Bibliotecarios heroícos

Artículo publicado en el Viva Sevilla, La Gatera, lunes 22 de abril de 2013

bibliotecas-y-twitterDice el escritor Mario Vargas Llosa que lo más importante que ha ocurrido  en su vida es haber aprendido a leer. Comparto esa sensación. Y siempre gracias al empecinamiento de mi hermana Mari Carmen por cambiar mis comics por la fascinación de las aventuras de Emilio Salgari, Mark Twain, Julio Verne o incluso las evocadoras Mil y una noche.  Eso enriqueció mi niñez de tal forma que marcó el resto de mi vida. Y todo empezó en aquel pequeño microbús cargado de libros que cada jueves llegaba a la calle Virgen de Luján con el pretencioso rótulo de Bibliobus. Mi primer flechazo con una biblioteca.

Muchísimos años después este oficio de editora me ha dado la oportunidad de conocer a los defensores silenciosos de la literatura. Ésos a los que nadie nombra en las redes sociales, los que no reciben homenajes ni son objeto de titulares de prensa, los sufridos bibliotecarios de los pueblos. Y les confieso que me producen un respeto imponente, como el pobre Piyayo de José Carlos Luna, esos bibliotecarios que sin apenas recursos, haciendo cada día el milagro de los panes y los peces, consiguen abrir la ventana de la magia de la literatura en medio de una sociedad mucho más interesada en líos de casquería de dormitorios famosos.

Conseguir que un niño lea es una tarea titánica, desde luego que sí. Pero conseguir que una mujer madura, sin estudios, y que ha entregado su vida a una familia y una casa que ya empiezan a volar por sí mismas dejando la sombra de la soledad en los botones del mando a distancia de la televisión, es casi un milagro. Se lo aseguro. Y estos bibliotecarios, que llevan sufriendo los recortes en cultura hace años, el capricho de los editores (mea culpa), y la falta de apoyo de una sociedad cada vez más inculta, organizan clubs de lecturas y actividades que sirven de miguitas de pan que marcan el camino de esa felicidad que da leer un buen libro.

He asistido a algunas charlas, e incluso he impartido algunas en muchas bibliotecas de nuestros pueblos. El público es escaso, eso sí. Pero con unas ganas de aprender, y un entusiasmo que ríanse ustedes de cualquier otro aforo de nuestra ciudad. Y ésa, no se engañen, es  una de las mejores semillas para que este país avance.

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