Chismorreos

Artículo publicado el lunes 30 de septiembre de 2013, en el Viva Sevilla, La Gatera.

Perdonen ustedes la osadía, pero a servidora cada vez le cae mejor este Papa. No sólo por ese afán de abrir ventanas para airear el olor a podredumbre que se nos había instalado en algunas estancias del Vaticano, que también. Sobre todo porque demuestra una gran inteligencia llamando a las cosas por su nombre sin pudor ni temor. Hace unos días leía que advertía en una homilía para la Guardia Suiza de la toxicidad del chismorreo, y que instaba a este cuerpo a no permitir el chismorreo entre los muros del minúsculo estado. Nos puede parecer una pequeña falta, chismorrear es divertido e inofensivo frente a otros pecados mucho más peligrosos, robar, matar… Pero les decía que veo en los actos del recién estrenado Papa una muestra de que debajo del solideo trabaja un cerebro brillante, por eso ha visto que al igual que en una colilla no somos capaces de ver hectáreas de bosque destrozadas, tampoco veremos en un mal comentario el inicio del acoso y derribo de un inocente.
Decía el poeta francés Alphonse de Lamartine (indispensable su maravilloso libro “Los recogimientos”) que la crítica es la fuerza del impotente. Pero cuánta fuerza tiene ese impotente aunque suene paradójico. Sobre todo si esa crítica se sostiene a duras penas sobre los débiles pies de barro de la mentira. Y sí encima es ayudada por el eco memo de la redes sociales.
No tienen que irse muy lejos, vean el caso terrible de la niña asesinada en Santiago de Compostela. Sin base ninguna hemos leído que se estaba investigando también la muerte de sus abuelos. Y leíamos entre líneas (y a veces muy clarito) que la madre era la principal sospechosa. Chismorreos parido en rotativas y amamantado en las ubres de unas redes sociales que más se parecen a esa muchedumbre que, antorcha en mano, golpeaba la puerta del pobre Frankenstein o a lapidación en La vida de Brian, como me decía el otro día el catedrático Ramón Reig. Autómatas que sin leer la noticia y con el morbo goteando en sus labios, clickean para que la rueda de la mentira y del chismorreo siga girando, sin importarles que debajo de esa rueda caiga desde un falso imputado por la jueza Alaya hasta la reputación de un bar sevillano, e ignorantes de que esa rueda también puede un día aplastarnos a nosotros.

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