertidísimo, ¡toma crisol de culturas!). Y no me pongan como ejemplo la fiesta en el Madrid Arena, que ese trágico final no tiene que ver con el motivo, más bien con la falta de seguridad y organización. Corren tiempos perros que cantaba Miguel Ríos, y los niños de hoy son los jóvenes que en unos años buscarán trabajo fuera de nuestras fronteras, enseñémosles nuestras tradiciones, por supuesto que sí, pero enseñémosles también que la mente del hombre sólo se enriquece pieza a pieza de un puzzle multicultural.

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