Defender la alegría

Artículo publicado en Viva Sevilla, La Gatera 16 de septiembre de 2013

Los años me han enseñado que el telón se cierra y se abre todos los días sin que ninguna circunstancia lo evite. Aunque la sala esté vacía y el eco de la soledad te desabroche el ánimo y te maquille las ausencias, el espectáculo sigue, la vida transcurre.
A pesar de que vivimos tiempos más que complicados, tiempos de apretarse los machos o de hacerse el muerto, tiempos de ver a la gente que amas pasarlo mal, tiempos de ver lo mejor de algunos y lo peor de otros, tiempos de priorizar en tu escala de valores, tiempos de cogerle la mano a tus padres, tiempos de mirar a los ojos a tus hijos, tiempos de comerte a “bocaos” la vida, tiempos de caminar por el alambre con los ojos cerrados con la certeza de que el vacío acecha tu caída, tiempos en los que “me faltas” y en los que “te falto”, tiempos en los que nos sobran ellos y no se marchan. Tiempos de crisis. Tiempos de una mal nacida crisis. Pero a pesar de todo esto, la vida no respeta su dolor ni el mío y empuja la arena de este reloj implacable sin perdonarnos ni un grano.
Pero yo ya me he cansado de esta melancolía. De este paisaje de persianas echadas y harapos en las ilusiones. Yo no puedo más con la carga pesada de la tristeza y las fuerzas me abandonan ante tanto desconsuelo. Por eso, perdonen ustedes la rebeldía, me niego a entregar las llaves de la ciudad de mi ánimo. Y planto batalla a este tornado que injustamente está borrando el skyline de mi vida, de la vida de mis amigos, de su vida, sí de la de usted que tiene la bondad de leerme. Yo me niego a sucumbir a este golpe de estado a mi sonrisa. Y proclamo entre los escombros de nuestras almas que la vida sigue. Por encima de todo lo dicho este mundo sigue girando. Y nosotros estamos subidos a él, así que aferrémosnos a un optimismo absurdo pero necesario. A un positivismo sin motivo aparente, pero que puede que sea la única tabla de salvación que nos quede.
Decía Mario Benedetti (y después cantó Juan Manuel Serrat) que había que “defender la alegría como una bandera, defenderla del rayo y la melancolía”. Pues bien, yo (fíjese qué atrevimiento), voy a hacerles caso y pienso alistarme a ese bando para disparar en primera línea de batalla aunque muera desangrada de alegría. ¿Qué puedo perder?

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