Soliloquio del armao (Rogelio Fajardo)

IMG_0076Gracias, Roge, hermano. Por este desnudo de espíritu noble, de hombre bueno y justo. Por la caricia de tus palabras, tan sabias como oportunas siempre. Palabras de plumas blancas que tanta luz ponen en el camino de esta torpe Cleopatra. 365 días armao, y uno sólo de festejo exterior. Que del interior disfrutas siempre.
(¡Viva Roma!)

Ante Ti, mi Cristo Sentenciado, estoy postrado en esta noche de frío invierno. No voy envuelto en la coraza escamada y brillante de arcángel macareno. Ni tampoco estoy, con mis hermanos de la Centuria, escoltándote en la Madrugá de tu entrega a Sevilla. No, todavía, no es el momento.
El débil sol se ha puesto en el horizonte aljarafeño, pero tu presencia inocente, Señor, ilumina mi alma.
He entrado en tu Casa, en mi casa, aunque no soy digno de tu hogar ni de tu mesa. Sé que soy un hijo menor porque mis actos no me engrandecen ante Ti ya que he sido, tantas veces, como el Hijo Pródigo del Evangelio.
Y reconozco haber huido de tu casa.
Largo ha sido el tiempo de mi ausencia…lo sabes. Quiero descansar en Ti porque estoy cansado de mis vergonzantes huidas.
Agobiado, vengo a pedirte perdón…porque soy sabedor de que eres el Dios del amor y del consuelo.
Perdóname por haberte reprochado que no me abrazabas cuando volvía a Ti.
Perdóname por reprocharte que  no me besabas cuando me acercaba a Ti.
¡Padre!, tengo frío, necesito tu calor.
¡Padre!, tengo hambre, dame de tu Pan.
¡Padre!, estoy solo, acompáñame.
¡Aquí me tienes, Señor! Empieza el año y quiero ofrendarte todos mis días futuros.
Todo te lo doy. Ante Ti están mis pocas fuerzas y mis muchas debilidades.
Quiero desnudarme de mis andrajos y que la lumbre de tu Amor, zarza ardiente, caliente mi espíritu desnudo para que la fragua de tu fuego temple en acero mi corazón de plomo.
Abrázame con tus ojos. Que el peso de tu mirada, de amor, despeje mi horizonte.
Anúlame entre la niebla cálida y suave que ciñe el cariño de tus manos atadas.
Que la sangre de tu frente me limpie de todo lo errado.
Señor, ¿qué soy para Ti para que me mandes seguirte y amarte?
Señor mío y Dios mío ¿quién eres para mí? Di a mi alma: Yo soy la Verdad y tu salvación. Dilo de manera que pueda oírte. Aquí están los oídos de mi corazón delante de Ti, mi Dios.
Háblame y que tu voz corra y resuene, como el redoble de un tambor macareno, en mi alma.

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