Se acabó

Hay mensajes de WhatsApp que no debes quedarte para ti sola. Mensajes que son un grito de auxilio entre tanta bella tristeza. La tristeza de lo que se acaba… La vida es una semana, y nosotros unos náufragos cuando termina, aunque resucitemos.

Gracias, amor, por enseñarme tanta belleza. 

He cerrado la caja suavemente y la he guardado. Dentro están todas esas horas de felicidad que ahora ausentes me hieren y me hacen sentirme solo y perdido. Sé que estas ausencias las venceré cuando vuelva a recogerte y pasee por esos rincones donde hasta hace tan sólo unas pocas horas fuimos más que nunca el uno del otro.
Entonces podré traer a mi memoria los dorados del cielo hechos altares.
Los azules de las tardes y noches bordados al realce.
Los rojos de las flores en alivio de los de la Sangre y de los llantos desconsolados.
Los verdes de los jardines y las calas empequeñecidos por el tono de la Esperanza.
Los olores hechos almas etéreas que se eternizarán buscando los cielos perdidos.
Esto mañana volverá a mí en forma de recuerdos y de confianza de que nuevamente volverán a ser en mis días.
Pero hoy no, hoy sólo puedo sentir tanta ausencia que tengo que empezar desde el principio para mitigarla.

 

Ángel Boyer

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¡Sentir tu sed y no saber aliviarla! (Ángel Boyer)

Pregón de la Anunciación de la Semana Santa en la Hermandad de la Sed. 26 de marzo de 2017

 

(Antes de empezar además obviamente de saludar le agradecí a Moncayo la estampa que cada Martes Santo se dibuja en la Redención por el recibimiento a mi Virgen es culpable de que el antifaz se me empape. Y a Abel le dije que por primera vez un nazareno de San Benito no sólo ha visto pasar con gusto a San Esteban por delante suya sino que e incluso no tenía prisa)

 

La noche ha caído sin solución de continuidad.

La larga y ordenada hilera de nazarenos en blanco y negro anuncia que la Hermandad vuelve desde la parte antigua de la ciudad.

Vuelve a ese barrio elegante y definido que un siglo atrás amplió la esencia de la urbe, dotándole de una nueva personalidad que la gente de Nervión guarda celosamente en su forma de vivir dia a día.

Los primeros tramos traen a los más pequeños, a los que deben ser garantía del futuro de la propia Hermandad.

Que para eso, padres y madres los acompañan.

Ida y vuelta.

Los padres cansados pero con orgullo satisfecho.

Los nazarenitos incansables, contentos y capaces de seguir más y más hasta el final.

Poco a poco la cofradía va saliendo por la antigua puerta de la ciudad.

Siempre con un orden admirable como si acabara de formar.

Y va tomando contacto con un anticipo de lo que les espera, el Barrio de la Calzá como antesala de su propia vencidad.

Aún no se apagaron los sones que a la ida, recién puesta la cofradía en la calle con el sol dueño absoluto de la mañana, redoblaron por estas esquinas tan mías rompiendo afortunadamente el silencio nostálgico que en la mañana del miércoles santo se adueña de la vieja calle Oriente, una vez que ésta, mi Hermandad, y yo con ella consumimos la gloria que cada Martes Santo esperamos  alcanzar

Por eso para evitar esa nostalgia con la satisfacción que el cansancio que aún en mi cuerpo me recuerda lo vivido, he venido a verte pasar, sabiendo lo que esos hermanos deben sentir bajo ese negro antifaz, con la luz del sol dominando y marcando el camino hacia la Catedral.

Y apenas ha pasado por mi retina tan hermosa estampa cuando ya nuevamente, con la oscuridad ocupando todos los poros de la ciudad, vuelve a transitar la hermandad con la serenidad y el gozo que proporciona el saber que la misión se va a cumplir.

Que la estación de penitencia acaba como empieza, al abrigo del calor de los suyos y con un discurrir ejemplar.

La Calzá como tierra de paso y a su vez de acogida, eterno puente entre antiguas murallas y nuevos horizontes.

En estos pensamientos se consuma la espera cuando el sonido, la cera encendida y  el bullicio me hacen saber que El está llegando para reflejar sobre las paredes sombras que parecen alargar aún más su padecer y que a mí me hacen plantearme siempre la misma pregunta…

La canastilla dorada se acerca portándote con tu mirada implorante.

Y aquí, en mi casa de la Calzá, frente a los antiguos caños que traían el agua a la ciudad romana, te espero.

Y nuevamente, cuando te tengo enfrente, la angustia me atenaza.

¿Cómo no somos capaces de calmar esta necesidad tuya, Señor?

¿Por qué, año tras año, sigo viéndote implorante cuando mi casa está a disposición tuya y de tus hermanos para alivio en tan larga estación de penitencia?

Quizás he tenido que llegar a este punto de mi vida para empezar a comprender mi torpeza.

Y al igual que he tardado en entender el llanto bajo de La que es mi pasión y me convierte el Martes Santo en anhelos de eternidad, entiendo ahora que tu sed es de falta de respuestas,

es de falta comprensión,

falta solidaridad

y falta de humildad.

 

Santísimo Cristo de la Sed, ¡perdóname! y llévate mi compromiso de intentar aliviar en algo tu padecer.

¡Dejadme, nazarenos de Nervión, que con modestia y humildad sea capaz de aprender a quererle como vosotros le queréis!

¡Dejadme aprender también de vosotros cuando, a través de tan ejemplar Hermandad, buscáis consuelo para esa Sed que en la vida diaria sienten tantos y tantos hermanos!

Nazarenos que vais desfilando ante mí, dejadme aprender de vosotros todas esas cosas pues si no, ¿qué sentido tendría a estas alturas mi vida?

Nazarenos de Nervión, decidme cómo puedo llegar a aliviar el sufrimiento del que delante de mí está.

Nazarenos de Nervión no me toméis como un intruso o un mero lisonjero, que por estar aquí sentado se ve obligado a halagaros sin más.

Sino más bien mirad en mí a alguien que ha comprendido que muchas veces el propio dolor se alivia ayudando a los demás.

Y sabiendo eso, sólo le queda rendirse ante la hermosa labor que a través de vuestras acciones sois capaces de realizar, en ayuda y consuelo de tantos y tantos en hoy en su día a día sólo encuentran  dificultad.

Pues si grande es esta Cofradía, id cualquier día del año allí  a su casa y descubriréis que aún es más grande la  Hermandad.

Querida Hermandad de Nervión,

desde tu Hermano Mayor, al más joven de tus hermanos, gracias por darme la oportunidad de dirigirme a vosotros con el corazón desnudo como hasta ahora sólo lo he mostrado allí en mi casa de la Calzá ante mi Señor Presentado, Exhausto en su Sangre y mi Virgen de la Encarnación,  que es capaz de conjugar dulzura y llanto desconsolado.

Gracias por dejarme sentir y recordar que allí en la Gran Plaza también mis sufrimientos fueron escuchados y aliviados más de una vez, aunque hasta hoy esto sólo lo sabían vuestro Cristo y su Madre de mirada celestial.

Mientras te alejas Señor, y aguardo la llegada de Ella, me vienen a la cabeza mis creencias y vivencias infantiles.

Pensaba entonces como los primeros navegantes, que la tierra era plana y empezaba aquí en este mismo lugar donde ahora estoy viéndote pasar y al que volví como hijo pródigo  para no marcharme jamás.

Ese mundo por descubrir terminaba allá por la Ciudad Jardín, donde vivían y viven aquellos que son parte de mi familia y que, Miércoles santo tras Miércoles santo, entre tus filas, llevan el orgullo de la gente de tu barrio.

En esos tramos tengo caras conocidas, gente amiga,

por mi muy queridas, alegría a la salida y cansancio elegante a la vuelta.

Ese planeta que se movía entre dos fronteras, fue creciendo a la vez que yo también lo hacía.

Primeras correrías y salidas con los amigos, cine Nervión, cine Cruz del Campo, Ponderosa, Parrilla, Recreativos Nevada, Piscina Sevilla, Pastelería Sixto donde los mejores pasteles de comunión fueron comprados, Doctor Guija… Instituto Martínez Montañes, El Castillo…

Y para ello recorriendo calles serenas, con casas con nombres femeninos en azulejos y que a mí se me antoja que se transformaban en vecinas sentadas en la puerta de las casas, para veros pasar un viernes de Dolores.

La Madre al pie de su Hijo llevando consuelo a los puntos vitales que marcan el universo del Barrio, San Juan de Dios, la Cárcel…

Calles sencillas de vecinos modestos y gente de verdad, Melchor Gallegos, Mariano Benlliure, Rico Cejudo…  aquí doy fe de ello pues nombres y apellidos me avalan.

Calles bulliciosas llenas de tiendas y vitalidad, Marqués de Pickman, la propia avenida Eduardo Dato, avenida Ciudad Jardin, Cruz del Campo… o Cruzcampo, que es la advocación pagana de esta ciudad.

Calles alargadas, serenas casi secretas en su comienzo y final…, Marqués de Nervión, Cardenal Lluch…

Y la que siempre usaba para esas tardes de cine y después de instituto, como era la propia calle  Beatriz de Suabia, calle por las que esas risas y algarabía infantil ahora las he cambiado por silencio en mi pasear.

Pues confieso que a veces  hoy cuando la recorro lo hago en solitario sin decir nada, porque así puedo sentir como el aire te cuenta cómo se funda y construye un barrio. Cómo Sevilla se inventa a sí misma sin artificios ni recetas extrañas.

Sólo con la capacidad de aglutinar a sus gentes en torno a los mismos puntales que durante siglos mantienen a la ciudad como forma de vida soñada, que constituyen las claves de su propia esencia, y permiten que esos nuevos vecinos sigan sintiéndose tan hijos de ella como aquellos que les antecedían allí donde la memoria se pierde entre calles empedradas.

…y mientras mis años iban pasando e iban explorando este primer universo de los que integran esa constelación que es nuestra ciudad, esa navegación siempre presentaba un epicentro, siempre un punto de referencia,

erguida, elegante, mirando de frente como unos brazos abiertos a su gente.

La Iglesia de Nervión.

Como siempre la llamamos en mi casa y a la que como ya os dije retorné en momentos de desazón buscando precisamente ese consuelo que da nombre a vuestra sublime Advocación.

De pronto los ciriales y la música me devuelven a la realidad.

Llega la Virgen erguida que mira al dolor de frente.

Con el color de su mirada que cuando salía competía con el color del cielo que envolvía la mañana.

La Virgen de Consolación está llegando, lo hace con cortesía a los sones de la marcha compuesta en honor de La que aquí en la vieja calle Oriente,  reside y a la que tanto le debo…

Lo hace andando valientemente y de forma dulce.

Como sólo sus hijos saben llevarla.

Bajo palio coronado de fuentes de salud.

Pues no hay mejor receta y alivio para nuestros pecados que su propio consuelo.

La Virgen de Consolación con una sola mirada, le dijo al cielo por la mañana cuando sale, cómo es el azul del sueño de los sevillanos.

Y con la luz del sol asomando a verla, se ha trenzado un radiante palio dorado…

La Virgen de Consolación lleva el más hermoso manto que jamás se hubiera diseñado. Prendado al terciopelo los anhelos de su gente, cosidos, los suspiros de los enfermos que para alivio de sus males esta misma mañana visitó. Como cenefa, las oraciones de las hijas que en su travesía le han acompañado y vuelven orgullosas de ver como en el resto de la ciudad de piropos la colman.

La Virgen de Consolación se marcha con un secreto mío bien guardado.

Lleva parte de mi infancia y el consuelo que ya hombre, más de una vez he buscado y ella ha querido otorgarme….

Y aunque nadie lo crea, al pasar una sonrisa en sus labios le he atisbado al ver que estoy en mi casa junto a los míos y me dice:

-Así me gusta hijo, verte acompañado y protegido. (¿Verdad, Rosa?). Pues nada deben temer los que me han buscado y necesitado.

 

La Virgen de Consolación ha pasado en mi rostro la huella de su consuelo me ha dejado bordada.

Con Ella se van los recuerdos de tiempo que ya pasó, que fue y que en mí hasta este momento guardé.

Que hoy por primera vez comparto y aunque nazareno de la Calza moriré, no os extrañe verme deambular más de una tarde por tan queridas calles que he citado, pues quizá esté buscando en ellas parte de mi niñez ya que se me antojan que esos recuerdos sean la antesala de la gloria eterna que si Dios quiere y si su Madre intercede por mí ante Él, al final de mis días podré alcanzar.

De manera que ese devenir sea el gozo de un nazareno de capa blanca y antifaz morado de San Benito que, aunque su estación de penitencia haya acabado, nuevamente ve renovada sus ilusiones por el transitar de vuestra cofradía a la que, desde que le alcanza el conocimiento y sin ser hermano de ella, algo siempre le unió y le unirá.

 

He dicho

Fernando

In memoriam Fernando Carrasco

captura-de-pantalla-2017-03-01-13-38-46Ya sabes que siempre he tenido mi propia medida del tiempo. Una medida a medida, valga la redundancia, que en esta ciudad es ley. Por eso he tardado un año en escribirte. Un año en el que he hablado mucho de ti, con nuestra Libia, con Ángel, con Esperanza, pero mis manos no eran capaces de escribirte ni una línea. Y quiero hacerlo ahora que se acerca la fecha del aniversario de la muerte más absurda que he vivido. Y es que aunque la muerte no es el final, lo sabemos lo creyentes, la despedida, el vivir sin verte, sin escucharte, sin leerte, ay amigo, eso si es un final absurdo. Lento e ingrato. Injusto, muy injusto. Y tú sabes bien, Fernando, que nunca he podido con las injusticias.

He dejado pasar un año para acariciar las letras de este teclado que tantas veces te escribía de lo cotidiano, para escribirte de lo eterno. Un año en el que se ha cumplido la profecía de que el mundo es menos divertido sin ti, menos vital, menos mundo… Sin embargo, he podido comprobar que la ausencia no hace el anonimato, y tu presencia es brutal, diaria, acogedora… Porque, Fernando, paseo por tu ciudad y te me haces presente en cada esquina. En el encuentro de un amigo, en el sonido de una marcha, en el escaparate de una librería, y en el inicio de esta bendita locura nuestra que dura cuarenta días en los que Sevilla se va despertando del letargo del invierno duro sin incienso. Y tú ahí, con tu sonrisa, con tus buenas maneras de hombre noble y respetado, el hombre que esculpía a Dios. Con ese abrazo grande de hermano… Como si nada hubiera pasado. Como si todavía fuéramos esos niños que pedaleaban sin descanso (¿Verdad Tolio, Julio?) por las calles de Valencina. O esos chavales que jugaban a ser actores bajos tus órdenes en aquellos de veranos de teatro. O esos adultos que se pasaron de amigos a editora y autor, rompiendo el mito de que no son compatibles ambos estados. Presente, tan presente que esta pena es una pena sin cuartada, sin permisos.

Cuarenta años de amistad no me caben aquí. Porque no nos cabía a los dos en nuestras conversaciones, en nuestras peleas de hermanos pequeños, en nuestros miedos de adultos canosos… No me cabe la pena en el peor artículo que te he podido escribir en mi vida, a ti, que me escribiste las mejores novelas… Ni pasado un año, Fernando, ni pasado un año…

Manolita Chen

Ay Manolita… Te confieso que yo sí era una niña de las que soñaba escaparse con el circo. Como aquel asustado Chaplin en El circo (1928) que huía de la policía, yo también huía de mis miedos y quería formar parte del show. Pero no del circo de animales enjaulados y payasos tristes. No, no, no… yo quería escaparme con el tuyo, con el que nos mostrabas en el cartel de vivos colores donde mujeres bellísimas sonreían apoyadas sensualmente sobre la leyenda: El circo chino de Manolita Chen. Ése era el circo al que yo quería ir, y al que mi madre me decía que no. Que eso no era un circo, que era otra cosa. ¿Otra cosa? Y tanto que era otra cosa. Era el despertar de la sensualidad en las adolescentes que mirábamos con envidia aquellas piernas infinitas, y con coraje a los chicos que embobados se quedaban delante de la taquilla. Y nosotras, niñas de uniformes a cuadros, con las camisas arremangadas en la primavera sevillana que empezaba a oler a feria, queríamos ser vedettes aunque hubiera que casarse con un chino. Bajar por las escaleras de oro y metacrilato cantando, con un tocado de largas plumas y tacones de vértigo. Escaparnos contigo, Manolita, escaparnos y vivir la aventura del circo.chen3

Pero ahora eres tú la que te has escapado de un mundo que no ha sabido darte ni siquiera un adiós lleno de glamour. Iluminar tu nombre con la fuerza que lo hacía Sevilla en Tablada. Y además no fueron los últimos años buenos tiempos para ti. Hubo hasta quien robó tu nombre y tu fama para convertirlo en algo mediocre, (porque la genialidad no se puede robar, ni siquiera imitar) mientras tu circo languidecía de ciudad en ciudad. Las luces de la pista se iban fundiendo, porque ya nadie se quedaba preso del sueño sicalíptico de tus chicas. Y nos fuimos olvidando poco a poco de ti porque así somos el público, caprichoso y volandero. Por eso, cuando me ha llegado la noticia de tu muerte, he imaginado que el circo recogía su lona y cargaba los camiones en busca de otra ciudad, de otra función, de otro número especial de chicas. Y me he puesto muy triste, porque mi querida Manolita Chen, me he dado cuenta de que la última oportunidad de escaparme con el circo se me iba contigo.

Triclinium

Artículo publicado el 29 de diciembre de 2016 en Andalucía Información (Viva Sevilla)

Cubierta_Triclinium_26,7mm_031016.inddEn estos días de comidas excesivas, y programas donde el arte de la gastronomía se reduce a la parafernalia ridícula de un concurso, me encuentro con la gratísima noticia de que a mi querida Almudena Villegas (una de las profesionales más reconocidas dentro del panorama gastronómico internacional), Edouard Cointreau, presidente de Gourmand World Cookbook Awards y Cordon Bleu, le ha comunicado la concesión del premio a su novela “Triclinium, Apicio el precio de la ambición en Roma”, de este modo competirá con el resto de los ganadores de otros países por el título a la mejor obra de gastronomía del mundo. Del mundo, sí señor. Ahí es nada. Una vez más se demuestra que en este país sabemos hacer las cosas bien, y en esta tierra andaluza, las hacemos mejor aún.

Almudena que lleva años demostrando ser un referente en el mundo gastronómico mundial, estaba enamorada desde el inicio de su carrera de Apicio. Un personaje real al que dedicó su tesis, y parte de su obra posterior. Pero en este año que cerramos, hizo algo más. Decidió contar la vida de este apasionante personaje a través de una novela. Y claro, no podía ser de otra forma, quien sabe bien de la alquimia de los sabores, no podría desconocer la forma de cocinar palabras para convertir esta obra en una verdadera delicia.

Obviamente ustedes saben que escribo esto para recomendarles su lectura. Pero hay más. No la devoren sin saborearla. Léanla sorbo a sorbo. Recorran las líneas sobre las que bailan los pequeños pies de Apicata, o del pequeño Estrabón. Escuchen el estruendo de las botas sobre el mármol, o el susurro de las sedas sobre el cuerpo de Claudia Prócula. Y sobre todo, abran su corazón al desconocido Apicio. Entiendan sus ambiciones y sus miedos. Amante de la mesa refinada y consejero del emperador Tiberio, al que se le atraganta la vida cuando su yerno, Sejano, avasalla su apacible mundo. Una novela delicada y cruel. Sibarita y descarnada. Hermosa por lo que cuenta y cómo lo cuenta… En resumen, realmente merecedora del premio Gourmand World Cookbook Awards. Crucemos los dedos y dejemos que se cumpla nuestro deseo.

Feliz año nuevo a todos.

Sillas vacías

Artículo publicado el 22 de diciembre de 2016 en Andalucía Información (Viva Sevilla)

(Para Libia, por darme una gran lección de fuerza)

2013-09-12 07.35.49Aunque las ausencias no tienen nada que ver con las hojas del almanaque, no podemos negar que en estas fiestas tan familiares algunas de estas ausencias escuezan más que nunca. El discurrir de los años es como una estación de tren con las pantallas de salidas y llegadas siempre en movimiento. Despedimos y recibimos a las personas que van configurando el paisaje de nuestra vida asumiendo que es irremediable, y endureciendo nuestro corazón con la absurda idea de que dolerá menos. Y a veces es así…, no le digo que no.

Y en estas fechas, en las que (a pesar de que muchos se empeñen en obviarlo) celebramos el nacimiento de Jesús rodeados de las personas que queremos, es cuando más duelen esas sillas vacías. Sin embargo no debemos caer en la tristeza vana e inútil de la nostalgia. Estoy convencida de que cada una de las personas que ocupaban esa silla, vacía ahora, desea profundamente que celebremos felices la gran suerte que tuvimos de tenerlas en nuestras vidas. Recuerdo sí, tristeza nunca. Dice Sabina en una canción que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Y a nosotros sí nos sucedió. Nosotros sí tuvimos esas sillas ocupadas por personas maravillosas que llenaron nuestras vidas de amor. Y eso es motivo de celebración, de felicidad, y en el caso de los que somos creyentes, de esperanza por reunirnos de nuevo con ellos. No caigamos en la tentación egocéntrica de monopolizar el dolor de la ausencia para enturbiar la sonrisa de los nuestros. Seamos valientes y sobre todo útiles y ocupemos esas sillas con la presencia de aquellos que más lo necesitan. Y no hablo de poner un pobre en su mesa. Hablo de los que necesitan de nuestra atención, y no están más lejos de unos metros de nosotros. Aquellos a los que a veces tenemos olvidados, o relegados a un momento en el que nos venga bien ir a verlos. Ocupemos las sillas con la alegría de su presencia.

Leí una vez a Enrique Múgica que la añoranza es el camino previo a convertirse en estatua de sal. Por eso, repito, recuerdo sí, pero sin tristeza, con la dulzura de saberse privilegiados por haberlos tenido en nuestra vida. No seamos como la mujer de Lot, sigamos caminando con la fuerza de nuestros recuerdos.

Feliz Navidad a todos.

Mujer y Corán

Artículo publicado en el Viva Sevilla el 1 de diciembre de 2016


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Me imagino que usted se ha horrorizado, tanto como yo, al ver el vídeo que navega de pantalla en pantalla en el que una estilista enseña a una mujer a maquillarse para disimular los moratones de una agresión. Se habrá dado cuenta que he omitido la religión, raza, o procedencia de la mujer. Es muy sencillo, porque las agresiones no tienen adjetivos ni géneros. Son agresiones y punto. Pero obviamente si lo emite la televisión marroquí se nos vienen muchas cosas a la cabeza. Demasiadas, y por desgracia pocas buenas.
En un mundo que a veces está dividido por el meridiano del papel de la mujer en la sociedad, es necesaria la información para saber a qué nos enfrentamos. Por eso les recomiendo la lectura de “La soberanía de la mujer en el Corán” que acaba de publicar Carmen-Nur Del Río Pereda donde se enfrenta a cuestiones tan peliagudas como si es el Corán un libro machista, o cuál es el lugar real que ocupa la mujer en el mismo. La autora analiza minuciosamente aleyas y fragmentos muy polémicos que existen dentro de las sagradas escrituras en relación a la mujer. Y pone de manifiesto cómo se ha tergiversado, e incluso falseado con el deleznable propósito de relegar a la mujer musulmana a la mínima expresión de ser humano. A las pruebas, como el vídeo del que hablamos, me remito.
Carmen-Nur demuestra, ciñéndose fielmente al texto coránico original, que lejos de enfrentarnos a un libro misógino, nos encontramos que toma a la mujer como elemento básico y al varón como un ser humano que vive en función de ella, para nuestra sorpresa.
Libro valiente, escrito por una mujer valiente. Y necesario. Decía Óscar Wilde que de lo que no se habla, no existe. Y para erradicar no sólo las imágenes del maquillaje que camufla los efectos de la agresión, sino las agresiones en sí, necesitamos hablar mucho sobre ello. Que sólo la información variada y contrastada es la que nos hace dilucidar nuestra opinión. Hablar a nuestros hijos, a nuestros jóvenes, para que comprendan que no existe ningún motivo (y muchísimo menos una justificación) que provoque que se levante una mano contra otro ser humano. Mujer, hombre, musulmán o cristiano… Lo mismo da. La violencia no tiene ni velo ni color, y desde luego no se le puede maquillar.

Más información del libro.