De par en par

Artículo publicado el 24 de febrero de 2014 en el Viva Sevilla

He sido una asidua de las bibliotecas toda mi vida. Desde aquel legendario “bibliobus” que cuando niña me acercaba a casa al bueno de Salgari, a Verne y de vez en cuando a Mortadelo y Filemón, hasta los ventanales por donde se asoma el parque de María Luisa en la acogedora biblioteca Infanta Elena donde intentaba estudiar Ciencias Políticas. Pero no viene servidora aquí a presumir de erudita, o de ratón bibliotecario, porque no son verdad ninguna de las dos cosas, ya quisiera, vengo a contarles otra cosa. Una ha cruzado las puertas sobre todo para disfrutar del silencio acogedor de unas paredes llenas de libros que te invitan además de a leer, obviamente, a reflexionar sobre lo leído. Dejarse abrazar por un silencio denso sólo quebrado por los leves susurros de las páginas deslizándose bajos mis ojos.

Pero ha sido visitando a unos amigos, en su exilio laboral en Birmingham, cuando he podido presenciar algo sorprendente. Una biblioteca prodigiosamente ruidosa. Y digo prodigiosamente porque jamás habría concebido una imagen más emocionante como la del bello edificio de la Biblioteca de Birmingham abarrotado de personas como si fuera un centro comercial en plena euforia de rebajas. Familias completas subiendo y bajando las escaleras mecánicas con sus hijos de la mano. Grupos de adolescentes sentados en el suelo leyendo y comentando alegremente, niños riendo escuchando a su padre leerles en voz alta.

Ante mi cara de sorpresa, Rosa y Pepe (que así se llaman mis hospitalarios amigos) me explicaron que me encontraba ante un concepto absolutamente diferente de biblioteca. Un concepto abierto e interactivo. Algo muy diferente del concepto de entidad cultural a la que estamos acostumbrados en España. Un edificio expresamente concebido para acoger y estimular a unos ávidos lectores que no temen debatir con otros en salas expresamente dedicadas para ello. Un concepto que entiende la cultura como un bien de primera necesidad. Pero lo más importante y creo que lo que hace posible este fenómeno, son unos usuarios que asumen ese concepto de biblioteca como un bien común,  como una bendita propiedad colectiva. Es decir, respetar, compartir y disfrutar. Cultura libre, no subvencionada ni gratuita, pero accesible y cotidiana. Nada más y nada menos.

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