Su parque

DSC_0249Desde los ventanales enormes de la biblioteca pública, veía todos los días mecerse las copas de aquellos viejos árboles. Mecerse con un movimiento extraño e hipnótico que le invitaba a entrar. Ella buscaba todas las mañanas un asiento junto a aquellos ventanales. Primero sólo fue por una razón práctica. La luz natural era mucho más agradable para estudiar que aquellos fríos focos blancos. Luego notó que a través de los ventanales se colaba algún rayo de sol que le ayudaba a entrar en calor en aquel inhóspito recinto. Y además, cuando su mente se negaba a seguir admitiendo ni una pequeña fracción de información más, levantaba la vista y miraba como pasaban los coches por la avenida que separaba el parque de la biblioteca. Y detrás de todo aquello, enmarcándolo majestuosamente… el parque.

Al principio sólo era una mancha verde que se asomaba por el rabillo del ojo y que teñía la luz de un color de otoño eterno. Luego, poco a poco, los verdes fueron distinguiéndose. Verdes amarillentos, verdes negruzcos, verdes grisáceos, verdes amarronados… Detrás de los colores llegaron las clasificaciones. El verde amarillento de la palmera, el verde grisáceo del eucalipto, el verde negruzco del tamarindo. Pasaron las mañanas y entre los verdes se mezclaron los rojos de las adelfas, los azules de los jazmines del príncipe, los violetas de los pensamientos, el blanco roto de la rosa de pitiminí y hasta con el amarillo valiente del albero.

Y así poco a poco, ella fue delimitando su trozo de parque como si de un gran cuadro se tratara. Y el sentido de la propiedad le fue calando tan hondo que comenzó a anotar en los bordes de los libros los días que los empleados del parque regaban. Más tarde, los días que otros intrusos con ropa de faena de color verde, podaban las ramas inútiles para inyectar vida a otras. Lo anotaba todo con sumo cuidado. No tanto por la clandestinidad del hecho (los libros eran propiedad de la biblioteca) como porque en el fondo de su conciencia tenía la impresión de estar inmiscuyéndose en la privacidad de aquellos árboles.

De los colores, pasó a los nombres. Y así a la palmera que sobresalía por detrás de todos los verdes, la llamó “la airosa”. Al eucalipto al que los años habían doblado un poco la parte superior de su copa, le llamó “el reverenciador”. Al enorme y grueso tamarindo, le quiso bautizar como “el abuelo”. Y así uno a uno, fueron recibiendo nombres como “el orgulloso” por su majestuosidad, “Isadora” por el movimiento de sus ramas y hasta a un pobre olivo, que dormitaba retorcido en un extremo, le llamó “Toulouse Lautrec”.

Aprendió a leer en los movimientos de su trozo de parque como una adivinadora en los pozos del café. Prediciendo lluvias, tardes de sol y hasta tormentas. Sufría con cada pájaro al que se le antojaba realizar su nido en algunas de las ramas de sus amigos, pensando que el peso, aunque liviano, podría desequilibrar la armonía que el parque había introducido en su vida. Su vida…

Pero ella, se asomaba a aquella vida sin vivirla. Sólo a través del grueso cristal del ventanal. Porque al abandonar al final de cada mañana la biblioteca, rodeaba el edificio para evitar pasar por delante del parque. No quería cruzar la línea imaginaria que ella misma había dibujado. No estaba interesada en atravesar la verja, e impregnarse de aquellos olores, de perderse en el silencio roto sólo por el crujido de los pequeños animales que habitaban el parque. Ella no quería nada de eso. Sólo necesitaba que aquel ventanal la arropara en sus mañanas. Sólo su ventanal. Lo que quedaba fuera de él, el resto de árboles, la zona de juegos de niños, la fuente de las ranas e incluso la glorieta de Bécquer que desde otra ala de la biblioteca se podía observar, todo aquello, no pertenecía a su pequeño paraíso.

Por eso, aquella mañana en la que, a causa de unas obras, el autobús le dejó enfrente de la verja de la entrada y el olor sensual de la tierra mojada le hizo cerrar los ojos como en un beso, no entró. Simplemente se dio media vuelta y caminó hacia la biblioteca para, como todas las mañanas, poder contemplar desde el ventanal su parque.

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