Ecce Homo (por Manuel Grosso)

Santísimo Cristo de la Coronación de EspinasFoto de Javier Mejías

Santísimo Cristo de la Coronación de Espinas
Foto de Javier Mejías

Es un instante, sólo uno, tras la burla de los soldados, su coronación con espinas y el cetro de caña, Jesús se enfrenta a su soledad más absoluta. Degradado, humillado, torturado, se enfrenta a su momento final. Aquí de espaldas, bañado por un haz de luz que recorta su figura, todo es evidente, todo es esencial. Quizás sea la representación gráfica más hermosa que yo haya visto jamás de este pasaje evangélico que recogen los textos de Mateo, Marcos y Juan.

¿Cuántos se enfrentan a diario a esta situación en las cárceles de Palestina, Israel, Líbano o Irak..? ¿Cuántos “ecce homo” inundan nuestras vidas a diario sin que nadie se acuerde de ellos? Javier Mejía en esta foto capta a la perfección ese silencio, esa desnudez, esa oscuridad que los focos hacen más evidente. Y lo hace de espaldas a la víctima, su foto es como el reverso de un Caravaggio imposible, como si nosotros hubiéramos participado en su escarnio. ¿Acaso no participamos con nuestros silencios diarios en todas estas abominables acciones contra los más elementales derechos humanos? Es la humildad de su postura la que me emociona, es su entrega la que me hace reflexionar. Sentado en su falso trono, coronado con su falsa corona, apenas cubierto con su falso manto real, llevando ese falso cetro en su mano derecha, con la cabeza ligeramente inclinada, la víctima se convierte en lo que era y es; el Hijo de Dios hecho Hombre.

Las bóvedas de la Iglesia de la Anunciación se convierten en arquitectura fantasmal, más cercana a los dibujos de Piranesi que al espacio al que en realidad pertenece. Espacio abrumador que engrandece la figura de un Dios desvalido que apenas adivinamos. Se nos oculta el dulce y resignado rostro del Santísimo Cristo de la Coronación de Espinas, pero precisamente por ello se nos hace más evidente su entrega. Hermosa e implacable imagen la de esta foto que capta un solo instante, el inmediatamente posterior al misterio que representa, pero que nos conduce sin remedio alguno a la grandeza de la entrega de un Cristo que sufre por nosotros y que ha de resucitar para hacernos más libres.

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