Mírenla

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No es servidora mujer de atril. Quien me conoce lo sabe. Pero cuando se pone el corazón de par en par delante de una, es imposible decir que no.
Gracias queridos hermanos de la hermandad de la Sed, especialmente Juan José, Juan y Ana que han convertido toda esta aventura en una promesa de amistad, siempre sonará Soleá dame la mano en mi corazón gracias a vosotros. Y gracias a Javier, hermano mayor, porque siempre es hermoso encontrar la humildad detrás de una vara dorada.

Hermandad de la Sed
Sevilla, 28 de marzo de 2014

Si no hay dolor al borde de mi boca,
cuando derramo sin piedad mis anhelos,
ignorando el azul de tus desvelos,
que aja cada rincón de luz que toca.
Si no perdonas mis rezos de roca,
que quebrantan la paz de su Consuelo,
sin soles que descorran tantos velos,
tejidos por las manos de esta loca.
Romperé con los dientes tus cadenas,
que atraparon sedientas este cuerpo,
abriendo con desprecios estas venas,
por las que ya no hay camino ciertos,
que calmen los delirios de mis penas,
a un sediento amor, rendido, casi muerto.

Si no apretara con fuerza mi mano,
este verso que ya nace insolente,
convirtiendo Tu pasado en un presente,
que rompe lo cercano y lo lejano.
Si ya no bebo de este llanto temprano,
que en su piel se tatúa y grita ¡Detente!
Desplegando espejos y frente a frente,
robándome la calma grano a grano.
Ya no quiero sentir dentro más vida,
que este caudal de versos por mi venas,
que sana con tu fuerza cada herida.
Y rompe la mordaza de mis penas,
mostrándome la puerta de salida,
para cumplir entera Su condena.

Querido hermano mayor.
Queridos Juan José, Juan y Ana, mis padrinos,
hermanos de esta bendita hermandad.
señoras, señores
amigos

Mírenla…
mirenla como llega con el pelo revuelto y los ojos sombríos de vencejos inquietos que han desvelado su tarde y han desordenado su calma.
Mírenla…
acaba de levantar las persianas de sus adentros y ha dejado que la luz siluetee su cuerpo maduro que una vez más viste de primavera para nosotros.
Mírenla
lleva en los labios la penitencia dulce del que encuentra la paz en la redención y en el requiebro eterno de su talle con el quejío de los días del gozo.
Mírenla…
está cansada. anoche estuvo cosiendo hasta la madrugada para que el domingo de ramos nuestras manos huérfanas estrenaran de nuevo una infancia de calcetines blancos, lazos en el pelo y bolas de cera como pequeños mundos ignotos.
Mírenla
tiene las manos enrojecidas de trenzar las palmas de los balcones de nuestras ansias. Corona de espinas suaves para los barrotes de una tradición que llevamos en el adn de nuestra fe, mirada a mirada, vida a vida, cuaresma a cuaresma.
Mírenla…
allí, detrás de Santa Catalina, en ese rincón donde se congelan los almanaques, rodeada de una tropa que siempre luce tres estrellas con ocho puntas, esperando con impaciencia la igualá de los recuerdos y el golpe de estado de los sentimientos.
Mírenla…
brindando una vez más por nosotros, al amparo de un mostrador de madera que sabe más que nadie de levantás a golpe de vasos como llamadores de cristal de amistad.
Mírenla…
lleva en el pecho la mirada del enfermo que esperó año tras año y encontró desde su ventana, la Sed y el Consuelo de los buenos samaritanos a las puertas de un hospital.
Mírenla…
sentada en la plaza donde la luz marca la diferencia entre la noche y la madrugada, entre el hombre hecho Dios, y el dios hecho Poder, entre la Soledad que acompaña y el desprecio del ingrato.
Mírenla…
ya el tiempo se le vistió de ceniza y anda persiguiendo como loca pariguelas por los garabatos de los callejones de su vida.
Con una mano tapando su boca y la otra recogiendose el manto de la sensatez.
Mírenla…
como va buscando en el roce del antifaz sobre sus labios, el castigo hiriente de la ortiga, para que así nada sea un espejismo, un hermoso y tentador espejismo. Para que la realidad de esta muerte que una vez más nos redime de nosotros mismos, borre de un plumazo todas nuestras dudas.
Mírenla…
como arroja a las aguas del perdón las treinta monedas con las que queremos traicionarla. y aparta de nuestra memoria la sombra dura de la higuera de muerte que merecemos.
Mírenla…
con los pies desnudos, perdida por la oscuridad que sólo sabe quebrar la llama dulce del cirio hermano. Con los brazos extendidos, buscando desesperada la cruz que pide su hombro. La cruz que es nuestra pero que quiere tatuar en su piel.
Mírenla…
en el puente donde el viento hace de pavero de las estrellas cuando la valiente sale de su casa y triana se queda sola.

Porque siempre fue ella.
la eterna,
la dulce,
la que te enseñó que la vida es una cuadrilla de vivencias al golpe del llamador de su boca.

Siempre fue ella la que buscó en tu Sed, su propia Sed para amamantar deseos y consuelos.
Siempre fue ella la que quizo ver a Dios encarnado cruzar la Calzá, y el susurro de una mujer que sabe que tiene frente a ella a un hombre justo.
Siempre fue ella la que hizo de la muerte el testimonio de vida que convierte en fiesta el luto de la pasión.
Siempre fue ella la que no puede dejar de sentir el presentimiento de las plumas blancas que ejecutan la más injustas de las sentencias
Siempre fue ella la que llora ese viernes de dolores que es el comienzo de que ya se termina todo
Siempre fue ella la que te enseñó que siete días son siete puñales de gozo que sólo cicatrizan en el bucle de la espera.

Por eso, ya está aquí, mordiendo las hojas del almanaque con una boca que besa y muerde manzanas del arbol del bien y de mal.

Mirenla…
es Sevilla y un año más nos está esperando.

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6 comentarios en “Mírenla

  1. Quisiera hablarte y no me atrevo,
    por si creyeras que al hacerlo miento.
    Por eso callo todo lo que siento,
    aunque al callar el corazón remuevo.

    En el silencio la inquietud elevo.
    Y juro que quisiera con tu acento
    hacerlo, darte mi agradecimiento,
    y volver a decírtelo de nuevo.

    Si de una vez todo lo dijera,
    sin duda dirías que exagero,
    pero seguro corto quedaría,

    ya que hasta tu voz paró el aguacero
    que nos acompañó terco todo el día
    haciendo de estas nubes primavera.

    Gracias de nuevo Rosa. No puedes imaginar lo que he gozado releyéndolo de nuevo.

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