Cenicienta 

(Para Mercedes De Pablo,
de la que me queda tanto que aprender…)

  

 

Te han mentido.

No era yo la que corría cuando en el reloj

comenzaron a sonar las doce campanadas.

Ni la que aturdida y temerosa del castigo

tropezó en aquel tercer escalón perdiendo un zapato.

Ni era mi cintura la que abrazabas

a las órdenes de ese decadente vals.

(Un, dos, tres, un, dos, tres)

Ni fueron mis ojos los que a la inminencia del beso,

se cerraron cautelosos.

 

Sí, yo estuve en aquella fiesta,

y bailé hasta pasadas las cuatro de la madrugada.

Lamí cada acorde que intentaba parecerse a Clapton,

aunque realmente sonaban como el odioso Strauss.

 

Sí, llevaba un traje ceñido,

demasiado,

aunque no lo hicieron ratones,

lo compré en unos grandes almacenes

y no era de seda vaporosa,

era de un vulgar y obsceno encaje negro

que biografiaba mi cuerpo sin piedad.

Bendito sea…

 

Tampoco llegué en una carroza

con un sospechoso parecido a una calabaza.

Llegué en un sucio taxi que olía a tabaco.

Y la única hada madrina que conozco

fue la que no se tenía en pie cuando llegué.

Eso sí,

las doce campanadas las escuché

con el primer gintonic entre risas.

 

Por eso,

no sé muy bien qué estás haciendo aquí,

con ese incomodísimo zapato de cristal

pretendiendo que meta mi pobre pie.

¿En serio, estás convencido de que llevaba años

esperando a que vinieras a darle sentido a mi vida?

Pobre príncipe.

Lo siento muchísimo,

pero creo te has equivocado de puerta, cariño.

De todos modos, entra.

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4 comentarios en “Cenicienta 

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