La Zarza en llamas, por Manolo Grosso

Este MARAVILLOSO artículo está publicado en el Anuario de 2012 de la Hermandad del Gran Poder, y mi querido Manolo me ha consentido que lo traiga hasta aquí.
Gracias, por esto, por todo.

 

“ Y apareciéndole el ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de un zarzal, y él miró y vio que el zarzal no se consumía.

Entonces Moisés dijo: Ahora yo iré y veré esta grande visión, por qué causa el zarzal no se queme.

Y viendo Jehová que iba a ver, llamándolo Dios de medio el zarzal dijo: Moisés, Moisés. Y el respondió: Heme aquí.

Y dijo: No te llegues acá: quita tus zapatos de tus pies, porque el lugar que tu estas pisando, tierra santa es.

Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios “

 Libro del Exodo, capitulo 3, versículos 4-5

granpoder2Cada uno encuentra a su Dios en un sitio diferente, de una manera distinta. Moisés lo encontró en medio de una zarza que no se consumía en el monte Horeb, el monte de Dios, especifican las Escrituras, otros hemos sido mas afortunados y lo encontramos en San Lorenzo, donde sabíamos habitaba desde hacía siglos. Al igual que le ocurrió al profeta Moisés, sabíamos que era el Dios de nuestros padres, y de los padres de nuestros padres, lo que nunca se sabe es el instante en el que tomamos conciencia de esta realidad. Yo personalmente no sabría datarlo, pero reconozco que ocurrió en un preciso instante, en ese momento en el que sientes que hay un antes y un después. En el momento en el que pasa a ser algo fundamental en tu vida diaria, en el que dejas de ser tú, para convertirte en los demás.

Sí reconozco el instante en el que comprendí que el Gran Poder era la “zarza en llamas” que nunca se consumía. Las naves de la catedral estaban en penumbra, como corresponde a la madrugada del Viernes Santo, por algún misterio añadido no existía megafonía alguna que destruyera el perturbador silencio catedralicio. El paso del Señor avanzaba hacia el Monumento, y al girar hacia el mismo, todo se convirtió en una fulgurante llama, su túnica bordada multiplicaba y a la par fraccionaba la luz proveniente de sus faroles. Era cálida luz de fuego que se multiplicaba a lo lejos por la larga fila de cirios, así como la mas cercana de los ciriales. El incienso rodeaba todo dándole un ambiente irreal casi fantasmagórico. El Señor de Sevilla frente al Santísimo instalado en el Monumento, todo ello unido para proclamar lo que en su día Jehová comunico a Moisés : “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”.

Era la madrugada del 2008, fue el año en el que el Señor lució de nuevo su restaurada túnica de los Cardos para hacer su estación de penitencia, fue el año en que comprendí que el canasto de su paso era un todo con la túnica y con la imponente imagen del Señor, fue el año en que supe con certeza que el duro andar que imprimen los costaleros al Señor no era sino la memoria perdida y recuperada de lo que el Nazareno de San Lorenzo pudo sufrir aquel día de su ejecución. Andares secos, pesados, hechos a la medida de los hombres y no de un Dios, fue la noche en la que las estéticas se rindieron a la evidencia de la realidad. Era el mismo Gran Poder de siempre, y ciertamente su pesado manto real, contra toda previsión, lo que aumentaba era la fragilidad del hombre que sufría, y contra toda racionalidad, lo hacia mas cercano y a la par mas hundido en su soledad infinita. Esa noche supe la inmensidad de su entrega, la incompresible soledad en la que estaba sumido en su marcha hacia el Calvario, la humildad con la que asumió aquello que ya estaba escrito y contra lo que no podía rebelarse. La verdad de su gesto y la infamia de nuestros comportamientos, no hacía sino multiplicar su infinito amor. En verdad era el Dios de Abraham.

¿Es esto fe? ¿Es esto lo que se define como “creencia en algo sin necesidad de que este confirmado por la experiencia” en el Diccionario de Maria Moliner?, honradamente no lo sé, pero sí reconozco que esa experiencia sí ratificó de alguna manera lo que desde años mis sentimientos más racionales se negaban a aceptar. Lo que algunos denominan fe es, en muchos casos, un largo camino lleno de vericuetos del que desconocemos su geografía. Al final creo que son los hechos los que terminan afectando a nuestro posicionamiento ante la vida. Hechos diarios y comunes, buenos o malos, dolor o dulzura, en el fondo son la misma cara de una moneda que se llama vida. En ese devenir en el que se convierte nuestra existencia hay siempre un momento en el que nos cruzamos con nosotros mismos e intuimos que algo nos falta, que algo necesitamos, y es entonces cuando la fe nos es más necesaria, porque nos sabemos incapaces de enfrentarnos solos a la vida.

Una desgracia familiar, una alegría inesperada, la humildad de un gesto, la mano temblorosa de un anciano que intenta aferrarse a la vida en un ultimo gesto de impotencia, la madre que acaricia la cabeza de su hijo de forma casi automática, las miradas cruzadas de dos personas que se aman y que su brillo les delata, cualquier escusa es buena para saber que necesitamos trascender estos gestos para convertirlos en símbolos universales de vida que abarquen mas allá de la vida en si misma. Cada cual busca su punto de referencia y el mío se encuentra en San Lorenzo, mucho antes de que yo pudiera identificarlo, mucho antes de que yo mismo lo supiera, ya estaba allí. A partir de ese instante todo adquiere un significado diferente, todo se impregna de una humanidad imprevisible y la paz nos invade de una forma total.

No es un acto intelectual, no es una elocubración puramente metafísica, es una realidad absolutamente tangible, al alcance de todos, es más, son los mas humildes aquellos que antes alcanzan este especial estado de serenidad. Ahora, más que nunca admiro aquellos que poseen la certeza de lo inabarcable con tan sólo mirar esa vieja foto del Señor que desde siempre permanecía colgada en el comedor familiar, los que vestían el habito del Gran Poder sin intuir que ese gesto era la expresión máxima de saberse devotos de su Dios, siervos de su gleba y parte de Él mismo. Hay tantas formas de adquirir el conocimiento que me emociona que se puede llegar a Él de una forma meramente intuitiva y cargada de humildad. ¿Quién puede dudar que lo que mueve a las devotas a seguir los pasos del Señor el Viernes Santo de madrugada es simplemente la certeza de que acompañan a Dios en su postrer caminar? ¿Fanatismo, costumbres ancestrales…? Etiquetas que demuestran la simplificación del lenguaje, oral o escrito, del que sin conocer, juzga.

Primero quizás haya que comprender que el verdadero ejemplo de vida del Gran Poder consista precisamente en la contradicción de aparecer ante nuestra vista como carente de toda fuerza, que su poder es su propia impotencia. Pero su gesto no acabó aquel día en Jerusalén, sino al contrario, fue precisamente ese día cuando comenzó. Ahora a diferencia de Moisés no tenemos que taparnos la cara temerosos de Dios, al contrario, podemos mirarle cara a cara para sentir su comprensión, para sentir alivio en nuestro día a día, en la certeza de que nosotros si conoceremos la tierra prometida, a pesar de que en la que vivimos sea cada instante mas difícil de sobrevivir. Gracias a Él, podemos sentir la esperanza, el amor y ese refugio para poder subsistir en este “valle de lagrimas” en el que estamos sumergidos.

En su Basílica, el Señor del Gran Poder, a diario, acoge a todos los que a Él se acercan para escuchar los susurros de sus devotos, sus cuitas, sus pequeñas cosas, para dar consuelo a todo el que lo necesita, convirtiendo de este modo este espacio en un lugar fuera de la realidad donde la paz y la tranquilidad reinan de forma estable y constante. Espacio donde la espiritualidad impregnan sus paredes, sevillano Muro de las Lamentaciones, conectado espiritualmente con las piedras del Templo de Salomón de esta nuestra Jerusalén soñada y que tiene su prolongación junto a las murallas de la Macarena, donde la Esperanza se hace realidad cada mañana. Al final la vida se reduce a tener fe y esperanza, todo lo demás vendrá por añadidura. Fe en nosotros mismos, fe en que hay alguien que observa con amor y que sabe de nosotros. Esperanza en que todo es posible, en que sería cruel si así no fuera, aunque en el fondo lo mas importante es que esto nos ayude cada día a enfrentarnos con la realidad de una manera diferente, sin más, así de simple, así de complejo.

Nadie conoce donde se encuentra su Damasco particular, pero sí tenemos la certeza de que Él, que habita en San Lorenzo, nos puede ayudar a encontrarlo, ahora más que nunca. Ahora que la subsistencia se hace tan dura, necesitamos con urgencia algo en lo que poder creer, algo a lo que agarrarnos para no poder desfallecer. En estos momentos duros, en los que parece que no exista la luz, hay que acordarse que en San Lorenzo está la “zarza ardiente” que escucha nuestras plegarias, ese sitio que es suelo sagrado por derecho propio y que nadie debe olvidar. Acudid al Señor del Gran Poder con la seguridad que os confortará, como lo hizo con nuestros padres y como lo hará con nuestros hijos, dejad la vida en sus manos y de seguro que se os dará ciento por uno. No importa lo que recibáis, ni qué obtengáis, tened confianza en que Él dispondrá aquello que nos sea más conveniente. Sólo su amor nos hará realmente libres.

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3 comentarios en “La Zarza en llamas, por Manolo Grosso

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