Okupas de mi imaginación

Artículo publicado en Andalucía Información el jueves 31 de marzo de 2016

carpantaSi usted, como yo, coquetea con la cincuentena, ya sea para arriba o para abajo, sabrá que cuando decimos Escobar, sólo se puede hablar de dos mitos. Uno el almeriense Manolo que buscaba su carro desesperadamente cual magdalena de Proust, y el otro el genio catalán creador de Zipi y Zape y de Carpanta, José Escobar Valiente, del que hoy se cumplen veintidós años de su muerte.

Aunque el primero merece un tratado sociológico como poco, me van a permitir que me quede con el último hoy. El mago que me dibujó la infancia en color, cuando la televisión jugaba en regional con unos pobres Gabi, Fofó, Miliki y Fofito en blanco y negro, empeñados en hacerme cercano un circo al que jamás he sido aficionada. Yo prefería leer las travesuras de los gemelos vestidos de rojo, y las desventuras de aquel pobre y hambriento Carpanta, que rociaba con un spray con olor a pollo a un zapato viejo para delicia de su desamparado estómago. Como un dulce homenaje a Chaplin, en La quimera del oro (1925) y aquel guiso de zapato.

Fui, y soy una devoradora de tebeos. Repito, de tebeos. No de cómics. Que cuando yo era pequeña no gastábamos de eso. A la puerta de mi casa venía el Bibliobus todos los jueves por la tarde. Aquel pequeño microbús tuneado con unas estanterías llenas de libros y tebeos me enseñó, jueves a jueves que Carpanta era más que un personaje cómico. Que Escobar en cada trazo de aquella barba desaliñada y esos ojos ansiosos, había resumido toda la tristeza de una España hambrienta de pan y rosas que se intentaba sacudir los escombros de la postguerra. Y en aquellos gemelos a los que su padre les regalaba una bicicleta por trozos plasmados en aquellos vales, que iban y venían del bolsillo de don Pantuflo Zapatilla según las notas de Zipi y de Zape, estábamos dibujados todos los niños de los años sesenta, que soñábamos con la bicicleta como culmen del éxito.

Escobar me llevó de la mano, hasta Dickens, hasta Mark Twain, hasta Salgari y de ellos hasta aquí. Del dedo mojado para pasar las páginas del tebeo, al billete de tren como señalador de páginas. De la relectura en bucle de aquellas viñetas como ventanas abiertas para okupas en mi imaginación, al refugio de mis lecturas de siempre. De la niña que se construyó un mundo entre líneas, a la mujer madura a la que le ocurre lo mismo.

Gracias maestro.

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