Sin remordimientos 

 

 Y como no le pidió que fuera la dueña de sus instantes   

ella volvió a rezar lo que rezaba cada noche: 

“por favor, ven a salvarme de ti”. 

 

Mientras, 

desabrochó uno a uno los botones de su cordura, 

para que cuando desenredara los garabatos de sus silencios, 

él, 

   a cambio, 

                  pudiera llamarle sin pudor, 

                                                            único amor eterno de este mes.

Y así poder empezar a olvidarla sin remordimientos, 

mientras ella no podrá entender

por qué enamorarse es no sentirse nunca a salvo.

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