Yunteros de Lampedusa

Artículo publicado el 7 de octubre de 2013 en Viva Sevilla, La Gatera

Decía Jacinto Benavente que en cada niño nace la Humanidad. Imagino que después de ver las i20131006-103809.jpgmágenes de la tragedia de Lampedusa, el Nobel hubiera añadido que, con la muerte de cada niño, esa Humanidad va muriendo también.
Sé que no es el primer barco cargado de inmigrantes que trae la zozobra de la tragedia, ni son los primeros pequeños ataúdes blancos sin nombre que abren las páginas de los periódicos. Pero, y disculpen la “demagogia”, a mí se me ha helado el alma cuando he leído que en ese barco treinta y nueve niños viajaban solos. Niños con edades entre los once y los diecisiete años a los que no acompañaba ningún adulto. y que algunos de ellos han terminado su viaje en una anónima caja de madera. Buscando una vida mejor, alguien les había pagado el pasaje para el fatídico barco, con la esperanza de salvarles de la condena de las hambrunas y las guerras, pero en la soledad tremenda del mar, nadie les abrazaba para espantarles el miedo.
Niños como aquellos “masculinamente serios” yunteros que Miguel Hernández describió, y de los que se preguntaba que quién los salvaría con el martillo verdugo de esa cadena… Pero, y a estos niños ¿quiénes les salvará? ¿Nosotros? ¿Nosotros que empezamos a comprender que en este espejismo de bienestar también podríamos ser niños yunteros?
Pues sí, nosotros que despedimos a nuestros jóvenes camino de un futuro mejor, o vemos, como decía la joven escritora Ana Parrilla en Twitter, lo duro que es ir despidiendo a los amigos quedándose cada vez más solos en esta pobre España.
Pero, no nos engañemos, es nuestra cobardía acomodada y timorata la que nos impide golpear la cadena que rodea cada barco cargado de hombres sin futuro.
Lampedusa. Canarias, Cádiz… Costas azules y limpias que regalan atardeceres que llenan de fotos amables las redes sociales en época de vacaciones, fotos que retratan un mundo injusto en el que tu lugar de nacimiento te tatúa el destino y la fecha de caducidad temprana. Fotos que en el revés del espejo guardan la oscuridad amarga de los que no tienen nada. Sólo hambre y desesperación para subir a un barco y ponerse en manos de un canalla que mercadea con la esperanza, sin importarle que sea incluso la de un niño.

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