¡Sentir tu sed y no saber aliviarla! (Ángel Boyer)

Pregón de la Anunciación de la Semana Santa en la Hermandad de la Sed. 26 de marzo de 2017

 

(Antes de empezar además obviamente de saludar le agradecí a Moncayo la estampa que cada Martes Santo se dibuja en la Redención por el recibimiento a mi Virgen es culpable de que el antifaz se me empape. Y a Abel le dije que por primera vez un nazareno de San Benito no sólo ha visto pasar con gusto a San Esteban por delante suya sino que e incluso no tenía prisa)

 

La noche ha caído sin solución de continuidad.

La larga y ordenada hilera de nazarenos en blanco y negro anuncia que la Hermandad vuelve desde la parte antigua de la ciudad.

Vuelve a ese barrio elegante y definido que un siglo atrás amplió la esencia de la urbe, dotándole de una nueva personalidad que la gente de Nervión guarda celosamente en su forma de vivir dia a día.

Los primeros tramos traen a los más pequeños, a los que deben ser garantía del futuro de la propia Hermandad.

Que para eso, padres y madres los acompañan.

Ida y vuelta.

Los padres cansados pero con orgullo satisfecho.

Los nazarenitos incansables, contentos y capaces de seguir más y más hasta el final.

Poco a poco la cofradía va saliendo por la antigua puerta de la ciudad.

Siempre con un orden admirable como si acabara de formar.

Y va tomando contacto con un anticipo de lo que les espera, el Barrio de la Calzá como antesala de su propia vencidad.

Aún no se apagaron los sones que a la ida, recién puesta la cofradía en la calle con el sol dueño absoluto de la mañana, redoblaron por estas esquinas tan mías rompiendo afortunadamente el silencio nostálgico que en la mañana del miércoles santo se adueña de la vieja calle Oriente, una vez que ésta, mi Hermandad, y yo con ella consumimos la gloria que cada Martes Santo esperamos  alcanzar

Por eso para evitar esa nostalgia con la satisfacción que el cansancio que aún en mi cuerpo me recuerda lo vivido, he venido a verte pasar, sabiendo lo que esos hermanos deben sentir bajo ese negro antifaz, con la luz del sol dominando y marcando el camino hacia la Catedral.

Y apenas ha pasado por mi retina tan hermosa estampa cuando ya nuevamente, con la oscuridad ocupando todos los poros de la ciudad, vuelve a transitar la hermandad con la serenidad y el gozo que proporciona el saber que la misión se va a cumplir.

Que la estación de penitencia acaba como empieza, al abrigo del calor de los suyos y con un discurrir ejemplar.

La Calzá como tierra de paso y a su vez de acogida, eterno puente entre antiguas murallas y nuevos horizontes.

En estos pensamientos se consuma la espera cuando el sonido, la cera encendida y  el bullicio me hacen saber que El está llegando para reflejar sobre las paredes sombras que parecen alargar aún más su padecer y que a mí me hacen plantearme siempre la misma pregunta…

La canastilla dorada se acerca portándote con tu mirada implorante.

Y aquí, en mi casa de la Calzá, frente a los antiguos caños que traían el agua a la ciudad romana, te espero.

Y nuevamente, cuando te tengo enfrente, la angustia me atenaza.

¿Cómo no somos capaces de calmar esta necesidad tuya, Señor?

¿Por qué, año tras año, sigo viéndote implorante cuando mi casa está a disposición tuya y de tus hermanos para alivio en tan larga estación de penitencia?

Quizás he tenido que llegar a este punto de mi vida para empezar a comprender mi torpeza.

Y al igual que he tardado en entender el llanto bajo de La que es mi pasión y me convierte el Martes Santo en anhelos de eternidad, entiendo ahora que tu sed es de falta de respuestas,

es de falta comprensión,

falta solidaridad

y falta de humildad.

 

Santísimo Cristo de la Sed, ¡perdóname! y llévate mi compromiso de intentar aliviar en algo tu padecer.

¡Dejadme, nazarenos de Nervión, que con modestia y humildad sea capaz de aprender a quererle como vosotros le queréis!

¡Dejadme aprender también de vosotros cuando, a través de tan ejemplar Hermandad, buscáis consuelo para esa Sed que en la vida diaria sienten tantos y tantos hermanos!

Nazarenos que vais desfilando ante mí, dejadme aprender de vosotros todas esas cosas pues si no, ¿qué sentido tendría a estas alturas mi vida?

Nazarenos de Nervión, decidme cómo puedo llegar a aliviar el sufrimiento del que delante de mí está.

Nazarenos de Nervión no me toméis como un intruso o un mero lisonjero, que por estar aquí sentado se ve obligado a halagaros sin más.

Sino más bien mirad en mí a alguien que ha comprendido que muchas veces el propio dolor se alivia ayudando a los demás.

Y sabiendo eso, sólo le queda rendirse ante la hermosa labor que a través de vuestras acciones sois capaces de realizar, en ayuda y consuelo de tantos y tantos en hoy en su día a día sólo encuentran  dificultad.

Pues si grande es esta Cofradía, id cualquier día del año allí  a su casa y descubriréis que aún es más grande la  Hermandad.

Querida Hermandad de Nervión,

desde tu Hermano Mayor, al más joven de tus hermanos, gracias por darme la oportunidad de dirigirme a vosotros con el corazón desnudo como hasta ahora sólo lo he mostrado allí en mi casa de la Calzá ante mi Señor Presentado, Exhausto en su Sangre y mi Virgen de la Encarnación,  que es capaz de conjugar dulzura y llanto desconsolado.

Gracias por dejarme sentir y recordar que allí en la Gran Plaza también mis sufrimientos fueron escuchados y aliviados más de una vez, aunque hasta hoy esto sólo lo sabían vuestro Cristo y su Madre de mirada celestial.

Mientras te alejas Señor, y aguardo la llegada de Ella, me vienen a la cabeza mis creencias y vivencias infantiles.

Pensaba entonces como los primeros navegantes, que la tierra era plana y empezaba aquí en este mismo lugar donde ahora estoy viéndote pasar y al que volví como hijo pródigo  para no marcharme jamás.

Ese mundo por descubrir terminaba allá por la Ciudad Jardín, donde vivían y viven aquellos que son parte de mi familia y que, Miércoles santo tras Miércoles santo, entre tus filas, llevan el orgullo de la gente de tu barrio.

En esos tramos tengo caras conocidas, gente amiga,

por mi muy queridas, alegría a la salida y cansancio elegante a la vuelta.

Ese planeta que se movía entre dos fronteras, fue creciendo a la vez que yo también lo hacía.

Primeras correrías y salidas con los amigos, cine Nervión, cine Cruz del Campo, Ponderosa, Parrilla, Recreativos Nevada, Piscina Sevilla, Pastelería Sixto donde los mejores pasteles de comunión fueron comprados, Doctor Guija… Instituto Martínez Montañes, El Castillo…

Y para ello recorriendo calles serenas, con casas con nombres femeninos en azulejos y que a mí se me antoja que se transformaban en vecinas sentadas en la puerta de las casas, para veros pasar un viernes de Dolores.

La Madre al pie de su Hijo llevando consuelo a los puntos vitales que marcan el universo del Barrio, San Juan de Dios, la Cárcel…

Calles sencillas de vecinos modestos y gente de verdad, Melchor Gallegos, Mariano Benlliure, Rico Cejudo…  aquí doy fe de ello pues nombres y apellidos me avalan.

Calles bulliciosas llenas de tiendas y vitalidad, Marqués de Pickman, la propia avenida Eduardo Dato, avenida Ciudad Jardin, Cruz del Campo… o Cruzcampo, que es la advocación pagana de esta ciudad.

Calles alargadas, serenas casi secretas en su comienzo y final…, Marqués de Nervión, Cardenal Lluch…

Y la que siempre usaba para esas tardes de cine y después de instituto, como era la propia calle  Beatriz de Suabia, calle por las que esas risas y algarabía infantil ahora las he cambiado por silencio en mi pasear.

Pues confieso que a veces  hoy cuando la recorro lo hago en solitario sin decir nada, porque así puedo sentir como el aire te cuenta cómo se funda y construye un barrio. Cómo Sevilla se inventa a sí misma sin artificios ni recetas extrañas.

Sólo con la capacidad de aglutinar a sus gentes en torno a los mismos puntales que durante siglos mantienen a la ciudad como forma de vida soñada, que constituyen las claves de su propia esencia, y permiten que esos nuevos vecinos sigan sintiéndose tan hijos de ella como aquellos que les antecedían allí donde la memoria se pierde entre calles empedradas.

…y mientras mis años iban pasando e iban explorando este primer universo de los que integran esa constelación que es nuestra ciudad, esa navegación siempre presentaba un epicentro, siempre un punto de referencia,

erguida, elegante, mirando de frente como unos brazos abiertos a su gente.

La Iglesia de Nervión.

Como siempre la llamamos en mi casa y a la que como ya os dije retorné en momentos de desazón buscando precisamente ese consuelo que da nombre a vuestra sublime Advocación.

De pronto los ciriales y la música me devuelven a la realidad.

Llega la Virgen erguida que mira al dolor de frente.

Con el color de su mirada que cuando salía competía con el color del cielo que envolvía la mañana.

La Virgen de Consolación está llegando, lo hace con cortesía a los sones de la marcha compuesta en honor de La que aquí en la vieja calle Oriente,  reside y a la que tanto le debo…

Lo hace andando valientemente y de forma dulce.

Como sólo sus hijos saben llevarla.

Bajo palio coronado de fuentes de salud.

Pues no hay mejor receta y alivio para nuestros pecados que su propio consuelo.

La Virgen de Consolación con una sola mirada, le dijo al cielo por la mañana cuando sale, cómo es el azul del sueño de los sevillanos.

Y con la luz del sol asomando a verla, se ha trenzado un radiante palio dorado…

La Virgen de Consolación lleva el más hermoso manto que jamás se hubiera diseñado. Prendado al terciopelo los anhelos de su gente, cosidos, los suspiros de los enfermos que para alivio de sus males esta misma mañana visitó. Como cenefa, las oraciones de las hijas que en su travesía le han acompañado y vuelven orgullosas de ver como en el resto de la ciudad de piropos la colman.

La Virgen de Consolación se marcha con un secreto mío bien guardado.

Lleva parte de mi infancia y el consuelo que ya hombre, más de una vez he buscado y ella ha querido otorgarme….

Y aunque nadie lo crea, al pasar una sonrisa en sus labios le he atisbado al ver que estoy en mi casa junto a los míos y me dice:

-Así me gusta hijo, verte acompañado y protegido. (¿Verdad, Rosa?). Pues nada deben temer los que me han buscado y necesitado.

 

La Virgen de Consolación ha pasado en mi rostro la huella de su consuelo me ha dejado bordada.

Con Ella se van los recuerdos de tiempo que ya pasó, que fue y que en mí hasta este momento guardé.

Que hoy por primera vez comparto y aunque nazareno de la Calza moriré, no os extrañe verme deambular más de una tarde por tan queridas calles que he citado, pues quizá esté buscando en ellas parte de mi niñez ya que se me antojan que esos recuerdos sean la antesala de la gloria eterna que si Dios quiere y si su Madre intercede por mí ante Él, al final de mis días podré alcanzar.

De manera que ese devenir sea el gozo de un nazareno de capa blanca y antifaz morado de San Benito que, aunque su estación de penitencia haya acabado, nuevamente ve renovada sus ilusiones por el transitar de vuestra cofradía a la que, desde que le alcanza el conocimiento y sin ser hermano de ella, algo siempre le unió y le unirá.

 

He dicho

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