Tu mirada

Imagen 3Tuve el privilegio el año pasado de que me abrieran cariñosamente las puertas de la Hermandad para ver de cerca a Nuestro Padre Jesús de las Penas. Era martes santo, y Jesús sobre el paso y en la soledad nocturna del templo, adquiría un dramatismo tremendamente bello. La lluvia había estropeado lo que tanto tiempo esperamos, y ese halo de melancolía cobijaba aún más el dolor. Reconozco que tenía especial interés en verlo, pues representa un pasaje del evangelio sobre el que en los tiempos actuales deberíamos reflexionar mucho. Es imposible no personalizar en ese gesto, el de caer al suelo con la cruz, la caída de muchos de nosotros. Sentir en nuestra vida cotidiana esa rodilla en el suelo y ese escorzo de dolor. Pero sobre todo, ese camino por la calle de la Amargura de muchos padres que están sosteniendo la cruz de sus hijos en tiempos en los que debería ser al revés. Tiempos difíciles y faltos de solidaridad para con el que cae. Tiempos difíciles para levantarse.

Estuve largo rato observando su rostro. Su boca entreabierta con el rictus que mezcla el dolor y la resignación, el entrecejo fruncido enmarcando la injusticia, los ojos semicerrados que dejan escapar toda la tristeza que puede acumular quien se entrega a la muerte para que nosotros resucitemos. Hay en esa mirada un Dios-Hombre que vuelve el rostro para pedir ayuda a sus verdugos, que no somos ni más ni menos que nosotros mismos. Verdugos y motivo del sacrificio. La exquisita paradoja del dolor que es motivo y objetivo. Sólo el inmenso amor puede explicarla.

Lleva Jesús de las Penas en cada bordado de su túnica, un hilo dorado de nuestro desdén, una puntada fina y certera de cada uno de nuestros pecados. Y abraza la cruz con el dolor de quien se siente traicionado, pero perdona. Mis ojos lo vieron en los suyos y confieso que no pude sostenerle la mirada. Ni articular una sola palabra.

Salí de allí muy impactada. En mi mente revoloteaba la frase de Alejandro Dumas: Hay dos miradas, la mirada del cuerpo puede olvidar a veces, pero la del alma recuerda siempre.

Esa mirada me acompañó el resto del día, pero como los humanos tenemos una gran capacidad de deshacernos de aquello que nos mueve la conciencia, en pocas horas ese dolor se fue mitigando.

Sin embargo, días más tarde asistí como oyente a una conferencia sobre inmigración impartida por una ONG. Las palabras del conferenciante se acompañaban de unas instantáneas recogidas durante el rescate de algunas pateras en alta mar. Imágenes durísimas para ojos acostumbrados a una vida cómoda, como los nuestros. Hombres, mujeres y lo peor, niños, tiritaban de frío al lado de los cuerpos sin vida de aquellos que no habían resistido. Un precio muy alto, jugarse la vida por encontrar un futuro mejor. Pero la muerte no entiende de justicia y se ceba con los menos favorecidos.

Y de repente lo vi. En el rostro cansado y triste de un hombre joven que abrazaba a un niño de pocos meses con la misma fuerza que Jesús abrazaba la Cruz. Allí estaba la mirada que días antes me había robado el aliento. Esa mirada que se hace desde el alma, desde lo más profundo de ella, y que les aseguro que jamás voy a olvidar.

Era la mirada de Jesús de las Penas.

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